10 Sarah
SARAH
—Muévete —dije entre dientes.
Incliné el cuerpo, apoyé las manos en la cara de la estatua de Edna y empujé con todas mis fuerzas. La estatua ni siquiera se movió un centímetro.
Ni un centímetro. Ni un tambaleo. Nada.
Solté un suspiro de frustración.
—¡¿Qué clase de estatua de este tamaño pesa una maldita tonelada?!
La estatua me devolvió la mirada con la expresión de decepción permanente de Edna, la barbilla en alto y los labios fruncidos, como si me hubiera cachado haciendo algo vergonzoso. Lo cual, siendo justos, probablemente ella sí habría considerado vergonzoso.
—Tienes que echarle todo tu peso, cariño —dijo Lola, bebiéndose lo que parecía un Martini mientras estaba sentada en uno de los sofás del salón viéndome sudar.
La fulminé con la mirada.
—¿Qué crees que he estado haciendo estos últimos veinte minutos?
Lola se encogió de hombros.
—Respirar como loca y sudar muchísimo. —Sonrió—. Eso también cuenta como cardio. Pero yo, a diferencia de ti, uso hombres de verdad. Hombres fuertes y gloriosos.
—Ja. Ja.
Juro que, si esta mujer no me hubiera dado ese cheque gigantesco, ya estaría pensando en correrla a patadas. O al menos en esconderle el Martini y ver cómo se desmorona.
Cambié la posición de las manos, esta vez apoyando el hombro contra la clavícula de bronce de Edna. Fría. Muy fría. ¿Por qué estaba fría? ¿Estaba embrujada esta cosa? Porque lo parecía.
—Ok —murmuré—. Vamos otra vez, Edna. Tú y yo. El enfrentamiento final.
Empujé. Nada.
Empujé con más fuerza.
Seguía sin pasar nada.
Joder.
—Sé que lo estás haciendo a propósito —le dije—. Eras terca en vida y, por lo visto, sigues igual en piedra. Felicidades por mantenerte fiel a ti misma.
Lola se inclinó un poco hacia adelante. —¿Ya intentaste pedir perdón?
Le lancé una mirada. —¿A la estatua?
—A Edna —me corrigió—. Hay mujeres que necesitan que les reconozcan las cosas antes de soltar el control de un lugar.
—No le voy a pedir perdón a una mujer muerta que una vez me dijo que nunca llegaría a nada y luego me dejó una posada por puro despecho.
Lola alzó la copa.
—Justo eso.
Di un paso atrás, me sequé la frente con el dobladillo de la camisa y evalué la situación como un general frente a una batalla perdida.
El salón estaba a medio despejar. Las sillas apiladas, las mesitas arrinconadas, las alfombras enrolladas.
Y, aun así, Edna seguía ahí, plantada en el centro, aferrada a su cigarro y retándome a intentarlo otra vez.
—¿Quién manda a hacer una estatua de sí mismo? —murmuré.
Lola esbozó una sonrisa.
—Alguien que espera que la historia le dé la razón.
Sonó el timbre de recepción y me quedé quieta, esperando. Al tercer timbrazo, oí un clic, y fue cuando supe que había entrado la contestadora.
Dottie me había enseñado a dejarla puesta para poder, uno, ir al baño; dos, cambiarme los leggings de yoga por unos jeans; y tres, limpiar el salón para dejarlo listo para los huéspedes de mañana.
María seguía arreglando las habitaciones, así que pensé en echar una mano. Y por “echar una mano” quería decir deshacerme de esa espeluznante estatua tamaño real de Edna.
Si quería que este negocio funcionara, no podía espantar a los huéspedes.
Me volví hacia Edna, impulsada por una nueva oleada de irritación.
—Ya estuvo.
Doblé las rodillas, rodeé con los brazos la cintura de la estatua —lo cual, por cierto, fue profundamente incómodo, porque la Edna de piedra no cedía nada— y la levanté.
Mis pies se resbalaron.
La estatua no.
Y puede que se me haya salido un pedo.
Estaba en el infierno.
—Dios mío —jadeé, con la cara a centímetros del bronce—. ¿Tienes plomo adentro o qué? ¿Cómo demonios metieron esto aquí? ¿Con una grúa?
Lola aplaudió una vez, fascinada.
—Esto está mejor que la tele por cable.
—Voy a ganarte —le dije a la estatua.
Me di la vuelta y, apoyándome con la espalda, empecé a empujar.
La estatua no se movió.
El sudor me corría por la espalda. Me ardían los muslos. Mi dignidad yacía en algún lugar cerca de la alfombra enrollada junto a la chimenea.
—¿No has pensado —dijo Lola, pensativa— que a lo mejor quiere quedarse?
Me detuve.
—No voy a dejar esta cosa aquí. Da miedo.
—Quizá le gusta verte sufrir.
Miré a Edna a los ojos.
—Te está divirtiendo esto, ¿verdad?
Sus labios de piedra no dijeron nada, pero espiritualmente… sí se estaba sonriendo.
La solté y retrocedí tambaleándome, jadeando.
—Ok. Nuevo plan.
Lola se animó.
—¿Incluye explosivos?
—No —dije—. Incluye palanca. Física. Y probablemente groserías.
Lola alzó la copa.
—Mi combinación favorita.
Arrastré una silla cercana, la acomodé con cuidado bajo la base de la estatua y probé el ángulo. La estatua se movió —apenas—, pero lo suficiente para darme esperanza.
—Eso es —dije—. ¿Ves? Progreso.
Lola se recargó hacia atrás.
—Te ves radiante. Y apestas.
Solté un suspiro.
—Gracias. Lo necesitaba.
Pero no estaba equivocada. Aun así, no me moría por volver a bañarme con una pastilla de jabón que parecía sacada de los años setenta. Qué suerte la mía.
—Bueno —dijo Lola, alargando la palabra como si tuviera todo el día y ningún otro lugar al que ir—, ¿qué te pareció Alex? Se veían bastante compenetrados.
Alzó las cejas con intención.
—¿Qué? Pffft.
Hice un gesto con la mano mientras me volvía otra vez hacia la estatua.
—Solo vino a ayudar a arreglar unas cosas. Eso es todo.
Lola tarareó en voz alta… con claro tono de juicio.
El tipo del torbellino había resultado ser más útil de lo que esperaba. Tan útil que ya empezaba a molestarme. Competente, enfocado. El tipo de hombre que no desperdicia palabras y que, de alguna manera, te hace sentir que eres tú la que está diciendo tonterías.
Aunque se había portado como un idiota, me había bañado en polvo y jamás se disculpó por eso. Y yo no lo había olvidado. Ni perdonado.
Volví a apoyar las manos en la estatua de Edna y empujé.
Nada.
No. No iba a pensar en eso.
Negué con la cabeza, como si así pudiera sacarme el recuerdo a la fuerza.
Alex no era una distracción. No era absurdamente atractivo y no tenía permiso para vivir gratis en mi cabeza mientras yo intentaba sacar adelante una posada, lidiar con trauma familiar no resuelto y desalojar una efigie de piedra que me juzgaba.
Lola seguía observándome, con los labios curvados.
—Es solo un hombre que arregla cosas —dije con firmeza—. Yo tengo cosas que arreglar. Incluida esta estatua. Prioridades.
Lola dio un sorbo lento a su Martini.
—Claro que sí, querida.
Empujé con más fuerza, ignorando el calor que me subía por el cuello y que no tenía absolutamente nada que ver con la voz estúpidamente tranquila de Alex ni con la forma en que se veía cuando se concentraba.
No era el momento. No era el lugar.
Y si mi pulso me había traicionado un poquito antes, eso era asunto entre la estatua y yo.
Alguien se aclaró la garganta.
Mis manos se resbalaron en pleno empujón y tropecé, a punto de irme de cara contra la estatua de Edna.
Me recuperé en el último segundo, con las palmas golpeando el bronce helado y el corazón latiéndome con fuerza, como si me hubieran cachado robando en una tienda o dándole “me gusta” por accidente a una publicación de Instagram de mi ex de 2014.
Me di la vuelta.
Una mujer de unos cincuenta y tantos estaba de pie en el salón como si hubiera estado ahí todo el tiempo y solo hasta ahora hubiera decidido dejarse ver.
Tenía el cabello gris a la altura de los hombros, de ese tipo de corte que se hace con intención, no por rendición. Alta —más alta que yo, y mido uno setenta y cinco—, con ojos oscuros y agudos detrás de unos lentes de montura negra que parecían haberlo visto todo y aprobar muy poco.
Llevaba una chaqueta azul marino que le quedaba por lo menos tres tallas grande, como si se la hubiera prestado un hombre mucho más corpulento o un perchero demasiado ambicioso, combinada con unos jeans de mamá.
Llevaba una camisa blanca impecable, fajada con precisión militar, y un cinturón rojo bien ajustado.
Sus tenis rojos y blancos le daban el aire de alguien lista para caminar directo al conflicto en cualquier momento.
El efecto general era de autoridad relajada: cómoda, imperturbable y lista para juzgar.
Me sostuvo la mirada sin parpadear.
Luego entró directo al salón como si el lugar fuera suyo.
—Soy Helen —dijo—. La alcaldesa de Maplewood Falls. Y tú debes ser Sarah, la sobrina de Edna.
Ah. Claro. Porque, ¿por qué no iba a aparecer la alcaldesa sin avisar mientras yo estaba medio abrazada a una estatua y probablemente oliendo a sudor y arrepentimiento?
—Sí —dije, enderezándome y limpiándome las manos en mi camisa ya arruinada—. Esa soy yo. Sarah. La sobrina. Peleándome con rencores ancestrales.
Su mirada se deslizó más allá de mí, fijándose en las sillas apiladas, las alfombras enrolladas, el polvo, la estatua a medio mover.
Frunció el ceño. Fue sutil, pero me cayó como una cachetada.
—Bueno —dijo despacio—. Esto… no es lo ideal.
Lola, todavía en el sofá, alzó la copa.
—Helen, querida. Siempre es un placer que vengas a inspeccionar.
Helen no la miró, ni siquiera un poco.
—¿Qué quieres decir?— pregunté, sin apreciar su tono.
—Esta posada —dijo Helen, con la mirada aun recorriendo la habitación—, no avanza lo suficientemente rápido.
Parpadeé. —¿Perdón?
Por fin volvió a mirarme. De frente. Sin suavizar nada. Sin rodeos.
—Es un desastre —dijo, con total naturalidad—. Y a este ritmo, no va a estar lista.
Lola se inclinó y susurró con dramatismo:
—Se refiere a un desastre encantador.
Helen le lanzó una mirada.
—No me refiero a eso.
Crucé los brazos.
—¿Lista para qué?
Miré la bebida de Lola y sentí unas ganas tremendas de arrebatársela y acabármela de un trago.
Helen frunció el ceño apenas, como si eso fuera lo realmente preocupante.
—¿No lo sabes?
Sentí un escalofrío.
—¿No sé… qué?
—Del festival —dijo.
La palabra se quedó flotando en el aire.
—¿Del… festival? —repetí.
—Sí —dijo Helen, ya claramente decepcionada de mí—. El fin de semana de solteros de Pearls & Pints.
Lola sonrió como si le acabaran de regalar una canasta gourmet.