CAPÍTULO VEINTISIETE
Calcular la noche del cielo me lleva once días.
Lo sé porque los cuento, igual que cuento todo, y porque cada uno de esos once días es un día más que Domhnall lleva suelto en mi siglo y un día más que Ruarí lleva en un tiempo que no es el suyo, perdido en un Edimburgo que no entiende, sin dinero, sin papeles, sin nadie.
Trabajo en el cuarto que fue de Aldana —Beathag me lo da sin que yo lo pida, y entiendo el gesto: me instala en el sitio de la primera para que termine lo que la primera no pudo—, con el cuaderno abierto, la tablilla del chico, una vela que gasto sin medida y los recuerdos borrosos de mi propia noche de caída, que voy reconstruyendo a fuerza de cerrar los ojos y volver a aquel barro.
Los once días me enseñan dos cosas.
La primera es astronómica: la puerta no se abre cuando quiere, sino cuando el cielo repite el dibujo de la noche de origen, y ese dibujo, según las cuentas de Aldana cruzadas con lo que midió el chico, se repite en una noche concreta, la del cambio de luna, que cae —y aquí se me para todo— dentro de tres días.
Tengo tres días. Si la pierdo, la siguiente cae meses después, y meses después Domhnall habrá tenido tiempo de sobra para convertirse en mi siglo en lo que fue en este.
La segunda cosa que me enseñan los once días no tiene nada de astronómica, y es la que de verdad me cuesta mirar de frente.
Me enseñan que voy a echar de menos este sitio.
No el barro, ni el olor, ni las gallinas, ni la cabra, que sigue mirándome con desprecio cada vez que cruzo el recinto y a la que, lo confieso, he empezado a tomar un cariño rencoroso.
Eso no lo voy a echar de menos. Voy a echar de menos lo otro: las cenas en la sala grande con Beathag, que ha resultado ser, bajo la coraza, la conversación más afilada que he tenido en años; al chico de las cuentas, que se llama Coinneach y que me sigue a todas partes preguntándome cosas del cielo con un hambre de saber que me recuerda a mí a su edad; la sensación, nueva y peligrosa, de que en este valle apestoso del siglo XIV, después de mucho tiempo, alguien cuenta conmigo para algo que no es firmar una falsificación.
Once días me han bastado para entender lo que Aldana tardó años en escribir con miedo: que el problema de cruzar la puerta no es nunca el cielo. Es lo que dejas a este lado.
La noche antes de la noche, Beathag entra en el cuarto de Aldana sin llamar, fiel a la costumbre familiar, y se sienta frente a mí, al otro lado de la vela.
—Lo tienes —dice. No es una pregunta.
—Lo tengo. Mañana, con la luna nueva. Si no me equivoco en las cuentas, y no me equivoco en las cuentas, la puerta se abre en la ladera del este, en el punto de la caída, después de medianoche.
—Cierro el cuaderno—. Cruzo, llego a mi siglo, y entonces empieza la parte que no puedo calcular: encontrar a un highlander y a su padre asesino en una ciudad de medio millón de almas, sin saber siquiera a qué año han llegado.
—Tres días llevas diciéndome que no sabes a qué año llegaron ellos. —Beathag inclina la cabeza—. Explícame eso otra vez, despacio, que soy vieja.
—Es lo peor de todo. —Me froto los ojos—.
La puerta te devuelve a tu sitio, pero no a tu cuándo.
Ruarí y Domhnall cruzaron mi noche, así que han llegado a Edimburgo, sí.
Pero pueden haber llegado el día después de que yo cayera, o diez años antes, o cincuenta después.
No hay forma de saberlo desde aquí. Y yo, cuando cruce mañana, tampoco sé a qué año llegaré.
Podríamos aparecer los tres en momentos distintos, separados por décadas.
Podría llegar y que Ruarí lleve treinta años muerto. O que no haya nacido aún quien soy yo.
Beathag se queda callada un momento, y luego dice algo que me descoloca, porque es lo último que esperaba de la mujer más práctica del valle.
—Algo me dice que Aldana también lo creía así —dice—.
Que el día de llegada era un azar imposible de calcular.
—Saca de debajo del manto un trozo de pergamino doblado, pequeño, gastado, que no es del cuaderno—.
Esto me lo dio hace años, y lo guardé sin saber leerlo, igual que guardé todo lo suyo.
Dijo que no quería que estuviese cerca del cuaderno y que, llegado el momento, que yo sabría cuándo sacarlo. Léelo. Y dime si cambia tus cuentas.
Lo cojo y lo desdoblo con cuidado. Es la letra de Aldana, más serena que la de la última página, de una noche en que todavía tenía esperanza.
Y lo que pone, lo que leo a la luz de la vela mientras Beathag me observa, me para en seco a media lectura, porque es la pieza que llevo once días dando por imposible:
Aldana sí encontró la segunda variable. La que decide el cuándo. La que yo creía perdida.
Y al lado de la fórmula, con su letra apretada, hay una frase que parece escrita para mí, veinte años antes de que yo cayera:
Quien venga detrás y sepa leer esto podrá elegir. El sitio y también el día, el momento exacto al que quiera volver. Ojalá lo uses mejor que yo, que me estoy quedando por amor, y cada vez estoy más segura de que es un error.
Me quedo mirando esa última línea más tiempo del que hace falta para leerla.
—Beathag —digo, sin levantar los ojos del pergamino—. ¿Aldana estaba enamorada de Domhnall?
—Sí. La engañó igual que a todos. Siempre ha sabido manejar a cada persona a su antojo.
Y ahí está. La primera mujer que cayó tenía la fórmula, tenía la puerta, tenía el día exacto al alcance de la mano. Y se quedó igual. No por miedo a la incógnita del tiempo, como yo creía. Se quedó por amor, y lo escribió sabiendo que era un error, y aun así no cruzó.
Levanto la vista hacia Beathag, y me cuesta que me salga la voz.
Llevo día y medio aquí. Llevo día y medio diciéndome que lo único que quiero es marcharme, que este siglo es un desastre apestoso del que huir, que Ruarí no entra en el plan.
Y resulta que la mujer que escribió esto, cuarenta años antes que yo, se dijo exactamente lo mismo hasta que dejó de poder decírselo.
Puedo elegir. A dónde, y también a cuándo.
Puedo llegar al día exacto en que Ruarí cruzó, al sitio exacto.
Puedo aparecer a su lado el mismo segundo en que él aterrizó en mi siglo.
Y puedo elegir volver al momento en que todo en mi vida se rompió…
o a uno anterior, antes de Marcos, antes de la ruina.
Puedo elegir el día de mi vida al que regreso.
Y de pronto, el problema deja de ser cómo volver. El problema, ahora, es a qué momento de mi propia vida quiero volver. Y con quién.