8 Sarah
SARAH
Escribir un libro es difícil. Intentar sacar adelante una posada… bueno, eso ya es deporte de contacto.
Ayer me desperté felizmente ajena a lo mucho que puede cambiarte la vida en veinticuatro horas.
Si en ese momento me hubieras preguntado si alguna vez iba a manejar —y mucho menos a ser dueña de— una posada, me habría reído en tu cara.
No con educación. Una carcajada de esas escandalosas.
Hasta con un poco de saliva, quizá. Luego te habría mandado al diablo y, de paso, habría puesto en duda tu salud mental.
¿Yo? ¿Llevando una posada? Ni en un millón de años. Ni en un millón de años bien organizados.
Y, aun así, ahí estaba yo, parada detrás del mostrador de recepción de la posada Hartwell haciendo exactamente eso. O intentándolo. Fracasando, en su mayor parte.
Entrecerré los ojos para descifrar el libro de reservas de mi tía, que parecía haber sido escrito durante una sesión espiritista por alguien que odiaba las vocales. Junto a él había una pila enorme de libros que, al parecer, ya debería haber leído.
Estaba Gestión de posadas para principiantes, que me sonaba un poco condescendiente.
Cómo llevar una posada sin sufrir una crisis nerviosa, ambicioso, en el mejor de los casos.
Los secretos de una posada, que no me decía absolutamente nada salvo que a alguien le fascinaban los títulos flojos.
Y mi favorito personal: Cómo no convertir tu posada en un pozo sin fondo.
Sí. Una lectura encantadora. Súper reconfortante. Cero presión.
—Deberías tomarte una copa de vino para calmar los nervios —anunció Lola, recostada con elegancia en una silla junto a la recepción, bebiendo vino tinto como si estuviera viendo una obra de teatro en vivo en vez de mi lento derrumbe.
Le lancé una mirada.
—¿No es un poco temprano para el vino?
Eran las diez de la mañana.
Lola sonrió con picardía.
—Solo si piensas ser productiva.
Quise decirle que se largara. O, mínimo, que se metiera su vino y sus comentarios por ese trasero escandalosamente bien financiado. Pero, técnicamente, era mi única huésped de pago, inquilina, residente de larga estancia o lo que sea que fuera.
Y sin su cheque absurdamente generoso, toda esta preapertura habría sido un no rotundo.
Además, su habitación ni siquiera estaba lista.
Lola levantó su copa, imperturbable.
—Además, solo quiero señalar algo. No es temprano si no has dormido. Estuve ocupada. Repetidamente —añadió con una risita.
—Dormí unas horas, creo —dije, hojeando el libro de cuentas de mi tía como si fuera a traducirse solo por arte de magia—. Pero descansar, lo que se dice descansar, no.
No, porque estaba en un lugar nuevo, en una cama nueva y, al parecer, con una vida nueva. Ni loca iba a dormir bien esa noche. Al menos no hasta dentro de una semana. Tal vez más.
Sonó el teléfono.
Lola sonrió.
—¿Ese sonido? Es el destino. Y el dinero.
Y el estrés. Agarré el auricular.
—Hola, posada Hartwell.
Pausa. Luego, una voz alegre.
—¡Hola! Llamo para confirmar nuestra reservación para mañana.
Claro que sí.
—Sí —dije con tono alegre, aunque ya estaba sudando—. Claro. Déjeme solo… revisar. Un momento, por favor.
Puse a la persona en espera y enseguida siseé:
—¿Por qué todo el mundo viene mañana? ¿Qué tiene de especial mañana? ¿Hay algún festival raro del que nadie me avisó?
Lola se encogió de hombros.
—El aire del mar. El edificio rosa. La gente habla, cariño.
Maravilloso.
La puerta principal traqueteó.
Me le quedé viendo. El teléfono parpadeaba y el libro de cuentas de mi tía se burlaba de mí en silencio.
—Parece que algunos huéspedes llegaron antes de tiempo —comentó Lola, dando otro sorbo a su vino.
Se me hizo un nudo en el pecho.
—Dios, espero que no. Nada está listo todavía.
Si quien intentaba entrar era un huésped, iba a fingir mi propia muerte.
—O podría ser James para la tercera ronda —ronroneó Lola—. Tiene una lengua prodigiosa.
Qué asco.
El pomo se movió. Nada. Luego quien estaba del otro lado se recargó con todo y la puerta por fin se abrió de golpe, como si ya no tuviera fuerzas para seguir peleando.
Y ahí estaba una mujer de postura firme y cara de haber visto de todo.
Tendría unos cincuenta y cinco años, llevaba el pelo corto y oscuro recogido con fuerza, zapatos cómodos y dos cubetas tamaño industrial colgándole de cada brazo.
Las botellas tintineaban cuando se movía, como si viniera lista para irse a la guerra.
—Tú debes de ser Sarah —dijo, avanzando hacia mí.
—Sí —respondí, porque claramente mi reputación ya se me había adelantado hasta aquí—. ¿Y tú eres…?
—Soy María —dijo—. Me manda Dottie. Yo limpiaba para Edna.
Me le quedé viendo fijo. Una parte de mí quiso lanzarse a abrazarla, pero entonces recordé que yo no abrazaba a nadie.
—Eres un regalo —dije en cambio, sintiendo cómo me caía encima el alivio—. Un milagro, de verdad.
A María se le torció la boca y me di cuenta de que le alegraba sentirse necesaria.
—Ella dijo que ibas a ser así.
A mis espaldas, Lola se asomó por encima del escritorio.
—¿Viene con referencias?
María la miró de reojo.
—Treinta años. Sin quejas. Bueno, excepto Edna. Pero ella se quejaba de todo el mundo.
Eso no me sorprendió nada.
El teléfono del escritorio volvió a sonar. La llamada en espera probablemente ya estaba planeando mi ruina.
Mierda.
—Gracias por venir, María —le dije, haciéndole una seña para que pasara—. Por favor, entra. Empieza por la habitación de Lola, la 204. Luego la 205, la 303 y la 304. Todas las que tienen vista al mar.
Hice una pausa.
—Aunque eso ya lo sabes.
—La mía tiene la mejor vista al mar —dijo Lola con toda calma, porque la humildad claramente no era uno de sus hobbies—. Por eso es mía.
Me volví hacia María.
—Supongo que sabes dónde está toda la ropa de cama, ¿verdad? ¿Y también te encargas de la lavandería?
María negó con la cabeza.
—De eso se encargaba Edna. La lavandería está en el sótano.
Claro. Asentí como si esa información no acabara de hacer pedazos mi ya frágil sentido de la realidad.
Así que ahora yo estaba a cargo de la recepción, las reservaciones entrantes, el pánico saliente y la lavandería.
Fantástico.
Nada te da la bienvenida a tu nueva vida como quedar a cargo de las toallas ajenas.
María echó un vistazo alrededor, ubicó el desorden en un segundo y entró.
—¿Provisiones? —preguntó.
—Yo…
Levantó uno de los cubos.
—Yo traje lo mío —dijo, y se fue escaleras arriba.
Puede que hoy sí llore. A estas alturas, cada vez parecía más probable.
El teléfono volvió a sonar.
Maldita sea.
Me incliné sobre el escritorio y contesté.
—¡Muchas gracias por esperar! Sí, su habitación está confirmada. ¿Desayuno? Por supuesto. ¿Vista al mar? Claro. Nosotros…
Miré a Lola, que asintió con toda solemnidad.
—Nos especializamos en eso.
Colgué y apoyé la frente en el mostrador durante un segundo entero.
Si no fuera por la tortilla de Dottie esta mañana, probablemente ya me habría desmayado.
Desde la cocina llegaba el sonido de las sartenes y el olor inconfundible de algo espectacular.
Dottie apareció con un plato en las manos, como si viniera a presentar una ofrenda a los dioses.
Ya se había cambiado el delantal. Este era amarillo pálido, con letras rojas enormes que decían: SI HUELE RARO, YA CASI ESTÁ.
—Prueba de sabor —anunció—. Muffins de arándano y frambuesa. Les puse mi ingrediente secreto. Mi salsa especial.
Lola resopló.
—Ah, yo sé muchísimo de salsas especiales.
Dottie le lanzó una mirada filosa.
—No seas así de asquerosa tan temprano. Vas a espantar a Sarah.
—Por favor —dijo Lola, echándome un vistazo de arriba abajo, del pelo revuelto a los leggings y de regreso—. Sarah parece que ya ha vivido lo suyo. Las chicas inocentes no traen ese tic en el ojo.
—Oye —dije—. Ese tic es por estrés. Y trauma. Y tal vez abstinencia de cafeína.
Sí, necesitaba otra taza de café. Tal vez un galón.
Lola sonrió, satisfecha.
—El sexo es el mejor remedio para eso. Todo ese estrés, todas esas emociones reprimidas. Necesitas tener sexo. Y no me refiero a unos dos minutos de frotamiento genital. Estoy hablando de un auténtico carnaval de orgasmos.
Negué con la cabeza.
—No puedo creer que esté escuchando esto.
—Y no una situación triste y apresurada en la que todo el mundo queda decepcionado y alguien se hace un esguince— continuó Lola, aparentemente solo calentando motores.
—Me refiero a una producción completa. Entusiasmo, sudor y un final como Dios manda.
Me guiñó un ojo.
Estaba en el infierno.
—Lleva toda la mañana esperando para decir esto— comentó Dottie.
Lola le hizo un gesto para que se callara y se inclinó hacia mí.
—Una vez que te ocupes como es debido de la Cortina de Terciopelo, cariño, te sentirás más relajada, más ligera y bastante menos homicida.
La miré fijamente.
—No puedes hablar en serio.
—Oh, lo digo muy en serio—dijo Lola—. Nada aclara la mente como un buen orgasmo, de esos a fondo. Es como la meditación, pero más ruidoso.
Parpadeé.
—¿Siempre es así?
—Peor —dijo Dottie, metiéndome un muffin en la boca—. Y eso que todavía es temprano. Para el mediodía va a andar nombrando técnicas.
—No tengo tiempo para comer —dije, aunque mi estómago me traicionó con un gruñido escandaloso.
Dottie ni se inmutó.
—Es solo un bocado. Te va a encantar, te lo prometo. Necesitas parar un segundo y comerte un muffin.
—No puedo.
Suspiré, mirando el libro de reservas, donde ya había cuatro habitaciones apartadas para mañana, incluida la de Lola.
—Si dejo de moverme, me voy a desmoronar.
Dottie se inclinó hacia mí y me olfateó. Literalmente. Vi cómo se le movían las fosas nasales y hasta escuché el sonido.
—Estás funcionando a puro café y rencor.
Era verdad.
—Esa es mi marca.
Y sí, sin duda lo era.
Entonces se oyeron unos pasos detrás de mí. Pesados.
Me giré.
El tipo del torbellino estaba en el vestíbulo.
¿Qué demonios?