Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 11 Sarah
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SARAH

¿Quién acepta un evento que exige que la posada esté funcionando al cien cuando no va a estar lista y falta solo una semana?

Lo adivinaste. Yo.

Me quedé mirando a Edna, o, mejor dicho, a su estatua.

—Sabías que esto iba a pasar, ¿verdad? Este era tu plan desde el principio. Querías que fracasara. Lo estabas esperando.

Porque, al parecer, yo tenía el gen de la “fracasada”.

La estatua me devolvía la mirada con esa misma expresión engreída, tallada en bronce, que había tenido en vida: la barbilla apenas levantada y los labios apretados, como si acabara de oler algo decepcionante. Probablemente a mí.

Ahí estaba yo, una mujer adulta, enfrascada en una discusión acalorada con una estatua tamaño real de mi tía muerta. ¿Eso me convertía en una loca? Posiblemente. ¿Me importaba? Ni un poco.

Porque en ese momento estaba furiosa, ella estaba ahí y alguien la iba a pagar.

Pero no pasaba nada. Hasta ese momento no había nadie ahí para presenciar mis delirios. Lola se había ido a su habitación en cuanto María bajó a avisarle que ya estaba lista y Helen se había marchado unos minutos antes.

—Si la posada no está lista, vamos a perder dinero —había dicho, con la carpeta bajo el brazo como si fuera un arma—. Será culpa tuya.

Y luego se fue. Me contuve de hacerle una seña obscena. Trataba de no ser vulgar cuando había testigos. A veces se me iba la boca, pero esta vez la había mantenido cerrada. No era momento de hacerme enemigos.

Pero ahora solo estábamos Edna-estatua y yo.

—Vas a caer, pisapapeles gigante.

Caminaba de un lado a otro por el salón, con los pies descalzos golpeando suavemente el viejo piso de madera, tratando de pensar en vez de entrar en pánico. O de entrar en pánico de forma productiva, si es que eso existía.

Ok. Bien. Una semana para el fin de semana de solteros de Pearls & Pints. No era para tanto. ¿Verdad? Repasé mentalmente la lista otra vez porque, al parecer, a mi cerebro le encantaba sufrir.

Habitaciones. ¿Estaban listas las habitaciones? Casi. María hacía milagros, pero los milagros requerían tiempo, y en ese momento el tiempo no estaba de mi lado.

Ropa de cama. ¿Teníamos suficientes sábanas limpias? ¿Yo siquiera sabía cuántos juegos debía tener una posada? ¿Había alguna norma sobre eso? ¿Alguna ley? ¿Por qué nadie me había advertido del infierno que era la ropa de cama?

Personal. Básicamente éramos María, Dottie cuando tenía tiempo, Lola, si reírse contaba como trabajo, y yo.

Comida. Desayuno. Café. Pan dulce. Lo que Dottie decidiera preparar.

¿Era suficiente? ¿La gente esperaba yogur artesanal?

¿El yogur ahora era artesanal? Necesitaba una lista del súper: huevos, tocino, fruta, leche.

Una cantidad alarmante de café. Pero Dottie había trabajado para Edna durante años.

Si alguien sabía cómo mantener a los huéspedes bien comidos y tranquilos, era ella.

Inspecciones. Ni siquiera quería pensar en las inspecciones: incendios, seguridad, salubridad. Puras palabras que me hacían brincar el ojo derecho. Y luego el izquierdo.

De pronto, la posada me pareció enorme. Demasiado grande. Demasiado vieja. Demasiado llena de carácter. ¿Cómo demonios se suponía que iba a sacar adelante todo eso?

—Estoy haciendo todo lo que puedo —le dije a la estatua—. Podrías intentar ayudar, aunque sea desde el más allá.

La estatua de Edna se alzaba en medio del salón como un monumento al juicio: observando, esperando y estorbando, literal y emocionalmente. Si hubiera podido aventarla al océano, ya lo habría hecho.

—Ok —suspiré—. Vamos a intentarlo otra vez.

Planté los pies, flexioné las rodillas y empujé. Nada. Ni un maldito milímetro.

Empujé con más fuerza.

Me temblaban los brazos, tensos. Sentía los hombros como si me ardieran por dentro. Los pies me resbalaban sobre la alfombra. La estatua no se movía.

Estaba en el infierno.

—Maldita sea.

Retrocedí tambaleándome, jadeando, con las manos en las rodillas.

El sudor me corría por la espalda y se me metía directo por la raya del trasero porque, al parecer, eso era algo que mi cuerpo hacía ahora.

La camiseta se me pegaba como si ya hubiera renunciado a la dignidad, y ese olor a humedad en el aire…

no era la cocina de Dottie. Era yo. Qué maravilla.

Menos mal que todavía no había huéspedes. Bueno, si no contabas a Lola. Porque si me vieran así, no estoy segura de que quisieran quedarse.

—Claro —dije entre jadeos—. Claro que pesas una tonelada. Claro que eres inamovible. Claro que estás ganando.

La rodeé como boxeadora, buscando un punto débil. No encontré ninguno. La estatua de Edna era sólida, inquebrantable y estaba completamente decidida a quedarse justo donde estaba.

El teléfono de recepción por fin había dejado de sonar. El silencio debería haber sido reconfortante, pero no lo era. La última reservación que había recibido era para la semana siguiente. Para el fin de semana de despedida de soltero de Pearls & Pints.

Maldita sea. Ya estaba empezando.

Se me revolvió el estómago al imaginarlo. Cuarenta mujeres, cócteles, expectativas. Una docena de hombres subastados como premios de beneficencia. Y esta posada —mi posada— se suponía que iba a ser el centro de todo.

Me deslice por la pared y me senté en el suelo, con la espalda apoyada en una mesita auxiliar, mirando fijamente a la estatua de Edna.

—No voy a fracasar —le dije en voz baja—. No me importa lo que pienses tu ni lo que piense Helen. Me froté la cara con ambas manos y me obligué a levantarme, con los muslos protestando.

No iba a rendirme. Rendirse no era una opción.

No. Era una mujer alta y fuerte. No había razón para que no pudiera mover esa maldita estatua.

Cogí una silla y la encajé contra la base de la estatua, probando el ángulo. Las patas rozaron la alfombra, quemándola por debajo. Empujé. La estatua crujió.

Me quedé paralizada.

—Oh… —suspiré—. Más te vale no estar mintiendo.

Empujé de nuevo. La silla se deslizó y la estatua se movió, apenas lo suficiente para demostrar que sí podía.

—¡Sí! —me reí, con la adrenalina a tope—. ¿Ves? Progreso. Toma eso, cara de fósil.

Empujé otra vez. La estatua se deslizó de regreso a su lugar como si nunca se hubiera movido. Como si se estuviera burlando de mí. Como si se hubiera reseteado por puro despecho.

Mi risa se apagó y fruncí el ceño.

—Ah, ¿sí? Pues estás a punto de convertirte en escombros, querida.

Agarré la silla otra vez, la acomodé con más fuerza y empujé con todo lo que les quedaba a mis brazos antes de pedir el divorcio. Las patas de la silla chirriaron, el asiento se ladeó, mi pie resbaló y sentí el ardor de la alfombra traspasar el calcetín.

El tiempo se ralentizó de esa manera tan particular que tiene justo antes de una caída.

—Oh, mierda…

Caí de espaldas, de golpe, y el aire se me salió de los pulmones al pegar contra el piso.

—Ay.

Me quedé ahí tirada, mirando el yeso agrietado del techo, con los brazos extendidos y respirando a medias, preguntándome si este era el capítulo en el que mi cuerpo había decidido convertirnos en una comedia.

—Fantástico —murmuré—. Simplemente… fantástico.

Fue entonces cuando oí pasos acercándose al estudio.

Giré la cabeza despacio, medio esperando que fuera María o Dottie.

Pero era el tipo del torbellino, recortado en el marco de la puerta —alto, perfecto, ridículamente sexy y con una caja de herramientas en la mano—, observando la escena en silencio.

Y por escena me refiero a mí: tirada de espaldas, sudada, apestosa, derrotada.

Con la estatua de Edna acechando detrás de mí como si acabara de ganar.

De verdad odiaba a esa zorra de bronce, altiva e imperturbable.

El tipo del torbellino miró de la estatua a mí… y luego otra vez a la estatua. Hubo una pausa larga e incómoda.

Lo fulminé con la mirada.

—Antes de que digas nada, yo iba ganando.

Entró al cuarto y rodeó la estatua despacio, pensativo, como un hombre que arma una estrategia antes de tocar nada. Tenía una mano en la cadera y ladeó la cabeza mientras evaluaba mi humillación.

Esperé a que dijera algo. No lo hizo, lo cual era raro. Ni siquiera se ofreció a ayudarme a levantarme, como si le gustara verme tirada boca arriba. No sé por qué se me cruzó eso por la cabeza. No. Para nada.

Después de una última mirada, se dio la vuelta y salió del cuarto.

Una oleada de furia me subió de golpe.

—¡Gracias por tu ayuda! —le grité, con la cara ardiéndome.

Idiota. Obvio. Ya había visto suficiente: el desastre, la lucha, y a mí en el piso como si me hubiera enfrentado a la gravedad y hubiera perdido de forma humillante.

Me levanté con un gemido, sacudiéndome el polvo de la camisa.

—¿Quién necesita a los hombres, de todos modos? Solo hacen falta sus cositas de vez en cuando para mantener la especie. Eso es todo. Contacto mínimo. Muy eficiente.

Me enderecé. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Al demonio el tipo del torbellino con su estúpido pelo perfecto, sus estúpidos labios perfectos y su estúpido trasero perfecto.

Entrelacé los dedos y tiré de ellos, intentando hacer crujir los nudillos de forma dramática, como en las películas. Sentí un jaloncito y algo muy parecido a una ligera decepción. Luego giré los hombros, exhalé con fuerza y acomodé el equilibrio, lista para intentarlo otra vez.

El sonido de unas ruedas rodando sobre el piso me hizo girarme.

El tipo del torbellino había vuelto, empujando una carretilla frente a él como si la solución hubiera sido obvia desde el principio.

La colocó en posición, trabó las ruedas con el pie e inclinó la estatua hacia adelante con una fuerza controlada.

La base se deslizó perfecto a su lugar. La aseguró con correas, jaló una vez para comprobar que quedara firme y luego empujó.

La estatua avanzó con suavidad por el piso, obediente ahora, como si hubiera estado esperando a alguien que sí entendiera de palanca.