Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DIECISIETE
47%

CAPÍTULO DIECISIETE

La casa grande a esta hora es un mapa de ronquidos.

Lo aprendo deprisa, porque vamos a tener que cruzarla entera sin despertar a ninguno, y Ruarí los conoce todos: este de aquí es el viejo Aonghas, que duerme como un fuelle roto; este otro, el del rincón, es un centinela que ronca a propósito para que lo crean dormido y que en realidad lo oye todo, así que a ese lo rodeamos.

Me lo va señalando con la mano mientras avanzamos pegados a la pared, y yo lo sigo descalza, con las zapatillas en la mano para no delatarme con la suela de gel, sintiéndome la ladrona más improbable de la historia de Escocia.

Porque eso es lo que somos esta noche: ladrones.

Vamos a robarle a Beathag el cuaderno de una mujer muerta hace veinte años, aprovechando que la única persona a la que espera en su cuarto soy yo, que no pienso aparecer.

Si me hubieran dicho hace una semana que iba a allanar la alcoba de una matriarca medieval en pijama y de madrugada, le habría preguntado a quien me lo dijera qué se había fumado.

Y sin embargo aquí estoy, encogida en una escalera de piedra, con el pulso desbocado y, para mi vergüenza, disfrutándolo, lo cual dice cosas preocupantes de mi vida anterior.

—El cofre estará en el cuarto de arriba —susurra Ruarí, cuando llegamos al pie de la escalera de Beathag—.

Pero ella no estará dentro. Si te ha citado antes del alba, te espera en otro sitio, en algún lugar discreto donde poder hablar sin que la casa os vea.

Su cuarto está vacío ahora mismo. Esa es la apuesta.

—¿Y si la apuesta es mala?

—Entonces nos pilla la mujer más peligrosa del valle robándole, e improvisamos. —Una pausa—. Se me da bien improvisar.

—A mí se me da bien hablar mucho cuando me pillan. Entre los dos lograremos una distracción completa.

Subimos. La escalera cruje en el cuarto peldaño, lo sé porque Ruarí lo salta sin avisar y yo lo piso entero, y los dos nos quedamos clavados un segundo eterno esperando que la casa reaccione.

No reacciona. Sigo, con el corazón en un sitio impropio, hasta la puerta del cuarto que esta mañana olía a hierbas y a cera buena.

Está entornada. Eso me gusta poco, porque la gente que guarda secretos no deja las puertas entornadas, pero Ruarí empuja despacio y dentro no hay nadie.

La apuesta era buena. El cofre sigue sobre la mesa, junto a la ventana por la que ya entra el primer gris de la madrugada, y verlo ahí, esperándome, me acelera todo otra vez.

—Vigila la escalera —le digo, y voy directa al cofre.

No tiene cerradura, solo un pasador, lo cual me dice que Beathag no teme a los ladrones porque nadie en esta casa se atrevería, lo que me convierte oficialmente en la persona con menos sentido de la autoconservación del clan.

Lo abro. El cuaderno está donde lo dejó, envuelto en su lino.

Lo saco, lo desenvuelvo con las manos firmes que se me ponen siempre que toco algo que importa, y lo abro por la última página, la del aviso, porque es la que necesito leer entera antes que nadie.

Y aquí, a la luz que crece, leo lo que esta mañana solo había podido espiar de reojo.

No son tres líneas. Es un párrafo entero, apretado, escrito con una letra cada vez más apresurada. Lo traduzco para mí, deprisa:

Si lees esto, has caído como caí yo, y vienes de donde vengo.

Escúchame. El viejo —Domhnall— sabe cómo se vuelve.

Lo supo siempre. Me mintió diciendo que no, para que me quedara, porque me necesitaba para leer y calcular lo que él no podía.

Cuando descubrí que me había robado mis propias noches de regreso, una tras otra, dejándolas pasar para retenerme, amenacé con contarlo.

Para cuando leas esto, estaré muerta. Y sé de qué mano.

No de la suya. Él es demasiado listo para mancharse.

De la mano que él suelte. Quien venga detrás: no calcules para él.

Calcula para ti. Y vete la primera noche que puedas, aunque no estés segura, aunque te duela dejar lo que hayas empezado a querer aquí.

Yo esperé a estar segura. Esperé tres semanas de más.

Me quedo mirando el papel.

Porque lo entiendo todo de golpe, y es peor de lo que imaginaba.

Domhnall no me ofreció ayudarme a volver.

Domhnall me ofreció exactamente lo que le ofreció a Aldana: la promesa de la vuelta, a cambio de mis ojos, sabiendo desde el principio que iba a ir dejando pasar mis noches una a una, reteniéndome con la esperanza, hasta sacarme todo lo que necesita.

La amabilidad del fuego, la confidencia dolida, el «¿de cuándo eres?

» que me desarmó. Todo cálculo. Soy su segunda traductora.

Y la primera está enterrada en la ladera por haberse dado cuenta.

—Ruarí —digo, sin levantar la voz, sin apartar los ojos del papel—. Tenemos que irnos. Ahora. Y tengo que calcular mi noche de regreso yo sola, en secreto, antes de que tu padre se entere de que sé leer esto, porque el día que lo sepa…

—El día que lo sepa, ¿qué?

La voz no es la de Ruarí.

Viene de la puerta, a mi espalda, tranquila, sin sorpresa, la voz de alguien que llevaba ahí más tiempo del que ninguno de los dos ha querido contar. Me vuelvo despacio, con el cuaderno de Aldana abierto en las manos, atrapada en el acto exacto que vine a cometer.

En el umbral no está Beathag.

Está Domhnall. De pie, sin manta, sin temblor en la mano, sin nada del anciano frágil que conocí junto al fuego.

Y detrás de él, con la cara descompuesta y una espada que no sé si es para mí o para su padre, está Ruarí, que no ha avisado de nada porque no lo ha visto llegar, porque a Domhnall, ahora lo sé, no se le oye llegar nunca.

—Vaya —dice el viejo, y sonríe, y reconozco la sonrisa, porque es la misma que vi en el borde de la luz del establo la noche que murió Cormac—. Justo lo que me temía que leyeses.