Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Lo que salva la situación no es mi mentira. Es Patricia.

Llega corriendo por la Royal Mile justo cuando el policía vuelve de la radio, con su acreditación del museo colgada del cuello y esa autoridad de mujer que lleva años consiguiendo que la dejen pasar a sitios, y monta sobre mi mentira una estructura tan sólida que hasta yo me la creo a medias.

Que sí, que son de una recreación, que el seguro del museo cubre el incidente, que el mayor padece una confusión diagnosticada, que ella firma lo que haga falta.

Funciona, porque dos mujeres mintiendo coordinadas son imparables, y porque al policía, en el fondo, le viene de maravilla que el marrón se lo lleve otro.

Nos sueltan a los dos en custodia mía y de Patricia, con una citación que pienso ignorar con todas mis fuerzas, y veinte minutos después voy en un taxi —el primer vehículo que ve Ruarí en su vida— con un highlander del siglo XIV agarrado al asidero de la puerta con los nudillos blancos y un asesino sentado en el asiento del copiloto estudiando al conductor con una atención que no me gusta nada.

—Va más rápido que un caballo —dice Ruarí, entre dientes, sin soltar el asidero—. Mucho más rápido. Y no veo qué tira de él.

—Nada tira de él. Tira de dentro. Ya te lo explicaré. —Le pongo una mano sobre la suya, la del asidero, y noto que se relaja medio grado—. Tranquilo. Has cruzado el tiempo. Un coche es lo de menos.

Patricia, a mi lado, asiste a todo esto con los ojos como platos, porque le he pedido que confíe en mí veinte minutos y que las explicaciones vengan después, y porque es la única persona de mi siglo que, después de lo de Marcos, no me ha soltado la mano.

Cuando Ruarí dice algo en gaélico y yo le respondo en el mismo idioma, me mira con una pregunta entera en la cara, y lo único que le digo es:

—Te lo voy a contar todo. Y no me vas a creer. Y va a ser verdad igual.

Mi piso sigue como lo dejé: las cajas del caso apiladas en el salón, la quietud de quien vive sola, la página de vuelos de Lisboa probablemente todavía abierta en algún lugar del navegador.

Hace solo unas horas de mi tiempo que salí de aquí decidida a comprar un billete y desaparecer.

Y vuelvo con dos hombres de hace setecientos años, uno que me gusta demasiado y otro al que no puedo perder de vista.

Ruarí entra en mi piso como entré yo en el recinto del clan: registrándolo todo, alerta, fuera de lugar.

Toca el interruptor de la luz y la enciende y la apaga tres veces, sin decir nada, con la cara de un hombre al que acaban de demostrarle que el mundo era más grande de lo que le contaron.

Abre el grifo. Lo cierra. Mira por la ventana el tráfico, las farolas, los aviones cruzando el cielo de Edimburgo, y se queda muy quieto, y entiendo que está sintiendo, en versión acelerada, exactamente lo que sentí yo en la ladera: el vértigo de un mundo entero que no encaja en nada de lo que sabías.

—Tu siglo —dice por fin, en voz baja— da miedo. Y es hermoso. Y no sé cómo soportas tanta luz.

—Te acostumbras. Yo me acostumbré a la oscuridad del tuyo. Funciona en los dos sentidos. —Y, por una vez sin ironía—: No estás solo aquí. Me tienes a mí. Igual que yo te tuve a ti allí.

Domhnall, mientras tanto, se ha sentado en mi sofá con el aplomo de quien toma posesión de un trono, y observa mi casa, mi mundo, mi vida, con esa calma de depredador que reposa porque sabe que tiene tiempo.

Y cuando habla, lo hace para recordarme que el problema de verdad no es enseñarle a Ruarí lo que es un grifo.

—Tienes una casa pequeña para alguien tan lista —dice—.

Y cajas llenas de papeles que te pesan, lo veo en cómo no las miras.

Tú también huías de algo cuando caíste, ¿verdad, mujer de lejos?

—Sonríe—. Lo reconozco porque yo llevo mucho tiempo siendo aquello de lo que la gente huye.

Y este mundo tuyo, blando y confiado, está lleno de gente que huye y que pagaría por que alguien le resolviera sus problemas sin preguntar cómo.

—Cruza las manos—. Empiezo a pensar que no necesito volver a mi tiempo.

Empiezo a pensar que el tuyo me sienta mejor.

Y ahí, en mi propio salón, entre mis propias cajas, con Ruarí maravillado ante una ventana y un monstruo cómodo en mi sofá, entiendo el problema entero que me queda por delante: que no me basta con haber traído a Ruarí.

Que mientras Domhnall respire en mi siglo, no he ganado nada, solo he cambiado el escenario de su caza.

Y que la decisión que de verdad me queda por tomar no es dónde quiero vivir yo.

Es qué hago con un hombre al que no puedo entregar, no puedo soltar y no puedo, todavía, devolver.

—Disfruta del sofá —le digo, recogiendo las llaves, porque ya tengo medio plan formándose—. Porque vas a estar en él muy poco tiempo. Tengo una puerta que calcular. Y esta vez, viejo, el billete de vuelta lo escribo yo.