Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Ruarí baja la espada.

Pero no la suelta, y no se aparta, y por un segundo creo que la baja porque obedece, porque la sangre puede más, porque al final un hijo es un hijo y yo soy una mujer que cayó del cielo hace día y medio.

Y entonces gira sobre los talones, y la punta del acero, que apuntaba al suelo, sube otra vez. Hacia su padre.

—Apártate de ella —dice. La voz le sale rara, plana, vaciada de todo, y da más miedo que el grito que esperaba—. Apártate de la puerta, padre. Déjala salir.

Domhnall no se mueve. Lo mira como se mira a un perro al que has criado y que de pronto te enseña los dientes: sin miedo todavía, solo con la sorpresa fría de quien no contaba con esto.

—Vas a levantarle el acero a tu padre —dice— por una extraña que se va a marchar en cuanto sepa contar estrellas. Piénsalo bien, muchacho. Cuando ella cruce su cielo, yo seguiré siendo lo único que te quede en este valle.

Y ahí el viejo comete su único error de la noche, porque toca lo único que no debía tocar.

—La maté yo, sí —continúa, bajando la voz, íntimo, terrible—.

No con la mano, con la palabra justa al oído del hombre justo, que para el caso es igual.

Y volvería a hacerlo. Lo que sé, lo que soy, este clan, todo se sostiene sobre esa noche.

Tú no lo entiendes porque te crié para no entenderlo.

Pero algún día gobernarás esto, y entenderás que un laird hace lo que hay que hacer y carga con ello callado.

Te lo enseño ahora. Baja el acero y aprende.

Domhnall se da cuenta medio segundo tarde de que acaba de confesar, delante de un testigo, lo que nadie había podido probarle en veinte años.

Lo veo en su cara, el cálculo fallando por una vez, el titiritero que ha movido tantos hilos en la oscuridad olvidando que esta vez había luz y un hijo escuchando.

Ha confesado el asesinato de Aldana para doblegar a Ruarí, y en lugar de doblegarlo, le ha dado la única cosa que necesitaba para dejar de ser su hijo.

—Toda mi vida —dice Ruarí, y ahora sí le tiembla, pero no la mano del acero, que sigue firme, sino la otra, la vacía— me dijiste que enfermó.

Lloraste en su entierro. Me sentaste en tus rodillas y me hablaste de la fiebre.

—Avanza un paso, y Domhnall, por una vez, retrocede medio—.

Y lo peor no es que la mataras. Lo peor es que pensabas hacer conmigo lo mismo que hiciste con ella.

Usarme de mano. «La mano que él suelta.» Ibas a soltarme a mí.

—Ruarí. —El viejo cambia de registro, y oigo asomar al padre del fuego, al de la confidencia, al que casi me engaña a mí—. Hijo. Baja eso. Hablemos.

—No. —Y en ese «no» se acaba algo de toda una vida—. Vera. Coge el cuaderno. Sal por detrás de mí y baja la escalera. Busca a Beathag. Cuéntale que ha confesado, que esta vez hay quien lo ha oído. Yo me quedo con él.

—No pienso dejarte solo con…

—Es mi padre. —Me corta, sin volverse, porque tiene los ojos clavados en el viejo—. Si alguien tiene que sostenerle el acero hasta que llegue su hermana, me toca a mí.

Y yo, que no obedezco una orden ni bajo amenaza, lo miro a la espalda recta, al acero firme, al hombre que ha elegido la verdad sobre la sangre teniéndolo todo en contra, y por una vez hago lo que me piden.

Salgo. Rodeo a Ruarí pegada a la pared, con el cuaderno de Aldana apretado contra el pecho como si fuera lo único sólido que queda en el mundo, que casi lo es.

Al pasar junto a Domhnall, el viejo no me mira a mí.

Mira el cuaderno. Y en sus ojos, por debajo de la rabia fría, hay algo que conozco de cerca: el pánico desnudo de quien ve escapársele para siempre la única cosa por la que lo ha sacrificado todo.

—Esa noche es mía —dice, muy bajo, solo para mí—. La he esperado veinte años. No te atrevas a cruzarla sin mí.

No le contesto. He aprendido de él lo que vale callarse en el momento justo.

Bajo la escalera de dos en dos, descalza, con la madrugada ya clareando por las troneras, y mientras corro hacia el cuarto de Beathag con la prueba contra su hermano latiéndome entre las manos, caigo en la cuenta de una cosa que me para el corazón a media zancada.

He dejado a Ruarí solo. Con un hombre que mata sin tocar a nadie. Un hombre cuyo único talento, el que ha perfeccionado durante veinte años, es no estar nunca donde cae el golpe.

Y arriba, en el cuarto del cofre, acabo de oír cerrarse una puerta.