Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

La Royal Mile a media mañana es un río de turistas, y abrirme paso entre ellos en pijama, con un abrigo de restauración por encima y las pantuflas fucsias que tanta gracia le hicieron a una niña del siglo XIV, no mejora mi credibilidad cuando llego, sin aire, hasta el cordón de policía que los rodea.

Hay dos coches patrulla, un corro de gente grabando con el móvil, y en el centro, sentados en el bordillo, esposados, Ruarí y Domhnall. Y un agente joven, agobiado, intentando sacarles algo en un inglés cada vez más alto, porque la gente, en cualquier siglo, cree que hablar más fuerte traduce.

Ruarí me ve antes de que yo abra la boca.

Levanta la cabeza, me localiza entre la multitud con la misma rapidez con que me localizó en una ladera a oscuras, y la cara que pone —alivio, incredulidad, algo más grande que no pienso nombrar todavía— me confirma que ha pasado las peores horas de su vida en este siglo incomprensible aferrado a una sola esperanza, y que la esperanza era yo.

—¡Es mía! —grito al policía, lo cual es lingüísticamente desastroso pero funciona para que me mire—.

Quiero decir, los conozco. Conozco a estos hombres.

Soy Vera Olave, trabajo en el museo, ahí mismo.

—Y entonces, porque mi cerebro no descansa ni en una detención, encuentro la única explicación que un siglo racional puede tragarse—.

Son actores. De una recreación histórica.

Del museo. Se han desorientado, el mayor tiene principio de demencia y el joven es…

extranjero, no habla inglés, es gaélico, gaélico de las islas. Yo me hago cargo.

Es mentira, claro. Pero es una buena mentira, de las que llevan dentro el núcleo de verdad justo para sostenerse, y resulta que mentir bien y detectar mentiras siguen siendo lo único que se me da de maravilla a ambos lados del tiempo.

El policía duda. Y la duda, como me enseñó el mejor mentiroso de dos siglos, es por donde se cuela todo.

Mientras el agente consulta por radio, me acerco a ellos. Y Domhnall, sentado en el bordillo de mi siglo con las manos esposadas y los ojos viejos recorriendo los coches, los semáforos, las pantallas, los cables, absorbiéndolo todo con un hambre voraz, levanta la vista hacia mí y sonríe.

—Es magnífico —dice, en su gaélico que solo yo entiendo, con la voz baja del que comparte una maravilla—.

Todo esto. Las carretas que andan solas.

Las luces. La gente sin armas, confiada, blanda.

—Inclina la cabeza—. ¿Sabes cuánto tardaría un hombre como yo en gobernar a gente así, mujer de lejos?

¿Gente que no sabe lo que es el miedo de verdad, que cree que el mal viste de monstruo y no de viejo amable? Me has traído al paraíso sin querer.

No le contesto enseguida, porque tiene razón, porque un Domhnall suelto en un mundo que ha olvidado lo que es un depredador es exactamente la pesadilla que vi venir en la ladera.

—No te he traído yo —digo—. Te has traído tú solito arrastrando a tu hijo.

Y mírate: en tu paraíso, las primeras horas, te han esposado.

Aquí, viejo, no eres un laird. Eres un anciano confuso sin papeles, sin nombre, sin clan, sin una sola persona que te deba un favor.

Todo tu poder eran veinte años de conocer a tu gente.

Y aquí no conoces a nadie. Aquí el listo, por una vez, no eres tú. Soy yo. Porque este es mi siglo.

Y por fin —y juro que disfruto el momento más de lo que es decente— veo en la cara de Domhnall lo que no le había visto nunca: el desconcierto de un depredador fuera de su territorio.

Ruarí, a su lado, no entiende las palabras de la calle, pero entiende esta conversación, porque es en su lengua. Y me mira, y dice, ronco, las primeras palabras que le oigo en mi siglo:

—No sabía si volvería a verte, ni siquiera si existías aún en este tiempo. Solo tu nombre. Lo he repetido toda la noche para no olvidar por qué me había dejado arrastrar al vacío.

Y ahí, en mitad de la Royal Mile, con un policía a la radio, un corro de turistas grabándonos y un asesino esposado entre los dos, me agacho delante de Ruarí, le tomo la cara entre las manos —porque sigo siendo de tocar las cosas para creérmelas— y hago lo único sensato que he hecho en dos siglos:

—Existo —digo—. Y he venido a por ti. Esta vez he llegado a tiempo.

El policía vuelve. Tengo treinta segundos para convertir mi mentira en algo que aguante, una historia entera que sostener, dos hombres que sacar de aquí, y un monstruo del que no puedo apartar la vista ni un momento, porque cada minuto que pasa aprende un poco más mi mundo.