CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Cruzamos por el telar.
No por la ladera del museo esta vez, sino por la pieza misma, la del marco con las inscripciones rúnicas que toqué una noche de febrero con la mano desnuda sin saber lo que hacía.
La he calculado bien: la puerta buena se abre aquí, en el sótano de restauración, sobre el objeto que empezó todo.
Es de noche otra vez —siempre es de noche para estas cosas— y el museo duerme con su silencio de catedral apagada que tantas veces me gustó y que ahora, por fin, dejo sin nostalgia.
Ruarí me da la mano. No la suelta. Lleva la ropa de su siglo, que guardé estos tres meses doblada en un armario como quien guarda un billete de vuelta, y la cara de un hombre que vuelve a casa después de haber visto el fin del mundo y haber decidido que prefiere el suyo, con su barro y sus gallinas, si yo voy en el lote.
—¿Lista, mujer de lejos? —dice.
—No me llames así. —Le aprieto la mano—. Dentro de un momento dejo de ser de lejos. Voy a ser de allí.
El aire se espesa sobre el telar. El frío cambia. La luz se pliega, igual que se plegó la primera vez, solo que esta vez no caigo de rodillas muerta de miedo: esta vez doy el paso de pie, con la mano de él en la mía, hacia el sitio que he elegido.
Y caemos los dos juntos sobre la hierba mojada de la ladera del este.
El olor me golpea primero, como la primera vez: humo de leña, animal mojado, barro, todo aquello que una noche me pareció inaceptable y que ahora —y esto sí que no se lo voy a confesar a nadie— huele un poco a llegar.
Es de madrugada. La empalizada está abajo, con sus hilos de humo, y el cielo, sin una sola luz artificial en todo el horizonte, es el mismo cielo imposible que aprendí a leer en un cuaderno de una mujer muerta.
He calculado bien el cuándo, también. Lo sé en cuanto distingo, subiendo la ladera hacia nosotros con un farol y dos hombres detrás, una figura erguida envuelta en un manto oscuro que reconocería en cualquier siglo.
Beathag.
No corre —Beathag no corre por nada ni por nadie—, pero acelera el paso, y cuando llega hasta nosotros y nos mira, a su sobrino vivo y a la forastera que se fue a buscarlo, hace algo que no le había visto hacer nunca y que no le volveré a ver: se le quiebra la cara, un instante, antes de recomponerla.
—Tardasteis —dice, que en el idioma de Beathag significa todo lo demás.
—Tres meses tuyos —contesto—. Y una vida entera de los míos. —Trago el nudo que tengo en la garganta y no me da vergüenza—. Lo encontré. Lo traje. Y a tu hermano lo dejé donde ya no hace daño a nadie. Vivo, pero acabado. Te lo contaré entero junto al fuego.
Beathag mira a Ruarí. Ruarí asiente, una sola vez, y en ese gesto cabe todo lo que un hijo puede decirle a la mujer que lo crió sobre el padre que tuvo que perder. Beathag lo entiende, porque Beathag siempre lo entiende, y no pregunta más.
Y entonces, de detrás de los hombres, sale corriendo —ese sí corre— un chico que ha pegado el estirón en tres meses y que se planta delante de mí sin aliento, con el cuaderno de Aldana apretado contra el pecho como yo lo apreté tantas veces.
—Lo guardé —dice Coinneach, atropellado—. Cada noche miré el cielo, como me enseñaste. Sabía que volverías. Les dije a todos que volverías. —Y luego, con un orgullo que me deshace, suelta en mi idioma las dos palabras que le enseñé, ahora con el acento un poco menos imposible—: Buen viaje.
—Buena llegada —le corrijo, en el suyo, y le revuelvo el pelo, y el chico sonríe como si le hubiera dado un reino.
Bajamos al recinto entre los cuatro, con el primer gris del amanecer asomando por el este, y la gente empieza a salir de las casas a ver qué trae Beathag de la ladera de madrugada, y me miran —a mí, a las pantuflas fucsias que me he vuelto a poner por pura terquedad sentimental— con el mismo recelo y la misma curiosidad de la primera vez.
Solo que esta vez no soy la sospechosa que cayó del cielo.
Esta vez vengo con el heredero del clan de la mano, y eso, en cualquier siglo, cambia cómo te miran.
Es Ruarí quien se detiene, a mitad del barro, antes de entrar en la casa grande. Me para. Y delante de su tía, de Coinneach, de medio valle que se asoma, hace lo último que esperaría de un hombre que se pasó media novela siendo una pared:
—Quiero decírtelo aquí —dice, en su lengua, para que lo entienda todo el que quiera oírlo—.
No en tu siglo, donde eras tú la que sabía moverse y yo el perdido.
Aquí. Donde los dos sabemos quiénes somos.
—Me coge la cara entre las manos, como yo le cogí la suya en una ladera, en un taxi o en una Royal Mile llena de turistas—.
Te quiero, mujer de lejos. Crucé un siglo agarrado a mi padre por hacer lo correcto, y crucé de vuelta por ti, que es la otra cosa correcta que he hecho en mi vida.
Te quiero. Y aquí no tengo miedo de decirlo.
Y yo, que pasé media vida sin atreverme a pronunciar una palabra de cuatro letras, que crucé dos siglos huyendo y un tercero hacia él, la digo por fin, sin sello, sin examen, sin red, en mitad del barro de un valle del siglo XIV con un amanecer rompiendo detrás:
—Y yo a ti. Llevo queriéndote desde mucho antes de saber decirlo. Ya no estoy lejos de nada.