Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

Tardo exactamente medio día en aceptar que voy a tener que sentarme a hablar con Domhnall.

Lo retraso todo lo que puedo, que no es mucho, porque cada hora que pasa es una hora menos de cielo, y porque el cuaderno de Aldana, ahora que puedo leerlo entero y despacio, me lo confirma con una claridad que da vértigo: el camino se abre en noches concretas, separadas por intervalos largos, y si pierdo la que viene tendré que esperar a la siguiente, que según las cuentas de Aldana puede caer meses después.

Sin la posición exacta del cielo de mi noche de llegada, no puedo calcular cuándo se repite.

Y la única cabeza que guarda esa posición está en un cuarto custodiado, sonriendo.

Subo a media tarde. Los hombres de Beathag me dejan pasar con una mirada que dice claramente que les parece mala idea, y comparto su opinión, pero la comparto subiendo igual.

Domhnall está sentado junto a la ventana, sin manta esta vez, sin temblor, sin fingir. Es casi peor verlo así, descubierto, porque el viejo de verdad que hay debajo del viejo fingido resulta ser un hombre todavía afilado, todavía peligroso, solo que ahora sin público al que engañar.

—Sabía que subirías —dice, sin volverse de la ventana—. Lo supe en cuanto Beathag te devolvió el cuaderno. Mi hermana cree que te ha liberado. Lo que ha hecho es traerte de vuelta a mí, porque ese cuaderno sin lo que yo tengo en la cabeza no vale más que el papel en que está escrito.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. —Me quedo de pie, lejos de él, junto a la puerta abierta—. Y como los dos sabemos por qué estoy aquí, te ahorro el placer de hacérmelo decir despacio. Necesito la posición del cielo de la noche en que caí. Tú la viste. La quiero.

Domhnall se vuelve por fin, y me dedica una sonrisa que en otro hombre sería de bienvenida y en él es de cálculo puro.

—Directa. Aldana también lo era, al principio. El siglo os hace así, supongo, allá de donde venís. —Junta las manos—. Te la diré. La noche, las estrellas, la luna, todo. Lo llevo grabado, llevo veinte años grabándomelo cada noche que vigilaba esa ladera. Te lo daré entero.

—¿A cambio de qué? —Porque con este hombre nunca hay nada gratis, eso lo aprendí junto a su fuego.

—A cambio de que me lleves contigo.

Lo suelta con la misma calma con que lo suelta todo, y por un momento creo haber oído mal.

—¿Que te lleve…?

—A tu tiempo. —Se inclina hacia delante, y por debajo del cálculo asoma, por una vez, algo que parece de verdad: hambre, hambre vieja de veinte años —.

Llevo media vida sabiendo que existe un sitio donde las carretas andan solas y las noticias vuelan y los hombres curan lo que aquí mata.

Aldana me lo describió noche tras noche, y yo no podía leer el cielo para llegar, y ella no quiso llevarme, y luego ya fue tarde.

He esperado a la siguiente muchos años. Eres tú.

Cruza el cielo conmigo y te doy la cifra que te falta. Es un trato limpio.

Y aquí está la trampa, disfrazada de oferta, exactamente igual que la primera vez que me ofreció ayuda junto al fuego.

Lo miro y lo veo entero: si le doy mi noche, viajo a mi tiempo con un asesino.

Lo suelto en mi mundo, un mundo sin Beathag que lo vigile, sin clan que lo contenga, sin nadie que sepa lo que es.

Le entrego el siglo XXI a un hombre que mata con secuaces y lleva media vida perfeccionando el arte de no estar donde cae el golpe.

La culpa de lo que hiciera allí sería mía, igual que la firma de las falsificaciones de Marcos era mía.

—No —digo.

—Piénsalo antes de…

—Lo he pensado. Me ha costado medio segundo, que es justo lo que merece. —Doy un paso dentro del cuarto, porque resulta que sí quiero acercarme para esto—. ¿Sabes cuál es tu error, Domhnall? Que crees que estás negociando, pero tú necesitas algo de mí mucho más de lo que yo necesito tu cifra.

—¿Y qué necesito yo de ti, según tú? —Lo dice divertido, pero debajo hay una hebra de duda, y la oigo.

—Llevas veinte años queriendo cruzar ese cielo.

veinte años. No vas a renunciar a esa noche por nada del mundo, lo dijiste tú mismo: «esa noche es mía».

Así que vas a darme la cifra de todas formas, porque es la única manera de que la noche llegue a calcularse, y un cálculo a medias no te sirve.

Sin mí, tu noche no existe. Tú solo no sabes leer el cuaderno, y Beathag ya no te dejará acercarte a mí a solas otra vez.

—Bajo la voz—. Me vas a dar la cifra porque es tu única posibilidad de que alguien calcule esa noche que llevas media vida esperando.

Y cuando esté calculada, te quedarás aquí, vigilado por tu hermana, viendo cómo cruzo yo el cielo que tú no vas a cruzar nunca.

Esa es tu condena, Domhnall, y no es la horca: verme marchar con tu sueño en la cabeza.

La pausa que sigue es la primera de toda la conversación que no controla él.

Y entonces Domhnall hace algo que me eriza la piel: se ríe. Una risa de viejo que reconoce a un rival a su altura.

—Eres mejor que ella. —Se reclina, y por un instante parece casi orgulloso, lo que resulta nauseabundo—.

Te la daré. No hoy. Me queda una carta, y la voy a jugar antes.

Pero te la daré, tienes razón, porque es lo único que me queda.

—Su sonrisa se afila—. Solo una pregunta, mujer de lejos, antes de que bajes tan satisfecha de ti misma.

¿Estás segura de que quieres irte? Porque he visto cómo mira mi hijo, y he visto cómo lo miras tú.

Y una mujer que de verdad quisiera marcharse no habría tardado medio día en subir a por la cifra.

Habría subido corriendo la primera mañana.

No le contesto. Bajo la escalera con la victoria entre las manos y su última pregunta persiguiéndome peldaño a peldaño, porque es exactamente la que llevo medio día evitando hacerme yo sola.

Y abajo, en el último escalón, Ruarí me está esperando, con una cara que no le había visto, y antes de que pueda contarle nada de lo de arriba, me dice:

—Tienes que venir. Es Beathag. Ha encontrado algo nuevo en el cuaderno.