Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Mi primer impulso es negarme en voz alta. El segundo, más útil, es no darle la pelea que busca, porque a este hombre la pelea lo alimenta. Así que me siento enfrente, me sirvo el café antes que a él, y lo dejo esperar.

—No voy a aceptar tu trato —digo—. Ni hoy ni dentro de tres meses.

—Lo aceptarás. —Tan tranquilo—. Todos aceptan, antes o después. Solo tienen que entender lo que pierden si no lo hacen. Tú aún no lo has entendido. Te doy tiempo.

Y ese «te doy tiempo» es tan suyo, tan de hombre que ha ganado durante cuarenta años por aguantar más que el de enfrente, que me da la idea entera de golpe, limpia y fría, mientras le sostengo la mirada por encima de la taza.

Porque tiene razón en una cosa: no lo he entendido. Lo que no sabe es que acabo de entenderlo. Que la jaula que este hombre se merece no está en su siglo ni en una horca ni en una puerta mala. Está aquí, en el mío, y solo tengo que llevarlo de la mano hasta ella.

—Tienes razón —digo, y me levanto—. No lo he entendido. Anda, vístete. Vamos a por pan. Llevas dos días encerrado y un hombre como tú piensa mejor caminando. Enséñame mi siglo, a ver qué ves tú que yo no veo.

Domhnall me mira con un destello de sorpresa, y luego de algo parecido al apetito, porque cree que me está ganando, que la forastera empieza a ablandarse, que el tiempo, su arma de siempre, vuelve a trabajar para él.

Se levanta. Me sigue. Ruarí, al que el ruido de la calle todavía abruma, se queda en el piso, y mejor, porque lo que voy a hacer no quiero que lo vea su hijo.

Salimos. Lo llevo por la Royal Mile a media mañana, entre el río de turistas, y Domhnall lo absorbe todo con esa hambre suya, los coches, las luces, la gente blanda y confiada, calculando ya cuánto tardaría en gobernarla.

Lo dejo mirar. Lo dejo crecerse. Y entonces, en el punto más concurrido, donde más gente hay, donde más cámaras y más policía, le suelto el brazo.

—Espérame aquí —le digo, en su gaélico—. Vuelvo enseguida.

No vuelvo.

Me meto en la primera bocacalle, y desde la esquina, escondida como una cobarde, lo veo quedarse solo en mitad de mi siglo.

Un anciano sin papeles, sin nombre, sin una moneda que valga aquí, que no habla la lengua, plantado en la calle más transitada de Edimburgo.

Lo veo esperar. Lo veo, al rato, empezar a inquietarse.

Lo veo abordar a un transeúnte, y a otro, hablándoles en una lengua muerta que nadie reconoce, con gestos cada vez más grandes, y veo las caras de la gente, que no es miedo, ni respeto, ni obediencia, sino esa mezcla incómoda de lástima y recelo con que mi siglo mira a los viejos que hablan solos.

No tarda ni veinte minutos en acercarse alguien con un teléfono.

Y luego un coche. Y luego dos personas con chaleco que le hablan despacio, con la paciencia que se gasta con los que ya no entienden nada, y que se lo llevan sin que él pueda explicar —porque no hay forma de que lo explique, porque cada palabra verdadera que diga lo hundirá un poco más— quién es, de dónde viene, ni de lo que ha sido capaz.

Su don entero, el de tantos años, era que lo subestimaran. Y yo acabo de soltarlo en el único mundo que lo subestima hasta el fondo, sin remedio, para siempre.

Vuelvo a casa sin el pan.

Ruarí me espera, y le cuento lo que he hecho, y no le miento ni le adorno una palabra, porque a él no le miento.

Le cuento que he soltado a su padre en mitad de mi siglo para que se lo lleven, que va a acabar en un sitio limpio y amable donde le hablarán despacio y no entenderá nada, donde cuanto más grite la verdad —que es un laird, que viene de hace setecientos años— más seguros estarán de que ha perdido la cabeza.

Que va a pasar lo que le quede de vida en el único lugar del mundo donde decir la verdad es la prueba de la locura.

Que es viejo, demasiado para aprender este mundo a tiempo de volver a ser peligroso.

Y que lo he hecho yo, a propósito, sabiendo exactamente lo que hacía.

Ruarí escucha en silencio. Y cuando termino, no me condena ni me absuelve. Solo dice, despacio:

—En mi siglo lo habríamos colgado. Habría sido más rápido. Y más piadoso. —Levanta la vista—. Lo que has hecho tú es peor. Pero es el peor que merece.

—No me siento bien —digo, porque es verdad, porque no hay triunfo en esto.

Soltar a un anciano para que lo encierren de por vida, sabiendo que cada uno de esos años va a estar lúcido y solo y mudo, no es justicia de la que da gusto.

Me revuelve algo por dentro y me lo va a revolver mucho tiempo, pero entonces me acuerdo.

Me acuerdo de Aldana, enterrada en una ladera por haberse dado cuenta de quién era.

De Cormac, degollado entre la paja con la prueba en el puño.

De todos los nombres que cargó a manos ajenas durante cuarenta años para no mancharse las suyas, de toda la gente que murió por una palabra suya dicha al oído justo.

Este hombre ha matado y ha dejado matar y habría seguido haciéndolo en mi siglo sin un temblor.

Y entonces el peso, sin desaparecer, deja de ahogarme, porque lo entiendo: no hay justicia de la que dé gusto para alguien como él. Solo hay esta. Y la merece entera.