CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
La puerta buena, la limpia, la que devuelve al siglo XIV sin jugarse el salto a ciegas, no se abre hasta dentro de tres meses.
Tres meses que, por primera vez desde que caí, no son una cuenta atrás hacia un peligro, sino solo tiempo.
Domhnall ya no está. No hay monstruo que vigilar, ni red que desactivar, ni reloj corriendo en mi contra.
Hay un piso pequeño en Edimburgo, un highlander aprendiendo mi mundo, y una mujer que tiene noventa días para decidir si renuncia a su siglo entero por él.
Lo decido el primer día. Pero no se lo digo, porque hay decisiones que conviene dejar reposar para saber si eran verdad o eran el alivio del momento, y porque quiero estar segura, esta vez del todo, antes de hacer la única cosa irreversible que me queda por hacer.
Así que vivo los tres meses. Y los tres meses son lo que me faltaba.
Porque lo que sentí en la ladera, y en el pabellón, no era esto.
Aquello fue vértigo, miedo y deseo en estado bruto, todo a la vez, entre cuchillos y huidas, y yo lo sabía: no se enamora una en ese tiempo, por mucho que el cuerpo quiera.
Lo que se siente, rodeada de espadas y con la adrenalina por las nubes, tiene otro nombre, uno más simple y menos peligroso.
A aquello, si me hubieran preguntado entonces, lo habría llamado lo que era: me gusta. Me gusta demasiado, y me asusta cuánto.
El amor es lo otro. Lo que crece en los tres meses.
En las mañanas normales, sin nadie persiguiéndonos, viéndolo pelearse con la tostadora y ganarle al fin, al cuarto intento, y celebrarlo como una batalla.
En enseñarle a leer mis letras de noche, en la mesa de la cocina, con la misma tozudez con la que él me enseña a mí los nombres de las estrellas que aquí casi no se ven por las farolas.
En las discusiones tontas sobre cosas de las que no se discute en su siglo y en el mío sí.
En descubrir que ronca, que tiene mal despertar, que se le agria el humor cuando echa de menos su valle, y en que ninguna de esas cosas me echa para atrás, sino lo contrario.
Eso no se siente en día y medio. Eso solo se siente cuando el peligro se apaga y quedan los días de verdad, los aburridos, los que de verdad cuentan.
Y un día cualquiera, sin ladera, sin cuchillos, sin vértigo, fregando los dos los platos en silencio mientras llueve sobre Edimburgo, lo miro de reojo y me doy cuenta, con una calma que no se parece en nada al fuego de la ladera, de que ya no es que me guste.
Es que lo quiero. Y que llevo semanas queriéndolo sin atreverme a usar la palabra, porque usarla significa aceptar lo que viene después.
A Patricia se lo cuento todo. Le debo eso, y mucho más, porque es la única que no me suelta la mano ni cuando el mundo entero decide que soy una falsificadora.
Se lo cuento entero, sin ahorrarme la parte imposible, y ella me escucha con la cara de quien decide a media historia que su amiga o ha perdido la cabeza o dice la verdad, y que en ambos casos la quiere igual.
Cuando termino, mira a Ruarí, que nos observa desde el sofá sin entender el castellano, pero entendiendo lo que importa, y luego me mira a mí, y solo dice:
—Nunca te había visto así, Vera. —Coge aire—. Si me dices que tienes que irte a un sitio del que no vas a poder escribirme, te voy a odiar un poco. Pero te creo. Y prefiero saberte feliz en un siglo imposible que rota en este.
Y las cajas. Las del caso, las que abrí para enseñárselas a Ruarí, las que llevan meses pesándome en el salón.
Un día las bajo al contenedor. Todas. Los informes, las facturas, mi firma falsa, el membrete de la policía, la página de Lisboa que nunca llegué a confirmar.
No limpio mi nombre. Podría intentarlo, ahora que tengo tiempo y la cabeza fría, pero me doy cuenta de que ya no lo necesito, y esa es la prueba más sólida de que he cambiado de raíz: la mujer que cayó en aquella ladera habría dado la vida por recuperar su reputación, y la que tira las cajas al contenedor ya sabe que su nombre no estaba en esos papeles.
Que la verdad de quién soy no la firma ningún informe. Que no huí: caí, volví, y elegí.
En algún lugar de un siglo XXI quedará una mujer llamada Vera Olave con la reputación rota y un caso sin resolver, que desapareció una noche de febrero y no volvió. Que piensen lo que quieran. Yo sé la verdad, que es la única autenticación que me importa.
La última noche antes de la puerta, Ruarí y yo subimos a la azotea del edificio a mirar las pocas estrellas que mi ciudad deja ver.
Él ya sabe leerlas. Yo ya sé las que él me enseñó.
Y mientras las miramos, sin prisa, por fin en paz, le digo en su lengua la frase que llevo tres meses sin atreverme a decir; no la palabra todavía, pero sí lo que hay debajo:
—Voy contigo. A tu siglo. Para siempre. No porque aquí no tenga nada, sino porque resulta que lo que tengo está donde estés tú.
Y Ruarí, que cruzó un siglo agarrado a un asesino por hacer lo correcto, me mira con esa cara que dejó de ser pared hace tiempo, y contesta lo único que hace falta:
—Lo sé. Lo supe antes que tú. —Y luego, con una media sonrisa muy suya—: Solo esperaba a que lo supieras tú también.