Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Lo primero que pienso, con la lógica retorcida que se me activa cuando debería estar aterrorizada, es que el viejo se mueve mucho mejor de lo que debería un hombre con la manta sobre las piernas y la mano temblona apoyada en el reposabrazos.

—La cojera era buena —digo, porque por lo visto mi mecanismo de defensa ante la muerte es la crítica de actuación—. El temblor también. Me lo creí entero.

—Veinte años de práctica —responde Domhnall, entrando en el cuarto sin la menor prisa—.

A un viejo inofensivo se le cuentan cosas que a un hombre fuerte se le callan.

Tú misma me contaste más en una noche junto al fuego de lo que le has dicho a mi hijo en día y medio.

La debilidad abre puertas que la fuerza no abre nunca.

Aldana tardó meses en entenderlo. Tú lo entiendes ahora, que ya no te sirve.

Detrás de él, Ruarí no ha bajado la espada, pero tampoco la ha levantado del todo, y veo en su cara el desastre de un hombre al que acaban de partir en dos: el padre que lo crió y el monstruo que describe el cuaderno, ocupando el mismo cuerpo en el mismo umbral.

—Padre —dice, y la voz se le quiebra a media frase y no se molesta en arreglarla—. Dime que el cuaderno miente. Dime que no la mataste.

—Yo no maté a nadie —contesta Domhnall, y lo terrible es que es verdad y mentira a la vez, igual que todo en él—.

Aldana enfermó. Eso le dije a todo el clan, y eso creyó todo el clan, y con eso te crié a ti para que creyeras.

—Ladea la cabeza—. Que la enfermedad llegara la misma semana en que amenazó con abrir la boca es una desgracia que lloré como Dios manda.

Que la mano que le llevó la enfermedad fuera de uno de los míos es algo que ni tú ni nadie podrá probarme jamás, porque yo no estaba, porque yo nunca estoy, porque ese es exactamente el truco.

—La mano que él suelte —cito, en voz baja, del cuaderno—. Ella lo escribió. «No de su mano. De la mano que él suelte.»

Y ahí, por fin, entiendo el cuchillo de Tormod.

Entiendo al hombre de la hebilla. Entiendo a Cormac muerto en el establo con la cera en el puño.

Domhnall no mata. Domhnall reparte cuchillos marcados y deja que la sospecha caiga sobre Beathag, sobre Tormod, sobre quien haga falta, mientras él, el pobre viejo de la manta, llora en su silla.

La inicial «be» que saqué de la tablilla no incriminaba a Beathag.

La puso él para incriminarla. Llevo desde que caí mirando a los títeres sin ver al titiritero.

—Beathag lo sabe —digo despacio, mientras todo termina de encajar—.

Por eso me mandó los avisos. Por eso tiene su propia guardia.

Más que tu rival por el clan, es la única persona que ha visto lo que nadie más quería ver.

Lleva veinte años vigilándote sin tener una sola prueba que los demás estén dispuestos a creer.

Domhnall no lo niega. Y no negarlo, en él, es confirmarlo.

—Eres lista —dice, y no suena a halago, suena a sentencia—.

Más que ella. Por eso te necesito. Verás, mujer de lejos: yo no quiero matarte.

Lo que quiero es lo que quise de Aldana.

Que leas. Que calcules. Que me digas qué noches abren el cielo.

—Da un paso más—. Porque yo no quiero que vuelvas a tu tiempo.

Quiero saber cuándo se abre el camino para no morirme sin haberlo cruzado yo una vez.

Llevo veinte años esperando a que caiga alguien capaz de leerme ese cuaderno. Y ha caído.

Lo miro, y calculo la dimensión real de lo que tengo delante.

Este hombre no vendió su valle. Ha hecho algo peor: matar por indirectas, mentir durante cuatro décadas y enterrar a la mujer que quiso —porque la quiso, eso también es verdad— con tal de no perder lo que ella sabía.

Y ahora me mira a mí igual que se mira la última oportunidad de la vida.

—Tienes un problema —digo, y cierro el cuaderno con un golpe seco, apretándolo contra el pecho—.

Dos, en realidad. El primero es que ya he leído la última página, así que ya sé exactamente qué clase de hombre eres, y eso no se desaprende.

Y el segundo —miro a Ruarí, que sigue con la espada a medio camino— es que esta vez no estás lejos.

Esta vez estás en la habitación. Y la mano que sueles soltar para hacer el trabajo sucio es la de tu propio hijo, y tu hijo te está mirando.

Domhnall vuelve la cabeza hacia Ruarí, despacio, y por un instante el monstruo desaparece y solo queda un padre haciéndole a un hijo una pregunta sin palabras: ¿de qué lado caes?

Y yo, con el cuaderno contra el pecho y la salida a la espalda, comprendo que toda la noche, todo el clan, toda mi posibilidad de volver a casa, dependen ahora mismo de hacia dónde baje, o suba, una espada que un hombre partido en dos sostiene a medio camino entre su padre y yo.

Ruarí mira a su padre. Me mira a mí. Mira el cuaderno.

Y mueve la espada.