Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

Lo primero que hace Beathag es lo que la convierte en quien manda de verdad: no perder un solo segundo en lo que ya no tiene remedio.

—¿Cuánto hace que falta? —pregunta al hombre sin aire de la escalera.

—Poco, señora. El centinela de la puerta este lo vio salir hace nada, con el chico y dos caballos. Pensó que era cosa vuestra y no lo paró.

—Claro que lo pensó. —Beathag ya se está echando el manto sobre los hombros—.

Mi hermano lleva toda la vida haciendo que la gente piense lo que le conviene.

Es lo único que sabe hacer, y lo hace mejor que nadie.

—Se vuelve hacia mí—. ¿A dónde iría a calcular el cielo?

Tú has leído el cuaderno. ¿Dónde se ve mejor?

Y aquí, por una vez, mi inutilidad táctica se convierte en lo contrario, porque resulta que esto sí lo sé. Lo sé porque lo he leído, porque Aldana lo anotó, porque mi cabeza, que no sirve para empuñar una espada, sirve para esto.

—La ladera del este —digo—. Donde caímos las dos.

Aldana escribió que las cuentas solo cuadran observando desde el punto exacto de la caída, porque el cielo hay que medirlo desde allí.

Domhnall lo sabe. No huye, Beathag. Va a la ladera a calcular su propia noche desde el único sitio donde se puede calcular.

—Entonces sabemos a dónde —dice Ruarí, que ha aparecido en la puerta con la espada ya ceñida y dos hombres detrás—. Cabalgamos.

—Cabalgáis vosotros —corrige Beathag—. Yo me quedo.

Si mi hermano ha salido es porque cuenta con que lo persigamos todos y dejemos la casa sin cabeza, y no pienso darle el clan mientras miramos las estrellas.

—Me señala—. Ella va con vosotros. Es la única que entiende lo que él va a hacer allí arriba, y la única que puede saber si lo consigue.

Pero, Ruarí —su voz se endurece—, escúchame bien.

Tu padre no ha subido a esa ladera a que lo detengan.

Ha subido a cruzar. Si esta es su noche, o cree que lo es, va a intentar marcharse delante de tus ojos.

Y un hombre que cruza ese cielo es un hombre al que ya no alcanza la justicia de nadie. Ni la tuya.

El trayecto a caballo hasta la ladera es la primera vez que monto en este siglo, y descubro que galopar a oscuras agarrada a la cintura de Ruarí, con el frío cortándome la cara y el miedo subiéndome por todas partes, es exactamente tan horrible como suena y, no pienso admitirlo nunca, no del todo.

Me agarro a él porque no me queda otra, noto su espalda firme contra mí, y pienso, con la parte estúpida del cerebro que nunca descansa, que de todas las maneras de morir que me ofrece este siglo, caerme de un caballo abrazada a este hombre no sería la peor.

Llegamos a la ladera con la luna alta y el cielo despejado, y allí está.

Domhnall, de pie en el punto exacto donde yo caí hace día y medio, con el chico de las cuentas a su lado sosteniendo una antorcha y una tablilla, y la cara vuelta hacia arriba, hacia las estrellas, leyéndolas con la concentración de quien lleva veinte años esperando esta noche.

No se vuelve cuando oye los caballos. No le hace falta, porque sabía que vendríamos.

—Llegáis a tiempo —dice, y su voz baja desde la oscuridad con la calma de un hombre que ya ha ganado—. Justo a tiempo de verlo. Sentíos honrados. Nadie ha visto nunca lo que vais a ver vosotros.

—Padre. —Ruarí desmonta, espada en mano, pero no avanza, porque hay algo en la quietud del viejo que detiene a cualquiera—. Baja de ahí. Se acabó.

—Se acabó, sí. —Domhnall sonríe a las estrellas—.

Pero no como tú crees. ¿Sabéis qué he descubierto, mirando este cielo?

Que la mujer tenía razón. —Me señala sin mirarme—.

El valor no lo pone quien tiene la cosa.

Lo pone quien la necesita. Y resulta que yo no necesitaba su cifra.

Necesitaba este cielo, esta noche, y un par de ojos que supieran contar lo suficiente.

—Da una palmada en el hombro al chico aterrorizado—.

Este muchacho no sabe leer el cuaderno de Aldana.

Pero sabe contar estrellas y medir alturas, que es lo único que me hacía falta para confirmar lo que llevo veinte años sospechando.

Y entonces lo entiendo, un segundo antes de que lo diga: la línea del margen de Aldana, el cielo a medio cerrar tras una caída.

—Esta es la noche —digo, en voz alta, para que Ruarí lo oiga, para que reaccione—. Beathag tenía razón. No ha venido a esconderse. Ha venido a cruzar. Esta noche se abre la puerta. ¡Es tu noche, Domhnall, es la misma en que caí yo!

—Es la misma —confirma él, y por fin baja la vista de las estrellas y me mira, y en sus ojos viejos hay una alegría terrible, la de quien ha esperado media vida y ve por fin el premio al alcance de la mano—.

La puerta que te trajo a ti se abre esta noche en sentido contrario.

Llevo veinte años calculando este momento a ciegas, sin poder leer el cuaderno, y esta cría caída del cielo me ha confirmado, sin querer, las dos cosas que me faltaban: que la puerta existe de verdad, porque ella la cruzó, y que vuelve a abrirse esta noche, porque ella cayó en esta fecha.

—Abre los brazos hacia el cielo—. No necesitaba que calcularas para mí, mujer de lejos.

Solo necesitaba que cayeras. Gracias por caer.

Y empieza a caminar hacia el centro exacto del claro, hacia el punto donde caí de rodillas hace día y medio, mientras Ruarí grita y echa a correr y yo entiendo, con toda claridad, que estamos a punto de ver a un asesino escaparse al único lugar donde nadie podrá juzgarlo jamás: mi siglo.

Mi mundo. Indefenso, sin Beathag, sin clan, sin nadie que sepa lo que es.

Y que si no lo detenemos en los próximos segundos, lo soltaremos en mi casa para siempre.