Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTINUEVE
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CAPÍTULO VEINTINUEVE

Caigo de rodillas sobre piedra.

Piedra lisa, fría, pulida, no la hierba mojada de la ladera.

Y el primer dato que registra mi cerebro, antes incluso de abrir los ojos, es el olor.

O, mejor dicho, la ausencia de olor. No hay humo, ni estiércol, ni animal mojado, ni cuerpos sin lavar.

Hay un olor químico, limpio, a producto de limpieza industrial, que durante día y medio habría dado cualquier cosa por volver a oler y que ahora, contra todo pronóstico, me encoge el estómago de pura nostalgia inversa, porque huele a un mundo donde nadie cuenta conmigo para nada.

Abro los ojos. Estoy en el sótano del museo.

En el taller de restauración. Frente a mí, en su soporte, está el telar con las inscripciones rúnicas, exactamente donde lo dejé, con la luz de emergencia encendida y la quietud de catedral apagada que siempre me gustó.

He vuelto al punto exacto. La fórmula de Aldana funciona.

Me levanto, con las piernas inseguras por el viaje y por todo lo demás, y lo primero que hago es buscar una fecha.

Un periódico, una pantalla, lo que sea. Encuentro mi propio teléfono, que dejé en la mochila hace casi dos semanas de mi tiempo y día y medio del suyo, tirado en el banco del taller donde lo abandoné.

Lo enciendo. Tarda una eternidad en arrancar.

Y cuando se ilumina la pantalla, leo la fecha dos veces.

Es el día siguiente al que caí.

He elegido bien. La fórmula me ha traído al día exacto que quería: no antes, no después, sino la mañana siguiente a mi desaparición, que es el mismo día —tiene que ser— en que Ruarí y Domhnall cruzaron, porque ellos cruzaron mi noche y mi noche es esta.

Estamos los tres en el mismo Edimburgo, en el mismo tiempo, juntos al fin.

Si Aldana no se equivocó, Ruarí ha aterrizado en este mismo museo, en este mismo sótano, hace unas horas. Igual que yo.

Solo que el sótano está vacío.

Y entonces el teléfono, que sigo sosteniendo, vibra entre mis manos con la violencia de quien lleva horas intentando localizar a alguien.

Notificaciones en cascada. Llamadas perdidas.

Mensajes. Y, entre todos, el que me para y me arranca a la vez es uno de Patricia, mi única amiga, enviado hace tres horas, con una foto adjunta y una sola línea de texto que leo dos veces para creérmela:

Vera, ¿esto es cosa tuya?? La policía ha detenido esta mañana a dos hombres en la Royal Mile.

Uno joven, vestido rarísimo, no habla inglés.

Y uno mayor que sí habla, dice cosas sin sentido y da MUY mal rollo.

El joven no para de repetir un nombre. Te juro que repite TU nombre.

¿Quiénes son? ¿Estás bien? ¿DÓNDE ESTÁS?

Miro la foto. Es borrosa, hecha de lejos, de móvil, pero no necesito que sea nítida.

Reconocería esa espalda recta en cualquier siglo, en cualquier calle, en cualquier estado de desastre.

Es Ruarí, esposado, en mitad de la Royal Mile, rodeado de gente que lo graba con el móvil, sin entender una palabra de lo que le dicen, repitiendo lo único que sabe que puede salvarlo en este mundo incomprensible: mi nombre.

Y a su lado, tranquilo, sereno, ya estudiando a los policías con esos ojos viejos que calculan, con la mirada de quien lleva unas horas en mi siglo y ya ha empezado a entender cómo funciona, está Domhnall.

El monstruo, suelto en mi mundo, aprendiendo las reglas. Y mi highlander, esposado por la policía de un siglo que no comprende, repitiendo mi nombre como un náufrago.

Me guardo el teléfono. Cojo lo primero que sirve de abrigo. Y subo las escaleras del museo de dos en dos, hacia ellos.

Los dos hombres más importantes de mi historia están en mi ciudad. Uno hay que salvarlo. Al otro hay que detenerlo. Y la única persona en los dos siglos que sabe quiénes son de verdad, que puede explicar lo inexplicable o aprovechar que es inexplicable, soy yo.

Por una vez en mi vida, llego a tiempo.