Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTISÉIS
72%

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Hay un momento, después de que la luz se pliega y la ladera vuelve a ser solo una ladera, en que no siento nada.

Lo conozco, ese momento. Es el mismo que tuve en el despacho de la directora del museo, con la fotografía de mis propias manos delante: el segundo de calma falsa en que el cerebro, antes de dejar entrar el desastre, hace un último inventario para asegurarse de que el desastre es real.

No me derrumbo, porque derrumbarme delante de tres testigos en una ladera medieval no me ha sacado nunca de ningún sitio y no va a empezar ahora.

Lo que hago es lo único que sé hacer cuando el suelo desaparece: agarrarme a un dato.

Y el dato es este: la puerta se abre en noches concretas, separadas por intervalos largos, y Aldana las anotó todas en el cuaderno.

Si Ruarí ha cruzado a mi tiempo, hay una forma de ir tras él.

Hay una cuenta. Y la cuenta la sé leer yo, que para algo soy la única persona viva a ambos lados de la puerta capaz de hacerlo.

Me agacho. Recojo del suelo la tablilla del chico, la que tiré a la oscuridad y que no servía de nada porque las cuentas las llevaba Domhnall en la cabeza.

La recojo igual, porque mis manos necesitan recoger algo, y porque hay una parte de mí, la profesional, la que no se apaga ni en la peor mañana de dos siglos, que ya ha empezado a trabajar: si Domhnall calculó esta noche desde aquí, con lo que el chico midió, entonces el chico vio lo suficiente para reconstruir parte del cálculo, y entre el cuaderno de Aldana y lo que recuerde el muchacho, puedo empezar a buscar la siguiente puerta.

—¿La habéis visto? —pregunto al chico, que me mira como se mira a una aparición—. La luz. El círculo. ¿Lo habéis visto bien?

—Sí, señora. —Le tiembla todo—. El laird… el laird y el joven amo… se los ha tragado el aire.

—No se los ha tragado el aire. —Me oigo hablar con una firmeza que no tengo—. Han cruzado a otro sitio. Y se puede ir detrás. Necesito que me cuentes todo lo que mediste esta noche, cada estrella, cada altura, todo lo que el viejo te hizo apuntar. Vas a ayudarme a traerlos de vuelta.

Bajamos de la ladera con las primeras luces, y para cuando llegamos a la casa, Beathag lo intuye, porque Beathag siempre intuye las cosas antes que nadie.

Me espera en el umbral, sin manto esta vez, y por una vez desde que la conozco la veo no como a la mujer más peligrosa del valle, sino como a lo que también es: una mujer que acaba de perder, en una sola noche, a su hermano y a su sobrino.

—Cuéntamelo —dice.

Se lo cuento. Todo. La duda de Domhnall, mi farol, la tablilla que no servía, las cuentas que llevaba en la cabeza, y Ruarí lanzándose a agarrarlo en el último segundo para que no cruzara solo y libre.

Beathag escucha sin interrumpir, de pie, muy quieta, y cuando termino no llora, porque deduzco que las mujeres como Beathag lloran a solas o no lloran, pero algo le pasa por dentro y se le nota solo en que tarda un momento de más en volver a hablar.

—Mi sobrino —dice al fin— ha hecho lo que yo no pude hacer en veinte años.

Ha agarrado a mi hermano y se lo ha llevado donde ya no pueda hacer daño aquí.

—Levanta la vista—. Pero lo ha soltado en tu mundo, forastera.

Con tu gente. Y tú me has contado lo que es tu mundo: un sitio sin clan, sin nadie que sepa lo que él es, donde un hombre como Domhnall puede empezar de cero a ser exactamente lo que ha sido siempre.

—Lo sé. —Y es lo que más me aterra, por debajo incluso de haber perdido a Ruarí—. He soltado a un asesino en mi siglo. Bueno, lo ha soltado Ruarí, intentando hacer lo correcto. Pero el resultado es el mismo.

—Entonces tienes dos razones para ir detrás —dice Beathag, y en su voz hay una determinación que me incluye—.

Traer de vuelta a mi sobrino. Y detener a mi hermano antes de que haga en tu tiempo lo que hizo en el mío.

—Da un paso hacia mí—. Y yo voy a darte todo lo que tengo para que lo consigas.

El cuaderno. El chico. Hombres, si los necesitas. Lo que haga falta.

Y así, en el umbral de una casa que ya no tiene laird, las dos mujeres que quedamos a este lado de la puerta sellamos un último trato: yo calculo la noche; ella me da los medios; y cruzo, no para volver a la vida que dejé, sino para ir tras un hombre de este siglo que cruzó al mío por hacer lo correcto, y tras el monstruo al que arrastró consigo.

Lo gracioso, lo único gracioso de toda esta mañana espantosa, es que durante día y medio mi único plan fue largarme de este siglo apestoso y regresar a mi época. Y ahora que por fin tengo una razón de hierro para cruzar la puerta, resulta que ya no la atravieso para volver.

La atravieso para ir a buscar a la única persona que ha conseguido que, por una vez desde que llegué aquí, no tenga claro dónde está mi sitio.