Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

La tentación me dura una noche entera.

Porque la fórmula de Aldana no me da solo a Ruarí.

Me da algo que no me había atrevido a desear en voz alta: la posibilidad de volver atrás en mi propia vida.

No solo a Edimburgo, sino a un Edimburgo anterior.

A un martes cualquiera de hace un año, antes de que la inspectora Torres apareciera con la fotografía de mis manos.

Antes de que se destapara lo de Marcos. Podría volver a la mujer que era, avisarla, cambiarlo todo.

Podría no haber caído nunca, no haber conocido este siglo, no haber conocido a Ruarí.

Paso esa última noche en el cuarto de Aldana dándole vueltas, con el pergamino de la fórmula en una mano y el cuaderno en la otra, y descubro que el problema de poder elegir cualquier momento de tu vida es que te obliga a decidir cuál de todas tus vidas posibles quieres, y eso es un peso que no estaba preparada para cargar a las tres de la madrugada de un siglo que no es el mío.

Si vuelvo antes de Marcos, me salvo la ruina. Pero borro a un hombre que me trató como a una persona y no como a una herramienta y que cruzó una puerta en el tiempo agarrado a un asesino para hacer lo correcto. Me salvaría el pasado a cambio de vaciarlo.

Y si elijo el otro día —el segundo exacto en que Ruarí cruzó— conservo la ruina entera. Vuelvo siendo la mujer acusada, suspendida, con el caso encima. Pero vuelvo a por él.

A la primera luz lo tengo decidido, y lo tengo decidido desde mucho antes de lo que finjo, porque la verdad es que nunca hubo elección, solo una noche de permitirme imaginar la cobarde antes de elegir la valiente.

Bajo a la sala grande. Beathag ya está allí, porque Beathag siempre está antes, y a su lado está Coinneach, el chico de las cuentas, con los ojos hinchados de quien no quiere que se le note que ha llorado.

—No vuelves a antes de tu desgracia —dice Beathag, leyéndome la cara como lee todo—. Lo veo. Vuelves al día de él.

—Vuelvo al día de él. —Me sale firme—. Si me salvo a mí misma, lo pierdo a él y os pierdo a vosotros, y resulta que prefiero una vida rota con todo esto dentro que una vida limpia que no os incluya.

Ya me las arreglaré después. Sé que es la peor decisión financiera de mi existencia, y mira que tengo competencia... , pero voy a hacerlo así.

Beathag hace algo que no le había visto hacer: sonríe del todo, sin reservas, una sonrisa que le quita veinte años de encima.

—Aldana habría elegido salvarse —dice—. La quise, pero la conocía.

Habría vuelto a antes, a su gente, a su vida segura.

Tú no. —Se levanta y me pone las dos manos en los hombros, un gesto enorme viniendo de ella—.

Por eso a ti la puerta te va a dejar marchar.

A ella la retuvo el miedo. A ti te empuja lo contrario.

Subimos a la ladera del este con la luna nueva, los tres y dos hombres del clan, en una procesión callada que parece más un entierro que una despedida.

Coinneach carga el cuaderno, que le dejo a él, porque ya no lo necesito —me llevo la fórmula en la cabeza, como Domhnall, qué ironía— y porque alguien en este siglo tiene que seguir sabiendo leer el cielo por si cae otra.

Le he enseñado lo suficiente en once días. Aprende rápido.

En el punto exacto de la caída, con la hierba todavía marcada, espero a que el cielo repita su dibujo. Y mientras espero, Beathag me da lo último que me queda por recibir de este siglo.

—Si lo encuentras —dice—, dile a mi sobrino que su tía está orgullosa.

Que hizo en una noche lo que yo no supe hacer en veinte años.

Y que cuide de ti, o que tú cuides de él, que para el caso me da igual quién cuide a quién.

—Y por una vez no esconde lo que le cuesta decirlo—.

Y si encuentras a mi hermano antes que a él, mujer de lejos…

no te enfrentes a Domhnall por orgullo. Él es más rápido.

Lo ha sido siempre. Sé más lista, no más valiente.

Eso es lo único que te ha mantenido viva hasta aquí.

—Lo sé. —Y luego, porque es verdad y porque puede que no vuelva a decirlo—: Gracias, Beathag. Por no enterrar a otra.

El aire empieza a espesarse sobre el punto de la caída. El frío cambia de frío. La hierba se aplasta en círculo sin viento que la aplaste, igual que hace casi dos semanas, solo que esta vez yo sé lo que viene y esta vez lo cruzo por elección y no por accidente.

Doy el paso hacia el centro. Y lo último que oigo de este siglo es la voz de Coinneach, rota, gritándome lo que le he enseñado a decir en mi idioma estos once días, las dos únicas palabras de castellano que sabe:

—¡Buen viaje!

Y luego la luz se pliega sobre sí misma, y el suelo del siglo XIV desaparece bajo mis pies, y caigo otra vez, en sentido contrario, hacia un Edimburgo que no sé en qué estado me espera, con la fórmula en la cabeza y el corazón repartido entre dos siglos,

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