Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

El plan tiene un problema, y el problema es que para devolver a Domhnall necesito que la puerta se abra, y la puerta no se abre cuando yo quiero.

Lo verifico esa misma noche, sin el cuaderno, que se quedó con Coinneach, pero con la fórmula en la cabeza, que es lo único que me traje, y con lo que recuerdo del cielo de mi caída.

Y la respuesta me hunde un poco: la noche que cruzamos los tres ya pasó.

La siguiente puerta, la que devuelve al siglo XIV desde aquí, no se abre hasta dentro de casi tres meses.

Tres meses. Tres meses con Domhnall en mi siglo. Tres meses de vigilar a un depredador que cada día aprende un poco más mi mundo, mientras intento, a la vez, no perder a Ruarí en un Edimburgo que lo abruma y resolver mi propia vida, que sigue ahí, en las cajas del salón, esperándome.

Le explico la situación a Ruarí esa noche, ya tarde, sentados los dos en el suelo de mi cocina porque las sillas le resultan incómodas y con Domhnall encerrado en el dormitorio —con el pestillo por fuera que he improvisado con una silla, consciente de lo ridículo que es pretender encerrar con una silla a un hombre que se escapó de un cuarto custodiado en su propio castillo.

—Tres meses —repite Ruarí, asimilándolo—. Tres meses con él suelto en tu tierra.

—Vigilado. No suelto. Vigilado por los dos.

—Me paso las manos por la cara—. Y antes de que lo digas: no, no podemos hacerle nada.

No es mi mundo el de tu padre, aquí no se resuelven las cosas como allí.

Aquí no puedo encerrarlo en una torre ni dejar que tu tía se ocupe.

Aquí, si le hacemos daño, los que acabamos en una celda somos nosotros, que ni siquiera existimos en los papeles.

—Suelto una risa sin gracia—. Es la primera vez que tu padre y yo coincidimos en algo: los dos sabemos que su mejor escondite es justo lo blando que es este siglo.

Ruarí se queda callado un momento, mirando sus propias manos, las manos de guerrero que aquí no le sirven de nada, y entiendo que está sintiendo lo que yo sentí en su mundo: la impotencia de saber mucho de un sitio que ya no existe y nada del sitio donde estás.

—En mi tiempo yo sabía qué hacer —dice, en voz baja—.

Sabía leer a un hombre, mandar a otros, sostener una espada.

Aquí no sé ni encender tu luz sin contar los golpes.

Aquí el inútil soy yo, y la que sabe eres tú.

—Levanta la vista—. No me gusta. Pero lo acepto.

Igual que tú aceptaste, allí, que la que sabía moverse era yo, y la perdida eras tú.

Y ahí, en el suelo de mi cocina, a las tantas, con un asesino al otro lado de una puerta cerrada con una silla, pasa una cosa que llevábamos aplazando desde la ladera: dejamos de medir quién manda.

Porque allí mandaba él y aquí mando yo, y lo que hay debajo de eso, cuando se quita la cuestión del poder, es lo otro, lo que ninguno de los dos ha nombrado en voz alta y que ya no necesita nombre porque se nos ve en la cara.

—Voy a enseñarte una cosa —digo—. Lo que dejé aquí cuando caí. En el pabellón te lo conté a oscuras, con palabras. Pero ahora estás en mi mundo, y quiero que lo veas.

Y abro las cajas. Las del caso, las que llevan apiladas en el salón desde antes de la ladera y que no he tocado desde que volví.

Le pongo delante los informes con mi firma falsificada, las facturas, el membrete de la policía, todo el papel que me hundió la vida, y se lo voy traduciendo, sentados en el suelo de mi cocina con su hombro contra el mío.

Él no entiende las letras, pero sigue mi dedo por las páginas, y entiende lo que importa: el orfanato, los quince años, la firma que no hice, la ruina, la página de Lisboa, las cuarenta veces que estuve a punto de irme.

Y lo que descubro mientras saco todo esto a la luz es que ya no me pesa igual, porque la mujer que lo metió en cajas y huyó ya no es la que ahora lo despliega sobre el suelo, con un highlander al lado y la certeza de que volvió, de que llegó a tiempo, de que por una vez no se quedó sola con el desastre.

—Ese hombre —dice Ruarí, cuando termino, con la misma calma con que lo dijo en el pabellón— te enseñó que confiar se paga con la ruina.

Y yo te dije que te demostraría que se equivocó.

—Me coge la mano, la del suelo, igual que yo le cogí la suya en el taxi—.

Pues mira: estoy en tu mundo, que me da miedo, sin saber nada, dependiendo de ti para todo, y lo único que tengo claro de este siglo entero es que no me equivoqué al cruzar.

Lo demás lo aprenderé. Empezando por tu luz.

No le contesto con palabras, porque por una vez no las necesito y porque a las tantas de la madrugada, en mi cocina, con tres meses por delante y un monstruo encerrado con una silla, hay cosas que se dicen mejor sin hablar.

Y a la mañana siguiente, cuando me levanto antes que nadie y voy a comprobar que la silla sigue en su sitio, me encuentro la puerta del dormitorio abierta.

Y a Domhnall, no huido —eso sería demasiado fácil—, sino sentado tranquilamente a mi mesa de la cocina, esperándome.

La silla con la que atranqué su puerta, apartada con cuidado.

Y él, delante de mis cajas, las del caso, las que llevan días apiladas a la vista de cualquiera, sin tocar ninguna, porque no le hace falta abrirlas: para oler de qué huye alguien nunca ha necesitado leer una sola palabra.

Levanta la vista hacia mí, y sonríe.

—Buenos días, mujer de lejos. Anoche os oí. —Las paredes de mi piso son finas, y un hombre que se ha pasado la vida escuchando detrás de las puertas no desaprovecha una—. En tu siglo también hay quien firma lo que otros falsifican y carga con la culpa. Y tú eres una de ellas.

—Y tú vas a ofrecerme ayuda —digo, porque ya conozco el baile—. A cambio de algo.

—A cambio de quedarme. —Junta las manos sobre la mesa, en su gesto de siempre—.

Sé cómo se hunde a un hombre con un papel falso y sé cómo se le desentierra.

Devuélveme la libertad en tu mundo y te limpio el nombre.

Niégamela y aprenderé a hundirte yo, desde dentro de tu propia casa, que también sé hacer eso.

—Ladea la cabeza, paciente, seguro—. Soy un anciano sin nada, mujer de lejos.

Y los ancianos sin nada, en cualquier siglo, son los que mejor se mueven, porque nadie los vigila.

Eso no ha cambiado en setecientos años. Lo he comprobado.

Y ahí está el error, tan grande que casi no lo veo de puro enorme.

Porque Domhnall razona con la única vara que tiene, la de su valle, donde un viejo desvalido es un viejo al que se subestima.

Lleva mucho tiempo explotando esa regla.

Y acaba de decírmela en voz alta, convencido de que aquí también se cumple, sin sospechar que en mi siglo la regla se ha dado la vuelta entera.

Aquí un anciano sin papeles que habla una lengua que nadie reconoce y jura venir de hace setecientos años no es un hombre al que se subestime y al que se obedezca.

Es un hombre al que se ingresa.

No digo nada todavía. Pero mientras le sirvo el café que se sirve a un asesino porque hasta a un asesino hay que darle de desayunar, empiezo a entender, despacio y con una calma fría que no había tenido en toda la historia, que a Domhnall no voy a tener que devolverlo por ninguna puerta, ni jugarme ningún salto a ciegas, ni cargar con su muerte.

Que el siglo al que lo ha traído su hijo tiene, para hombres como él, una jaula mucho peor que cualquiera de las suyas. Y que solo tengo que dejar que mi mundo blando haga con él exactamente lo que hace.