Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

Me mueve la rabia.

Porque mientras Ruarí corre hacia su padre y los dos hombres del clan dudan, sin saber si detener a un asesino o respetar a un laird, yo entiendo de golpe que este es exactamente el final que Domhnall lleva veinte años esperando: irse limpio, sin mancharse, dejando atrás un clan partido y a su hijo cargando con la duda de si debió o no debió pararlo.

Y que el único modo de arruinarle el final no es la espada de Ruarí, que llega tarde, sino lo único que se me da bien a mí: usar la cabeza más rápido que él.

—¡No corras! —le grito a Ruarí, y para mi sorpresa se para, porque ha aprendido a hacerme caso cuando uso ese tono—. ¡Si lo tocas, lo conviertes en la víctima delante de tu clan! ¡Déjamelo a mí!

Y echo a andar hacia el centro del claro, hacia Domhnall, desarmada y en pijama, con la única arma que he tenido en toda mi vida.

—No va a funcionar —digo, en voz alta, clara, para que lo oigan todos—. Tu cálculo. El del chico. Está mal.

Domhnall se detiene a un paso del centro. Es lo único que podía detenerlo, y lo sabía: no la fuerza, la duda.

—Mientes —dice, pero no se mueve.

—Puede. —Sigo avanzando, despacio—. Pero piénsalo.

El chico sabe contar estrellas. No sabe leer el cuaderno de Aldana.

Y la puerta no se abre solo con la posición del cielo: Aldana escribió que hay una segunda variable, algo del día al que llegas, una cuenta que él no ha hecho porque no sabe ni que existe.

—Me detengo a tres pasos de él—. Si cruzas ahora, con la mitad de la cuenta, no sabes a qué tiempo llegas.

Podrías aparecer en mi siglo, sí. O dentro de cuatrocientos años de hielo y vacío.

O en ningún sitio. Aldana no se atrevió a cruzar precisamente por esto, y ella sabía mil veces más de cielos que tu chico.

Veo la duda abrirse paso en su cara. Por fin trabajando en mi favor en lugar de en el suyo.

—Tú conoces la cuenta entera —dice, despacio—. Dámela.

—No.

—Entonces cruzaré con la mitad. —Pero no avanza. La amenaza le tiembla.

—Crúzala —digo, y me encojo de hombros fingiendo calma—.

Apuesta veinte años de espera a una cuenta a medias.

Salta a oscuras al tiempo que sea. A lo mejor tienes suerte.

—Bajo la voz—. O a lo mejor terminas como termina la gente que cruza una puerta sin saber lo que hay al otro lado: en ninguna parte, para siempre, sin nadie que sepa siquiera que existió.

Tú decides. Pero decide rápido, porque la noche no espera, y los dos sabemos que esta puerta no se vuelve a abrir en meses.

Y ahí, en el punto exacto donde caí yo, se libra la única batalla que este hombre podía perder: la que se libra dentro de su propia cabeza. Lo veo calcular. Lo veo dudar. Lo veo, por primera vez desde que lo conozco, no saber qué hacer.

Y entonces el cielo decide por todos.

Porque empieza, sobre el punto de la caída, eso que yo conozco desde dentro y que nadie aquí ha visto nunca desde fuera: el aire se espesa, se curva, la hierba se aplasta en un círculo sin viento que la aplaste, y el frío se vuelve otro frío, el mismo que me golpeó las rodillas hace día y medio.

La puerta se abre. Está abierta. Y Domhnall lo ve, y deja de dudar, porque un hombre con esa ansia, tan cerca del premio, no duda eternamente.

Da el paso hacia el centro.

Y yo hago lo único que puede hacer alguien desarmado contra un hombre que va a escaparse de toda justicia: me lanzo.

No a detenerlo con la fuerza, que no tengo.

Me lanzo a por la tablilla del chico, la de las cuentas, la única copia de los cálculos que Domhnall ha hecho esta noche, y la arranco de las manos del muchacho aterrorizado y la lanzo con todas mis fuerzas fuera del círculo, a la oscuridad de la ladera.

—¡Si cruzas ahora —le grito— cruzas a ciegas y sin retorno, porque acabo de tirar tu única cuenta y no hay tiempo de rehacerla antes de que se cierre!

Domhnall se vuelve hacia mí, en el borde del círculo, con el aire ya curvándose a su alrededor, y por una fracción de segundo lo tengo: la duda, otra vez, el cálculo, el miedo. Un segundo más y se cierra la puerta y lo he ganado.

Pero Domhnall lleva veinte años siendo más rápido que todos, y ese segundo no me lo regala.

—Las cuentas —dice, sereno de pronto, terriblemente sereno— las llevo en la cabeza, mujer de lejos. No en la tablilla. La tablilla era para el chico.

Y da el último paso, dentro del círculo, hacia la puerta abierta.

Y Ruarí, que ha entendido medio segundo antes que yo que mi plan acaba de fallar, hace lo único que queda por hacer: cruza el claro a la carrera, y en lugar de detener a su padre con la espada, lo agarra.

Con los brazos. Con el cuerpo. Lo abraza por la espalda en el borde mismo del círculo, justo cuando el aire termina de curvarse, y los arrastra a los dos hacia el centro, hacia la puerta, hacia el frío que ya conozco.

—¡Ruarí, no! —Y echo a correr, pero llego tarde, llego siempre tarde, y lo último que veo antes de que la luz se pliegue sobre sí misma y la ladera entera parpadee es la cara de Ruarí buscándome por encima del hombro de su padre, diciéndome algo que el aire que se cierra se traga entero.

Y luego no hay círculo, ni puerta, ni Domhnall.

Ni Ruarí.

Solo la hierba aplastada, el chico de las cuentas llorando, dos hombres del clan de rodillas santiguándose, y yo, de pie en el punto exacto donde caí hace día y medio, mirando el sitio vacío donde un segundo antes estaba el único hombre de este siglo que empezaba a importarme, que acaba de cruzar al mío, arrastrando consigo a un asesino, hacia un tiempo que ninguno de los dos sabe cuál es.