Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Subo la escalera más deprisa de lo que la bajé, que ya es decir, y me hago una idea muy clara de lo poco que valgo en una pelea mientras lo hago: voy descalza, en pijama, armada con un cuaderno y con cero entrenamiento.

Si arriba está pasando lo que temo, mi aportación táctica va a consistir en gritar mucho y, con suerte, lanzar el cuaderno a la cabeza de alguien, lo cual sería además una pérdida irreparable para la historiografía.

Llego al rellano. La puerta del cuarto del cofre está cerrada, sí, pero cuando la empujo cede, y lo que encuentro dentro no es lo que el miedo me había pintado en la escalera.

Domhnall está en el suelo. No muerto, no herido: sentado contra la pared, con la cara entre las manos, hecho de pronto el anciano que durante día y medio fingió ser, solo que esta vez no finge.

Y Ruarí está de pie sobre él, con la espada baja, sin usarla, mirándolo con una expresión que no sabría nombrar porque no tiene nombre todavía, el gesto de un hombre que acaba de matar algo sin tocarlo, y lo que ha matado es la idea que tenía de su padre.

La puerta que oí cerrarse no era una trampa. Era Ruarí, encerrándose con él. Para hablar. O para no dejarlo huir. O para las dos cosas.

—Pensé que… —empiezo, y me callo, porque «pensé que te había soltado a alguien para que te matara» suena fatal dicho en voz alta a las seis de la mañana.

Ruarí me habla sin apartar los ojos de su padre.

—Lo pensaste porque es exactamente lo que él habría hecho. Pero esta vez no tiene a nadie más. —Una pausa—. Está solo, Vera. Lleva veinte años moviendo manos ajenas, y resulta que cuando se queda sin manos que mover, no es más que un viejo en el suelo de un cuarto.

Domhnall levanta la cara de entre las palmas. Y aquí pasa lo único que no había previsto en toda esta noche de cosas imprevistas: no me mira con odio, ni con cálculo, ni con el pánico de antes. Me mira con algo parecido al alivio, que es lo más perturbador que podía ofrecerme.

—Cuéntaselo a Beathag —dice, con una voz que esta vez sí suena vieja—.

Cuéntaselo a quien quieras. Llevo veinte años cargando con esto solo, y ya no me quedan fuerzas para cargarlo otros cuarenta.

Lo de Aldana me ha pesado cada noche desde que la enterré.

—Mira a su hijo—. Eso no me lo inventé para engañarte.

La quise. Y la dejé morir por lo que sabía.

Las dos cosas son verdad. Esa es la condena: vivir sabiendo que las dos son verdad al mismo tiempo.

No le creo. Quiero que quede claro, porque es importante: no me creo ni una palabra de su arrepentimiento. He visto a este hombre fingir una cojera durante día y medio, y alguien capaz de sostener una mentira así es capaz de sostener cualquier otra.

Pero también sé, porque me gano la vida observando lo falso, que las mejores mentiras siempre esconden una verdad en el centro.

Y sospecho que la de esta es sencilla: sí quiso a Aldana.

Sí le pesa haberla perdido. Y ninguna de las dos cosas le impidió hacer lo que hizo, ni se lo impediría ahora.

Su arrepentimiento no sustituye a su crueldad: convive con ella, y no cambia nada.

—No me corresponde a mí perdonarte —digo—. Yo solo soy la que llegó veinte años tarde para que Aldana tuviera a alguien que la creyera. —Aprieto el cuaderno—. Esto sí me corresponde. Y esto se queda conmigo.

Bajamos a Domhnall a la sala grande entre los dos, y para cuando el sol entra de verdad por las troneras, la casa empieza a despertar a una mañana que va a cambiarlo todo.

Es Ruarí quien manda llamar a Beathag. Y cuando ella aparece en el umbral, con su manto oscuro y sus dos hombres detrás, y ve a su hermano sentado y vencido y a su sobrino de pie con la espada todavía en la mano, no pregunta qué ha pasado.

Lo entiende al instante, como entiende casi todo, y lo único que hace es buscarme con la mirada.

—Lo leíste —dice. No es una pregunta.

—Entero. —Le tiendo el cuaderno, porque es suyo, porque lo ha guardado veinte años esperando que alguien pudiera hacer justo esto—.

Aldana lo dejó escrito antes de morir. Que él sabía cómo se volvía.

Que la retuvo. Que cuando ella amenazó con contarlo, la mató sin tocarla.

Tú lo sabías. Llevas veinte años sabiéndolo sin poder probarlo.

Beathag coge el cuaderno con un cuidado que no le pega a su dureza, y por un instante, uno solo, la mujer más peligrosa del valle deja ver lo que hay debajo de la coraza: una hermana que quiso a aquella mujer, que la vio morir, que supo quién fue y no pudo hacer nada, y que ha dedicado veinte años a vigilar a su propio hermano de cerca porque era la única forma de impedir que volviera a hacer algo parecido.

—No te mandé los avisos para usarte —me dice, y entiendo que es lo más parecido a una disculpa que sabe dar—.

Te los mandé porque sabía lo que iba a pasar.

Porque vi cómo te miraba mi hermano junto al fuego, con esa cara de hombre que ha encontrado por fin a su segunda traductora, y supe que ibas a acabar en la ladera igual que la primera si nadie te avisaba a tiempo.

—Cierra el cuaderno—. No iba a enterrar a otra.

Y así, en una mañana fría de un siglo que no es el mío, con un villano vencido en una silla y dos mujeres separadas por veinte años por fin del mismo lado, se acaba lo que empezó la noche que caí en la ladera.

Domhnall no irá a la horca —un laird no se cuelga por la palabra de una muerta y un cuaderno que casi nadie sabe leer—, pero está acabado de otra manera: su hijo lo sabe, su hermana tiene la prueba, y el hombre que gobernó veinte años desde la sombra de su propia fragilidad fingida no volverá a soltar una sola mano sin que los dos únicos que lo han calado se lo impidan.

Debería sentir que he ganado algo. Y en parte lo siento.

El problema es lo otro. El problema es que, mientras Beathag guarda el cuaderno y Ruarí por fin baja la espada del todo y la casa se llena de la confusión de una mañana que nadie entiende aún, yo me quedo mirando ese cuaderno desaparecer dentro del manto de Beathag y caigo en la cuenta de lo único que de verdad importa para mí, por debajo de toda la justicia y toda la verdad:

Que dentro de ese cuaderno están los cálculos de mi regreso.

Y que acabo de entregárselo, con mis propias manos, a otra persona que tiene sus propios motivos para querer que me quede o que me vaya.

He cambiado a un carcelero amable por una aliada.

Pero el mapa de mi casa sigue sin estar en mi poder.

Y todavía no sé leer el cielo de este siglo. Todavía no sé cuándo se abre mi noche. Lo único que sé, con una certeza fría que no me deja en paz mientras miro a Ruarí cruzar la sala hacia mí, es que cada día que tarde en averiguarlo es un día más que paso aquí.

Y que ya no tengo nada claro que eso me parezca tan mala noticia como me parecía hace día y medio.

Esa última parte es la que de verdad me asusta.