Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 10 Sarah #2
36%

10 Sarah #2

—Ay, me encanta Pearls & Pints. Nada une más a un pueblo que los cocteles, una buena causa y hombres guapos tomando pedidos.

¿De qué demonios estaba hablando?

Mi cerebro se apagó por completo. Como una computadora viejísima trabándose en plena carga.

—Perdón —dije—. ¿El qué?

Helen soltó un suspiro largo y profundo, como una mujer que ya había explicado lo mismo seis veces ese día y le molestaba tener que repetirlo una más.

—El fin de semana de solteros de Pearls & Pints —repitió, con una frustración perfectamente visible en la voz.

— Es nuestro evento anual más grande. Turismo, recaudación de fondos, economía local. Mujeres con dinero y opiniones invaden el pueblo, subastan a los hombres por una buena causa y todos fingimos que esto tiene clase.

La miré fijamente.

Ella me sostuvo la mirada.

Lola alzó la copa.

—Sí tiene clase, comparado con el año pasado. Aunque debo decir que las paletas de subasta son un accesorio excelente.

Abrí la boca. La cerré. La volví a abrir.

—¿Esto es real? ¿Subastan hombres?

—Solteros —corrigió Helen.

Eso… no mejoraba nada.

Me quedé mirándola. Ella me devolvió la mirada, serena e imperturbable, como si me acabara de decir el horario de la recolección de basura y no que la posada que había heredado estaba a punto de convertirse en sede de un ritual de apareamiento en vivo.

—Me estás diciendo —dije— que las mujeres vienen aquí, toman cocteles y ofrecen dinero real por hombres.

—Sí.

—¿Por citas?

—Sí.

—¿En público?

—Sí.

Volteé hacia Lola. Sonreía como si acabara de acordarse de unas vacaciones inolvidables.

Helen siguió hablando porque, al parecer, disfrutar viendo cómo se me desmoronaba la cordura le alegraba la tarde.

—Es por una buena causa. Este año los fondos irán a la restauración del faro, el mantenimiento del puerto, becas… todas son causas muy respetables.

Solté una risa breve, aguda e incrédula.

—Acabas de decir “solteros” como si fuera una categoría urbana.

Helen se acomodó los lentes.

—Los hombres se ofrecen como voluntarios. No es que los obliguemos.

Lola resopló.

Helen le lanzó una mirada.

—Participan con entusiasmo.

—Mm-hmm —dijo Lola—. Nada motiva más a un hombre que el vino, los aplausos y una paleta numerada.

Me froté la frente.

—Ok. Explícamelo. Despacio. Como si acabara de salir de un coma.

Porque así me sentía.

—¿Cuándo —pregunté con cuidado— se supone que va a pasar esto?

Helen miró su reloj.

—La próxima semana.

La habitación se inclinó.

—¿La próxima semana? —repetí.

—Sí.

Señalé con gestos amplios la estatua, el polvo, el caos.

—Este lugar está a punto de venirse abajo. Acabo de lograr que la caldera dejara de gritar como si la estuvieran asesinando.

Helen asintió.

—Lo sé.

Eso no ayudó.

—¿Y pensaste —dije, alzando la voz— que este era el momento ideal para mencionarlo?

Helen ladeó la cabeza, estudiándome.

—Pensé que ibas a querer estar preparada.

—¿Preparada?— solté una risa breve, medio histérica—. En este momento estoy en una pelea física con mi tía muerta.

La mirada de Helen se desvió hacia la estatua de Edna y apretó los labios.

—Sí. Bueno. Edna estaba… muy comprometida con su presencia.

—Es una forma de decirlo.

Helen se acercó, bajando la voz apenas lo suficiente para que sonara a advertencia. —Esta posada siempre ha sido clave para Pearls & Pints. La gente reserva con un año de anticipación. Esperan cierto nivel.

Tragué saliva.

—Claro. Estándares.

Helen asintió, como si hubiera estado esperando que le diera pie.

—El fin de semana empieza el viernes. Recepción de bienvenida, hora del coctel, charla informal. Nada agresivo.

Lola alzó la copa.

—Discutible.

Helen la ignoró.

—La subasta es el sábado por la noche. Se presenta a cada soltero, nombre, edad, profesión. Cualquier… talento relevante.

—Talentos —repetí en voz baja.

—Habilidades —corrigió Helen.

Lola se inclinó hacia adelante.

—Algunos muy transferibles.

Helen suspiró.

—El mejor postor se lleva una cita.

—¿Qué tipo de cita? —pregunté.

Helen lo pensó.

—Cena, paseo en velero, cata de vinos, picnic, recorridos guiados.

Lola sonrió dulcemente.

—Y a veces, postre.

Se me escapó un sonido atragantado.

Helen siguió.

—El domingo es para recuperarse. Brunch y manejo del arrepentimiento.

—Eso no existe —dije.

—Claro que existe —dijo Lola.

Miré a Helen.

—¿Y mi posada es…?

—El alojamiento principal —dijo ella—. El centro social. El lugar donde todos se reúnen entre eventos. Edna siempre organizaba el fin de semana en esta posada. Todos los años.

Hice un gesto amplio a nuestro alrededor.

—En este momento, este lugar contiene polvo, trauma y una estatua que se niega a moverse.

Helen miró la estatua de bronce de Edna.

—Sí. Vamos a tener que resolver eso.

—¿Resolverlo cómo?

—Quitándola —dijo Helen—. O por lo menos cambiándola de lugar para que no esté… vigilando la hora del coctel.

Lola alzó la copa.

—A Edna siempre le encantó vigilar.

Me dejé caer en el brazo de una silla.

—¿De cuánta gente estamos hablando?

Helen no dudó.

—Cuarenta mujeres. Quizá más.

Mi alma abandonó mi cuerpo por un segundo.

—¿Y cuántos hombres?

—Una docena. Quizá más —dijo Helen—. Tenemos un límite.

Lola sonrió.

—Por seguridad.

—¿Por la seguridad de quién? —susurré.

Helen cruzó los brazos.

—Este fin de semana deja más dinero que cualquier otro evento del año. Restaurantes, tiendas, tours. La gente organiza todo alrededor de esto.

—Yo no organicé nada —dije.

La expresión de Helen se suavizó apenas, no por compasión, sino por estrategia.

—Has heredado una institución, Sarah. Maplewood Falls no se detiene solo porque tú no estuvieras lista.

Lola asintió.

—Tiene razón. Llevo meses planeando mis outfits.

—Tú vives aquí —dije débilmente.

—Sí —dijo Lola—. Y me gusta estar preparada.

Volví a mirar la estatua, el polvo, la habitación a medio arreglar. Mi reflejo en la ventana oscura: sudada, agotada, sosteniéndome apenas con cafeína y rencor.

—Una semana —dije.

—Sí —confirmó Helen.

Tragué saliva.

Lola se inclinó hacia mí, con la voz baja y encantada.

—¿La buena noticia, cariño? Estás a punto de descubrir qué tan resistente es en realidad esta posada.

Miré a Helen.

—¿Y si no está lista?

Helen me miró a los ojos, con firmeza y expectación.

—Entonces Maplewood Falls se llevará una gran decepción.

Oh. Genial. Sin presión alguna.