Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 9 Alex
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9 Alex

ALEX

Subí las escaleras cargando un poco más mi peso sobre ellas de lo necesario, solo para probarlas. Cambio de peso. Talón. Punta. Presté atención a cualquier crujido. Nada.

Estaban bien. Buena estructura, sólidas. Quienquiera que hubiera construido ese lugar sabía lo que hacía. Y eso importaba.

Detrás de mí, Nueva York jadeaba. No porque estuviera fuera de forma, sino porque estaba frustrada. No era lo mismo. Se le notaba en la respiración: entrecortada, acelerada.

No me importaba. Yo estaba ahí para evaluar, priorizar, arreglar primero lo que hubiera que arreglar. Después me iría. Ese era el plan.

—¿Adónde vas? —dijo Nueva York desde atrás.

—A tu habitación.

—Ah ¿sí? ¿A mi habitación?

Me detuve a medio paso y giré. Su tono había cambiado. Había algo cortante ahí que antes no estaba. A la defensiva, territorial. Como si acabara de cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía hasta ese momento.

—Dottie dijo que la puerta de tu habitación se salió de las bisagras —dije—. Estás a punto de tener extraños entrando y saliendo por aquí. Te conviene tener una puerta que cierre. ¿No crees?

Abrió la boca. Luego la cerró.

—Ah. Claro.

Se le sonrojaron las mejillas. El color le subió rápido y se le quedó detenido en los pómulos.

Y aun así me fijé en eso. En el color de sus mejillas. En cómo le encendía la cara y hacía que sus ojos brillaran más que un segundo antes.

Mierda.

No quería ir por ahí. No era el momento. No tenía tiempo para esto.

—Está en el tercer piso —dijo ella—. La suite de la dueña.

Asentí.

—La antigua habitación de Edna. Lo sé.

Eso la sorprendió. Se le notó en la cara antes de que lo ocultara.

Me di la vuelta y seguí subiendo.

El tercer piso crujía más, pero era el crujido auténtico de la madera vieja, no el de la podredumbre. El olor cambió a medida que subía: polvo, limpiador con limón y algo floral de fondo. Nueva York no solo estaba metiéndole dinero a ese lugar. Le estaba empezando a impregnar su olor.

Llegué al descansillo y me detuve.

La puerta estaba recargada contra la pared como si se hubiera rendido.

Una bisagra estaba doblada y la otra se había desprendido por completo del marco.

Se notaba que alguien había intentado arreglarla antes: tornillos equivocados, mal ángulo, cero paciencia.

Me agaché y pasé los dedos por la madera.

Tenía arreglo.

Detrás de mí, Nueva York se quedó tan cerca que podía sentirle el calor. Y noté cómo se tensaba, como si se preparara para recibir malas noticias.

—Esto ya estaba flojo —dije—. No pasó de la noche a la mañana.

—No la azoté —dijo ella al instante.

Miré por encima del hombro y alcé una ceja.

—No lo hice —insistió—. La abrí y simplemente… se descompuso.

—¿Se descompuso?

Me miró frunciendo el ceño.

—Ya sabes a qué me refiero —dijo, señalando la puerta con las manos—. Simplemente se cayó así.

Resoplé.

—Tuviste suerte de que no te cayera encima.

Enderecé la puerta un poco y revisé el marco. Estaba apenas vencido, pero los montantes seguían rectos. Alguien había vuelto a pintar sin lijar antes. Típico.

—Vas a necesitar tornillos más largos —le dije—. Y una cuña.

—Tengo una caja de herramientas —dijo rápido—. En alguna parte. Bueno, no es mía. Seguramente era de Edna o de quien se encargara de este lugar. La vi anoche, cuando estaba revisando todos los clósets.

Me enderecé y entonces sí la miré. La miré de verdad.

Seguía colorada, con el pelo recogido como si no hubiera pensado en sudar ese día. Tenía una mancha en la mejilla —tinta, polvo, quizá ambas—. Estaba erguida, con los antebrazos tensos y las manos ya medio cerradas, como si estuviera lista para agarrar lo que yo necesitara.

Parecía dispuesta a trabajar.

—Bien —dije—. Tráela.

Yo tenía mi propia caja de herramientas en la camioneta, pero sería más rápido si ella traía la suya. No pensaba quedarme mucho tiempo.

Parpadeó.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Dudó un segundo y luego asintió antes de darse la vuelta y alejarse con paso rápido y decidido.

La vi irse antes de poder evitarlo. Se movía como alguien que se negaba a rendirse, como si la empujaran la terquedad, la cafeína y la absoluta certeza de que fracasar no era una opción, aunque todavía no supiera cómo iba a ganar.

Ya había visto esa mirada antes. En obras. En gente que se quedaba cuando las cosas se ponían feas.

Y la respetaba.

Volvió un minuto después, con la caja de herramientas golpeándole la pierna y respirando un poco más fuerte, pero con la mirada firme.

—Dime qué tengo que hacer.

De pronto fui consciente de lo cerca que estábamos en ese pasillo angosto: madera vieja, polvo, calor... techo bajo, sin espacio para dar un paso atrás sin que se notara.

—Sujeta bien la puerta —le dije—. Pesa bastante.

—Lo tengo.

Hizo lo que le dije, con los brazos tensos y la mandíbula apretada.

Y ahí, de pie frente a ella, la vi esforzarse por mantener la puerta nivelada, con el sudor en la sien y negándose a soltarla, aunque era obvio que le estaba costando. En ese momento dejó de ser una solución rápida.

Fue por eso. Porque se quedó. Porque no se rindió.

Y eso hizo más difícil alejarme.

No me gustó.

Dejé la caja de herramientas en el piso y la abrí.

Adentro había una colección de herramientas que parecían haber sobrevivido a varias guerras y, por lo menos, a un divorcio feo.

Un martillo con la uña astillada. Un taladro inalámbrico viejo con el mango sujeto con cinta.

Un nivel tan antiguo que la burbuja apenas fingía ser precisa.

Solté el aire por la nariz.

—Esto es… totalmente vintage.

—Eso no va a ser problema, ¿verdad? —preguntó ella.

Seguí revolviendo. Clavos doblados, tornillos barridos, una llave inglesa ridículamente pequeña. Entonces lo encontré: un puñado de tornillos largos para madera, desparejos pero firmes.

Me detuve.

—Estos sirven.

—Si tú lo dices.

Se encogió de hombros sin dejar de sostener la puerta con el hombro.

Tomé los tornillos y eché un vistazo a su postura: los brazos trabados, los pies bien plantados y la boca apretada, como si hubiera decidido que tanto la puerta como la gravedad podían irse al demonio.

—No te muevas —le dije.

—No lo haré.

Lo dijo como un reto.

Levanté la puerta hasta ponerla en posición y tanteé el peso. Pesaba más de lo que parecía: madera vieja, densa por los años. Ella se acomodó al instante, cambiando el agarre sin que yo tuviera que decirle nada para mantenerla nivelada.

Competente.

Otra vez eso.

Metí una cuña en su lugar y alcancé el taladro. Al inclinarme, mi antebrazo rozó el suyo y sentí su piel, desnuda y tibia.

Una chispa breve y estúpida.

Me aparté enseguida, sintiendo su mirada encima.

Concéntrate. Carajo.

Alineé la bisagra, acomodé el tornillo y empecé a atornillarlo. El taladro chirrió, vibrando a través de mi mano, de la puerta, de sus brazos.

Ella contuvo el aliento, pero no se movió.

—Un poco más a la izquierda.

Mientras ajustaba, nuestros hombros se rozaron. No había forma de evitarlo en ese pasillo angosto, con el techo tan bajo. Las casas viejas se construían en tiempos en que a la gente no le importaba estar demasiado cerca.

Me dije que no era nada. Solo física.

Terminé el primer tornillo y luego el segundo. La puerta quedó en su sitio, firme. Bien.

—Cambia el peso —le indiqué—. Despacio.

Ella lo hizo.

La puerta se mantuvo en su lugar.

Fui por la segunda bisagra y me agaché, quedando a la altura de sus manos. Las tenía apretadas con fuerza contra el borde de la puerta, con los nudillos pálidos.

—Ya puedes aflojar —le dije—. Yo la sostengo.

—No voy a soltarla —dijo ella—. No después de todo lo que ha pasado hoy.

Levanté la vista. No me estaba mirando. Tenía la mirada fija al frente y la mandíbula todavía tensa, como si soltar cualquier cosa en ese momento no fuera una opción.

No tenía idea de qué había detrás de eso, pero algo en mi pecho se movió. Apenas. Y me fastidió.

—Cuidado con las manos —le dije—. Eres escritora. No querrás lastimarte una muñeca.

Me miró frunciendo el ceño, como si acabara de hablarle en otro idioma.

La ignoré. Fuera lo que fuera, no significaba nada. Sus manos no eran asunto mío.

Atornillé el siguiente tornillo. El taladro dio un pequeño tirón y ella volvió a ajustarse sin pensarlo.

Mi mano rozó la suya cuando fui por el último tornillo, y nuestros dedos se tocaron. Piel contra piel. Tibia. Firme.

Esta vez ninguno de los dos se apartó de inmediato.

Demasiada conciencia para un momento que no debería haber significado nada.

Esa era mi frase.

Me incorporé de golpe y terminé de atornillar el último tornillo, dejando el taladro sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Listo. Ya puedes soltarla.

Ella lo hizo y flexionó las manos, como si se le hubieran entumido.

La puerta cerró con un movimiento limpio. Sin juego. Sin roces. Encajó justo donde debía. Sólida. Firme otra vez.

Di un paso atrás, devolviéndole un espacio que ni siquiera me había dado cuenta de haberle quitado.

Ella miró la puerta y luego volvió a mirarme, sin apartar la vista mientras escudriñaba mi rostro como si esperara que dijera algo más.

—Gracias.

Asentí una vez y aparté la mirada, apretando la mandíbula sin motivo aparente.

—Aguantará.

Agarré la caja de herramientas y me enderecé, moviendo los hombros como si pudiera sacudirme de encima lo que acababa de pasar.

Puerta arreglada. Trabajo hecho. A seguir.

—Antes de que empieces a celebrar —dije, ya dándome la vuelta—, tienes una gotera.

Ella parpadeó.

—¿Una gotera?

—En el techo —dije—. Tercer piso, esquina de atrás. Se ve la mancha si sabes dónde mirar.

Abrió mucho los ojos.

—¿Cómo sabes...?

—Estuve aquí arriba el mes pasado —la interrumpí—. Después de una tormenta. Dottie me pidió que revisara la parte de afuera.

No añadí que había subido al entretecho porque algo no me olía bien. Ni que ya había archivado el problema en mi cabeza, lo había clasificado y calculado cuánto costaría.

Eso ya no era mi trabajo.

Apretó los labios, asimilando la información.

—¿Es grave? ¿Grave de muy caro? ¿O grave de curita?