8 Sarah #2
Ahí estaba: alto, guapo y sólido. Irritantemente tranquilo.
Parecía no tener absolutamente nada que hacer allí, pero, de alguna manera, encajaba como si el lugar también fuera suyo.
Sus hombros anchos llenaban una chamarra de tipo aviador de cuero negro; llevaba una camiseta gris de cuello en V y unos jeans oscuros que le quedaban demasiado bien.
Aparté la mirada. De verdad no necesitaba esto ahorita, y menos con la mañana que estaba teniendo.
—¿Qué hace aquí el tipo del torbellino? —solté. Se me salió sin pensar.
Dottie parpadeó.
—¿Quién es el tipo del torbellino? —preguntó, asomándose hacia atrás como si hubiera otro hombre escondido en el pasillo.
El tipo del torbellino arqueó una ceja.
—Se refiere a mí.
La sonrisa de Lola se ensanchó.
—Ah. Esto está bueno. Muy bueno. Siento que voy a necesitar más vino para esto.
La cara de Dottie se iluminó.
—¡Alex! Justo a tiempo.
La miré.
—¿Por qué tengo la sensación de que tú sabes algo que yo no?
—Yo lo llamé —explicó Dottie, acercándose a Alex y ofreciéndole el plato de muffins como si estuviera alimentando a un animal grande y útil—. Ten, agarra uno.
Vi cómo el tipo del torbellino aceptaba el muffin, lo partía a la mitad y se comía la parte de arriba en dos mordidas eficientes.
—¿Por qué? —pregunté, con la voz tensa.
—Porque necesitas ayuda con todas las reparaciones —dijo Dottie, como si fuera obvio y yo fuera un poco lenta—. Y Alex es el mejor arreglando cosas de la casa. Se dedica a remodelar. Sabe de construcción.
Entonces lo sentí: el calor, la humillación lenta y progresiva trepándome por el cuello hasta instalarse justo en las mejillas.
Yo no era una damisela desvalida atrapada en una torre de desesperación rosa. Tenía cerebro, estudios universitarios y wifi. Tenía Google, tutoriales de YouTube y la confianza inmerecida de alguien que una vez arregló una llave que goteaba después de ver un video de seis minutos.
Perfectamente podía resolver esto con Google.
No necesitaba ayuda. Y mucho menos la de él.
Me crucé de brazos, y de inmediato fui consciente de que eso solo me hacía ver más chica y más a la defensiva, que era justo el mensaje que no quería dar.
El tipo del torbellino me observó con esa expresión indescifrable, la mandíbula apretada y la mirada fija, como si estuviera calculando mentalmente de cuántas formas este lugar podía matar a alguien.
O a mí.
Y quizá odiaba estar ahí. Quizá Dottie lo había arrastrado a esto.
Quizá le debía un favor. Quizá había perdido una apuesta.
No lo sabía. Pero fuera cual fuera la razón, no tenía ningún motivo para estar en mi posada, sosteniendo un muffin y mirándome como si yo fuera una tabla floja a punto de zafarse.
—No necesito ayuda —dije—. Lo tengo bajo control.
La mirada del tipo del torbellino se deslizó hacia el teléfono, el libro de cuentas, los papeles, María subiendo las escaleras con sus cubetas y Lola tomando vino como si todo esto fuera teatro en vivo.
Luego sus ojos volvieron a mí: leggings, el pelo revuelto y, seguramente, el pánico escrito con letras de neón en toda la cara.
Genial. Jodidamente genial.
—No es lo que parece —solté.
—Lo tengo controlado —insistí—. Soy una mujer muy capaz.
No sé por qué sentí la necesidad de especificar lo de mujer, pero ahí quedó. Asentado para el acta.
El tipo del torbellino arqueó una ceja.
—No he dicho que no lo fueras.
Eso me molestó más que si se hubiera reído. O si hubiera discutido. O me hubiera salido con una lección de hombre. Ese reconocimiento tranquilo me sonó a desafío, como si me estuviera retando a demostrarlo.
El teléfono volvió a sonar.
Lo miré fijo. Luego a él. Luego al techo, como si el universo fuera a intervenir de pronto y reemplazar mi vida por otra distinta. Tal vez una en la que fuera rica por mi cuenta y alérgica a la responsabilidad. Sí, esa me gustaba.
—Tengo que contestar —dije, agarrando el auricular—. Posada Hartwell.
—Sí, hola —dijo una mujer con voz alegre—. Solo quería preguntar si los baños son privados o compartidos.
—Privados —respondí al instante, porque el optimismo no cuesta nada y yo todavía no había visto todos los baños.
—¡Genial! ¿Y el desayuno está incluido?
—Sí.
—¿Y el estacionamiento?
—Sí. El estacionamiento está incluido.
—¿Y mascotas?
Miré a Dottie, porque sabía que alcanzaba a oír a la mujer.
—Edna odiaba a los animales —anunció Dottie—. Nunca permitía mascotas.
Puso cara de pena
— Los animales también son personas.
Estuve de acuerdo. Lo pensé medio segundo. Propiedad, elección, venganza.
—Sí —respondí—. Se admiten mascotas.
Oh, a Edna eso la habría horrorizado. Bien.
—Perfecto. Me gustaría reservar una habitación, por favor —dijo la mujer.
Incluso cuando le expliqué que todas las habitaciones con vistas al mar ya estaban apartadas, no dudó. Ahora le daba igual cualquier cuarto, con tal de que, a su querido labrador negro, Boomer, le permitieran venir. De preferencia en la planta baja, para que fuera más fácil sacarlo al baño.
Colgué y volví a dejar el auricular en su sitio con cuidado.
—No necesito ayuda —dije, más que nada para recordármelo a mí misma—. Solo necesito tiempo.
Dottie cruzó los brazos.
—El tiempo no va a enderezar unas escaleras flojas.
—Yo puedo arreglar las escaleras.
Mentira descarada. No tenía idea de cómo hacerlo.
Dottie suspiró, el suspiro de una mujer que había visto a demasiada gente lesionarse sin necesidad.
—Sarah. Escúchame. Parte de este trabajo requiere fuerza física.
Me encendí de inmediato.
—Soy fuerte. Puedo cargar cosas.
Dottie arqueó una ceja.
—¿Emocionalmente? Sí. ¿Físicamente? Esa caldera pesa más que tu coche.
—No necesito cargar una caldera.
Pero sí tenía que sacar mi maldito coche del taller de Hugh.
—Lo que necesitas es no morirte —corrigió Dottie.
Lola se inclinó hacia delante, apoyando la barbilla en la mano.
—Además, sin ofender, cariño, pero tienes pinta de que te torcerías un tobillo al bajarte de una banqueta.
Fruncí el ceño.
—Gracias.
Abrí la boca para discutir, pero la cerré antes de decir algo de lo que fuera a arrepentirme después.
—Y Alex es el mejor —siguió Dottie, imperturbable—. Es honesto. No te va a ver la cara.
La palabra me explotó en el cerebro y rebotó por todos lados. No ayudaba nada que yo tuviera una imaginación demasiado viva.
Mi imaginación, por supuesto, ya me tenía desnuda. Desnuda con el tipo del torbellino. Los dos juntos. En una versión nada útil y demasiado distractora del asunto.
Sentí cómo se me encendía la cara al instante, como si alguien hubiera activado un interruptor interno marcado como mortificación.
Lola, por supuesto, se dio cuenta.
Sus labios se curvaron despacio.
—Vaya.
—No estoy… —empecé—. Eso no es… Solo que…
Dottie me miró frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Nada —respondí.
Dottie negó con la cabeza y volvió a mirar a Alex.
—Es justo, explica las cosas y no trata a la gente con condescendencia.
—No lo hago —dijo el tipo del torbellino con tono seco.
Le lancé una mirada de reojo.
No estaba sonriendo con burla ni nada por el estilo. Se veía… neutral. Profesional. Como si ya estuviera acomodando mentalmente todos los problemas en columnas.
Lo cual, la verdad, era bastante atractivo.
—No quiero que nadie piense que no puedo hacer esto —dije, bajando la voz—. Esta es la posada de mi tía. Mía. No quiero ser la mujer que necesita a un hombre para arreglarlo todo.
El tipo del torbellino me miró entonces. Me miró de verdad.
—No estoy aquí para arreglarlo todo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le solté, desafiante. Sí. Quería saber la razón de verdad.
Maldita sea. Fruncí el ceño y me froté la mandíbula con la mano. Eso no venía al caso.
Se encogió de hombros. —Porque Dottie llamó. Porque el edificio es viejo. Porque hay que dejar listas algunas cosas antes de que lleguen tus huéspedes mañana.
Mierda. Huéspedes. Gente de verdad. Con expectativas, maletas y opiniones.
Maldita sea. Exhalé despacio. No tenía a nadie más que pudiera ayudarme en ese momento, y tampoco tiempo para ponerme a buscar.
—No voy a aceptar… nada permanente —dije—. Esto es temporal. Solo hasta que pase esta reapertura.
El tipo del torbellino asintió una vez.
—De acuerdo.
—Y no me vas a decir qué tengo que hacer.
—No lo haré.
—Y no me vas a mirar como si estuviera a punto de derrumbarme.
—No lo hago.
Entrecerré los ojos. —Claro que sí.
Inclinó la cabeza. —Estás parada frente a un teléfono que no deja de sonar, un libro de cuentas que parece escrito en clave y un edificio que te está retando. Eso no es juzgar; es observar.
Lola soltó una carcajada. —No me divertía tanto desde que Louis intentó hacer el pretzel invertido.
Dottie aplaudió. —¡Perfecto! Entonces ya quedó decidido.
—No está… —empecé.
—Te voy a enseñar qué necesita atención inmediata —dijo el tipo del torbellino—. Tú decides qué quieres que se haga.
Dudé. El orgullo, el miedo y el agotamiento se pelearon dentro de mi pecho.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Cerré los ojos. —Está bien —dije—. Pero si esto sale mal, los voy a culpar a todos.
Lola alzó la copa. —Yo no acepto ninguna responsabilidad.
Dottie sonrió. —Bienvenida al mundo de la hospitalidad.
El tipo del torbellino solo asintió y se encaminó hacia las escaleras.
Y así, sin más, había aceptado dejar que el tipo del torbellino me ayudara a impedir que mi vida se fuera al demonio.
Fantástico.