Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Beathag tiene el cuaderno abierto sobre la mesa de su cuarto, y hay una hoja doblada por la mitad encima.

—Salió de dentro de una de las tapas —dice y me acerco con rapidez.

Señala el papel, y en él hay unas líneas que Aldana escribió, más pequeñas, casi un apunte para sí misma. Las había anotado como si fuesen una nota personal. Leo.

El camino no lleva siempre al mismo punto.

Vuelve al sitio de donde saliste, pero no al cuándo.

Dos veces lo he calculado y dos veces me ha dado distinto.

Y una vez vi el paso abrirse de nuevo a las pocas noches de una caída, como si esta dejara el cielo a medio cerrar; no conozco la regla y no me fío de que se repita.

La noche abre la puerta, pero el día al que llegas depende de algo que aún no entiendo.

Si vuelvo, puede que no vuelva a mi gente.

Puede que vuelva años antes, o años después.

Esa es la parte que más miedo me da, más que quedarme.

Levanto la vista.

—El cuaderno no garantiza que vuelva a mi momento —digo, despacio, oyéndome decirlo para creérmelo—.

Solo garantiza que vuelvo a mi sitio. Al museo.

A Edimburgo. Pero podría llegar años antes de haber caído.

O años después. Podría volver a un Edimburgo donde mi caso ya esté olvidado y nadie sepa quién soy.

O a uno donde aún no ha pasado nada, donde Marcos todavía no me ha arruinado, donde podría avisarme a mí misma.

O a uno cincuenta años más tarde, donde ya esté muerta.

—Creo que Aldana no se atrevió a cruzar por eso —dice Beathag—.

No solo por mi hermano. También por esto.

Debió darle más miedo a qué tiempo llegaría que quedarse en el equivocado, pero conocido.

Y mientras esperaba, mi hermano dejó pasar sus noches y le robó la decisión.

—Cierra el cuaderno con cuidado—. No quiero que a ti te pase lo mismo.

Pero tampoco quiero que cruces a ciegas.

Me siento en el borde de su cama, porque las piernas vuelven a fallarme, lo que a estas alturas debería tener nombre clínico.

Porque mi plan, mi plan entero, el que me ha mantenido en pie desde que caí —calcular la noche, cruzar, volver a casa—, acaba de complicarse de una forma que no había contemplado.

Volver ya no es volver. Volver es una apuesta sobre a qué orilla del tiempo me escupe la puerta.

Y lo peor, lo que no pienso decir en voz alta, es que una parte de mí, una parte que no reconozco y que me asusta, registra la noticia con algo que se parece demasiado al alivio.

Porque si volver es una apuesta, entonces quedarme deja de ser una rendición y empieza a parecer, casi, una decisión sensata.

Y necesito que volver sea simple. Necesito que mi casa siga siendo mi casa y este siglo siga siendo el desastre apestoso del que huir.

Si las dos cosas empiezan a parecerse, estoy perdida.

—Hay algo más —dice Beathag, y por su tono sé que lo ha guardado para el final a propósito—.

Mi hermano debe saber esto. Aldana se lo debió contar.

Lo de que el día de llegada es incierto.

Por eso quiere que lo cruces tú primero.

—Me mira fijo—. No te lo dijo arriba, ¿verdad?

Te ofreció que lo llevaras. Pero no te dijo que ni él ni tú sabéis a qué tiempo llegaríais.

—No. No me lo dijo. —Y caigo en la cuenta de la jugada—. Quiere que yo cruce primero para ver si funciona. Para ver a qué tiempo llego. Soy su prueba. Su Aldana de repuesto, otra vez, pero ahora ni siquiera para leer: para arriesgarme yo a la incógnita que a él le da miedo.

—Esa es su carta —confirma Beathag—. La que dijo que le quedaba por jugar. Dejarte cruzar, ver si el método sirve y a dónde lleva, y entonces, con la siguiente noche calculada y el riesgo despejado, cruzar él. Tú eres el experimento. Él, el viajero.

Me quedo mirando el cuaderno cerrado sobre la mesa, y de pronto, por primera vez desde que caí, mi plan de volver a casa no me parece una salvación. Me parece un salto a oscuras del que el viejo me ha dejado ir delante para ver dónde aterrizo.

Y entonces, como si el día no hubiera dado ya suficientes vueltas, oigo pasos en la escalera. Rápidos. Varios. Y la voz de uno de los hombres de Beathag, sin aire, gritando algo que lo cambia todo otra vez:

—¡Señora! ¡El laird no está en su cuarto! ¡Domhnall ha desaparecido, y se ha llevado al chico de las cuentas que sabe algo de estrellas!

Beathag y yo nos miramos, y la misma idea nos cruza a las dos a la vez, fría como el agua de febrero.

No le quedaba una carta. Le quedaba esa.

Si no puede sacarme la cifra a mí, y no puede esperar a que yo calcule, va a intentar calcularlo él, por su cuenta y con lo que yo ya le he contado, con el único en el valle que sabe algo de cielos.

Y un Domhnall que calcule su propia noche es un Domhnall al que ya no necesito… y que ya no me necesita a mí.