Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

La primera consecuencia de haber desenmascarado a un laird de madrugada es que nadie sabe muy bien qué hacer conmigo a la luz del día.

Lo descubro durante el desayuno, que resulta ser un cuenco de gachas de avena con un trozo de queso y un pedazo de pan que me sabe a banquete.

Como en un rincón de la sala grande, y a mi alrededor el clan se mueve con la torpeza de una casa a la que se le ha caído el techo durante la noche: el viejo laird recluido en su cuarto, custodiado por hombres de Beathag; Beathag al mando sin haberlo anunciado, y Ruarí en algún punto entre el heredero de siempre y el hombre que anoche levantó el acero contra su padre, que no es un punto cómodo para estar.

A mí me miran de reojo. Ya no como a la bruja de las zapatillas imposibles, ni como a la asesina de Cormac —esa acusación se ha caído sola en cuanto ha corrido que el viejo lo orquestó todo—, sino como a algo más incómodo: la forastera que llegó hace día y medio y a la que, en ese tiempo récord, se le ha derrumbado el clan encima.

La gente, en cualquier siglo, desconfía de quien trae cambios. Sobre todo de los necesarios.

Beathag se sienta enfrente y deja sobre la mesa, entre las dos, un trozo de pan que no piensa comerse. Un gesto de tregua, deduzco. En este siglo la comida compartida significa algo.

—Tienes un problema, forastera —dice, sin preámbulo—. Y soy yo.

—Llevo día y medio coleccionando problemas. Ponte a la cola, aunque me imagino que tú no haces cola.

—Yo no hago cola. —El amago de algo que en otra cara sería una sonrisa—.

Escucha. Anoche me entregaste el cuaderno.

Hiciste bien, porque era lo único que probaba lo de mi hermano y porque era mío.

Pero los dos sabemos lo que hay dentro de ese cuaderno, además de la confesión de una muerta.

Están los cálculos de tu regreso. Tu mapa a casa. Y ahora lo tengo yo.

Dejo la cuchara. Aquí está. La conversación que llevo queriendo desde que vi el cuaderno desaparecer dentro de su manto.

—Lo tienes tú —repito—. Y tú tienes tus propios motivos, igual que los tenía tu hermano.

Así que dime, Beathag, sin rodeos, porque estoy demasiado cansada para descifrarte: ¿me has cambiado un carcelero por otro?

¿Vas a retenerme tú ahora, como retuvo él a Aldana, porque también me has encontrado una utilidad?

Beathag me sostiene la mirada un buen rato. Y entonces hace lo último que esperaba: empuja el trozo de pan unos centímetros hacia mí, y con él, de debajo del manto, el cuaderno. Lo deja sobre la mesa, a mi lado del pan, fuera de su alcance y dentro del mío.

—Quédatelo —dice—. Es tuyo más que de nadie.

Aldana lo escribió para la que viniera detrás, y la que ha venido detrás eres tú.

Yo no sé leer estrellas, y aunque supiera, no pienso pasarme los años que me queden haciéndole a otra mujer lo que mi hermano le hizo a la primera.

—Aparta la mano—. Lo único que te pido a cambio no es que te quedes.

Es lo contrario. Te pido que cuando sepas cuál es tu noche, me dejes saberla a mí también.

No para cruzarla. Para vigilar que mi hermano no la cruce, ni te lo impida, ni mande a nadie a impedírtelo.

Quiero verte marchar sana. Es lo único que le debo a Aldana y no pude pagarle.

Cojo el cuaderno. Pesa lo que pesa el papel viejo, que es casi nada, y a la vez pesa como si llevara dentro toda mi casa: mi tiempo, mi nombre por limpiar, mi vida antes de la ladera.

Lo aprieto contra el pecho, y por un momento absurdo se me empañan los ojos, y lo achaco al cansancio y a las gachas y a no haber dormido, porque cualquier explicación es preferible a la verdadera, que es que acabo de recuperar el mapa a casa y que casa, de repente, ya no es una palabra tan sencilla como era hace día y medio.

—Gracias —digo, y me sale ronco.

—No me las des. —Beathag se levanta—. Y cómete el pan.

Estás en los huesos, y una mujer que va a calcular el cielo necesita el cerebro alimentado.

—Da dos pasos y se detiene, sin volverse del todo—.

Una cosa más, forastera. Necesitas saber cómo estaba el cielo la noche exacta en que caíste. ¿La recuerdas?

Y ahí, con el cuaderno contra el pecho y la boca llena de una respuesta que no llega, me doy cuenta del agujero del tamaño de un siglo que tengo en el plan.

Porque la noche que caí yo no estaba mirando el cielo.

Estaba de rodillas en la hierba, muerta de miedo, oliendo a estiércol, rodeada de cuatro hombres con espadas y un quinto injustamente guapo.

Vi la luna un segundo. Vi tres estrellas antes de que las espadas me distrajeran.

Tres. Y tres estrellas y una luna a medias no es un dato astronómico, es un recuerdo borroso de la peor noche de mi vida.

—No del todo —admito, y noto cómo se me cae el estómago—. Vi poco. Estaba… ocupada cayéndome del cielo y siendo apresada.

—Entonces tienes un problema más gordo que yo —dice Beathag, y esta vez sí se vuelve, y su cara no es de burla, es de quien acaba de ver un fallo serio—.

Porque sin esa noche, el cuaderno de Aldana es un libro de cuentas sin la primera cifra.

Y la única persona de este valle que estaba fuera aquella noche, mirando el cielo, esperando ver qué caía en la ladera del este…

—…es tu hermano —termino yo, con la voz hueca.

Beathag asiente, despacio.

—Domhnall vio tu noche. Sabe cómo estaba el cielo cuando caíste, porque lleva veinte años vigilando esa ladera por si caía otra. Es el único que tiene la cifra que te falta. —Se ajusta el manto—. Acabas de quitarle todo el poder, forastera. Todo menos lo único que de verdad necesitas de él.

Me quedo sola en el rincón, con el cuaderno recuperado entre las manos y una evidencia incómoda instalándoseme dentro: que para volver a casa voy a tener que pedirle ayuda, otra vez, al hombre que mató a la última mujer que cayó.

Que mi mapa está incompleto. Y que la única pieza que falta la guarda, en la cabeza, el hombre que acabo de derrotar.

Y arriba, en su cuarto custodiado, como si me hubiera oído pensarlo a través de la piedra, sé sin verlo que Domhnall está sonriendo.