Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

No voy a ir sola al cuarto del cofre. Eso lo tengo claro antes de que la niña termine la frase.

Lo tengo claro porque he visto demasiadas películas en las que la protagonista, advertida de un peligro, acude igualmente sola y a oscuras al sitio exacto donde le han dicho que la matarán, y siempre me ha parecido que esas mujeres se merecían un poco lo que les pasaba.

No pienso engrosar la lista. Si Beathag quiere verme antes del alba, Beathag puede esperar a que haya luz, testigos y, a ser posible, un desayuno de por medio, porque sigo sin haber comido nada decente desde el siglo veintiuno.

—No vas a ir —dice Ruarí, y no es una pregunta, es una orden, y normalmente las órdenes me sientan fatal, pero esta coincide tanto con mi propio criterio que la dejo pasar.

—No voy a ir esta noche, a oscuras y sola, que es justo como me han invitado.

—Me envuelvo mejor en la piel—. Iré mañana.

De día. Contigo en la puerta, o con tu padre, o con media casa delante si hace falta.

Si lo que tiene que decirme es verdad, aguantará a la luz.

Y si solo aguanta en la oscuridad, es que era mentira.

La niña nos mira a los dos, calculando si la noticia de que la forastera no obedece le va a costar algo al volver.

Le pongo en la mano el único objeto de valor que tengo, que es mi anillo de plata, el que me partió el meñique en 2019, y le digo que se lo quede y que diga que no me encontró.

Ella lo aprieta en el puño, asiente, y se escurre por la puerta hacia la noche con la velocidad de quien lleva toda la vida desapareciendo a tiempo.

Y entonces nos quedamos Ruarí y yo solos otra vez, con el aviso flotando en el aire y la cama deshecha detrás, y la frase de la niña sin digerir: no te fíes del laird ni de su hijo.

—Sé lo que estás pensando —dice él.

—Lo dudo. Pienso muchas cosas a la vez, es agotador.

—Piensas que el aviso me incluye a mí. —Se sienta en el borde de la cama, a una distancia prudente, como si supiera que acercarse ahora sería jugar sucio—.

Y tienes razón en pensarlo. No te voy a decir que confíes en mí porque te lo pida.

Eso no vale nada. Te lo enseñó un hombre de tu tierra mejor que nadie.

Es la segunda vez que usa lo de Marcos, y debería molestarme que tenga esa arma, pero la usa para darme la razón, no para desarmarme, y eso es exactamente lo contrario de lo que haría alguien que quiere engañarme.

O eso, o es mucho mejor que Marcos, lo cual es un pensamiento que prefiero no terminar a estas horas.

—Hay una cosa que sí puedo hacer —continúa—.

Puedo darte con qué comprobarme. Pregúntame lo que quieras de esta casa, de mi padre, de Aldana, de lo que pasó hace veinte años.

Lo que yo sepa, te lo digo. Y luego lo contrastas con lo que saques del cuaderno y de Beathag.

Si miento, lo verás, porque se te da mejor que a nadie descubrir lo falso.

Ponme a prueba como pondrías a prueba un sello.

Y eso, viniendo de él, es lo más parecido a una rendición que sabe ofrecer: no me pide fe, me pide examen. Me ofrece ser un documento que yo puedo autenticar. Es la única moneda que reconozco.

—De acuerdo —digo—. Empecemos por lo fácil. ¿Qué te contó tu padre que le pasó a Aldana?

—Que enfermó. —Lo dice sin titubear—. Que cayó enferma un invierno y que se la llevó la fiebre, y que la enterró en la ladera porque era donde la había encontrado. Esa es la versión con la que crecí.

—Tu tía me ha dicho hoy que hay dos versiones, y que las dos no pueden ser ciertas. Tu padre, en cambio, me contó él mismo, junto al fuego, que a Aldana la mataron. Que le tendieron una trampa una noche que él estaba lejos, que la acusaron de embrujarlo y que cuando volvió ya estaba hecho.

Ruarí se queda muy quieto. Y veo cómo encaja, delante de mí, algo que no encajaba.

—A mí me dijo que enfermó —repite, despacio—. A ti, recién llegada, una desconocida, te dijo que la asesinaron. —Levanta la vista—. ¿Por qué le contaría a una extraña una verdad que me ocultó a mí toda la vida?

—Esa —digo— es exactamente la pregunta correcta.

Y se me ocurren dos respuestas, y ninguna me gusta.

Una: que confió en mí porque soy como ella, porque caí igual, porque pensó que yo lo entendería como no podía entenderlo nadie de su sangre.

Y dos: que me contó la versión que le convenía que yo creyera.

Que sabía que yo iba a oír «asesinada» de boca de Beathag o del cuaderno tarde o temprano, y prefirió dármela él primero, vestida de confidencia dolida, para que cuando llegara la advertencia sobre él yo ya tuviera grabado en la cabeza que el pobre Domhnall fue la víctima.

El fuego chasquea. Fuera, la noche empieza muy despacio a perder el negro absoluto.

—Mi padre te ofreció ayudarte a volver a tu tiempo —dice Ruarí, en voz baja—. Te ofreció techo, protección y los cálculos del cielo. ¿Y si lo que de verdad quiere no es que vuelvas, sino tenerte cerca, leyéndole el cuaderno de Aldana, hasta sacarle lo que él lleva veinte años sin poder leer?

Y ahí me cae encima, fría y limpia, la posibilidad que llevaba toda la noche rondándome sin atreverme a mirarla: que el hombre amable del fuego no me ofreció la vuelta a casa por bondad, sino porque soy la única herramienta que existe para terminar lo que Aldana dejó a medias.

Que no soy su invitada. Soy su traductora. Igual que lo fui de Marcos.

—Ruarí —digo, y la voz me sale más firme de lo que estoy—.

Necesito ese cuaderno. No prestado, no vigilada por Beathag un rato.

Necesito leerlo entero, a solas, antes de que nadie de esta casa sepa lo que pone.

Porque ahora mismo todos quieren lo mismo de mí —tu tía, tu padre, el de la hebilla—, todos quieren que lea algo y se lo cuente.

Y la única forma de no ser la herramienta de ninguno es ser la primera en saber qué dice de verdad.

Él asiente despacio. Y entonces dice algo que me asusta y me reconforta al mismo tiempo, porque es la primera decisión de la noche que no beneficia ni a su padre ni a su tía, solo a la verdad:

—Entonces lo robamos. Esta misma noche, antes del alba, mientras todos creen que tú estás de camino al cuarto del cofre obedeciendo a Beathag.

—Se levanta y empieza a vestirse con esa rapidez letal que le vi al despertar—.

Es el único momento en que nadie va a estar vigilando el cofre, porque la única persona a la que esperan en él eres tú.

Me quedo mirándolo, con la piel todavía encima y el plan formándose entre los dos, y caigo en la cuenta de que acabo de pasar, en una sola noche, de no fiarme de nadie en esta casa a estar a punto de robarle a la mujer más peligrosa del valle con el hombre del que me advirtieron que no me fiara.

—Para que conste —digo, buscando mi ropa entre las pieles—, este es, oficialmente, el peor plan en el que me he metido voluntariamente. Y mira que la competencia era dura.

—Lo sé. —Me lanza el manto—. Por eso va a funcionar. Nadie espera el peor plan.