CAPÍTULO QUINCE
Lo que encuentra mi mano en la oscuridad es una bota de Ruarí. Una bota. Mi vida entera depende ahora mismo de una bota de cuero de un highlander dormido, y si tuviera tiempo me reiría de lo poco que ha mejorado mi situación táctica desde que caí del cielo.
No tengo tiempo. El cerrojo termina de ceder.
Le aprieto el brazo a Ruarí, fuerte, y le tapo la boca con la otra mano para que no se despierte haciendo ruido.
No lo hace. Abre los ojos, me lee la cara a la luz de la brasa, nota mi mano sobre su boca, y en menos de un segundo está despierto del todo y callado, con una mano ya buscando el cuchillo que dejó a un lado de la cama.
Me gusta, en el peor momento posible, lo deprisa que pasa de dormido a letal.
Lo guardo para más tarde, si hay más tarde.
La puerta se abre una rendija. Entra primero el frío, después una franja de luz de luna, y por último una figura, sola, encapuchada, que se cuela dentro y vuelve a cerrar con un cuidado que no es de quien viene a matar a gritos, sino de quien viene a hacer algo callado y a marcharse antes de que nadie lo sepa.
Ruarí se mueve. Es rápido, pero la habitación es pequeña y la figura está cerca, y lo que pasa después pasa en tres segundos mal contados: un forcejeo, el cuchillo de Ruarí en una garganta que no es la suya, la capucha cayendo hacia atrás.
Y debajo de la capucha no hay un asesino.
Hay una niña.
Doce años, trece como mucho. Flaca, sucia, con los ojos muy abiertos fijos en el filo que Ruarí le ha puesto en el cuello y que retira en cuanto entiende lo que tiene delante, soltando una maldición en gaélico que el cerebro me traduce como algo que no pienso repetir.
—¿Quién eres? —La sujeta del brazo, no con violencia, pero sin soltarla—. ¿Quién te manda?
La niña no contesta. Me mira a mí, no a él, y eso ya me dice que ha venido por mí, lo cual no mejora las cosas, porque las únicas que mandan niñas a hacer trabajos sucios de noche son las personas que saben que a una niña nadie en su sano juicio le hace daño.
—Déjala —digo, y me siento en la cama envolviéndome en la primera piel que pillo, recuperando un mínimo de dignidad que la situación no facilita—. Mírale las manos. No trae arma. Trae eso.
Porque la niña aprieta algo contra el pecho con la mano libre. Un trozo de tela doblado. Ruarí se lo quita con cuidado, lo abre y me lo pasa sin entenderlo, porque está escrito y él lee números mejor que letras.
Es un retal de lino, y en él, con una letra apresurada hecha con carbón, hay tres palabras en latín. Las leo. Las leo otra vez. Y se me seca la boca.
Fuge. Senex mentitur. Huye. El viejo miente.
—¿Quién te ha dado esto? —le pregunto a la niña, despacio, en el tono que se usa con un animal asustado—. No te va a pasar nada. Solo dime quién.
La niña duda. Mira la puerta, mira a Ruarí, mira el cuchillo que ya no está en su cuello, y al final, en un susurro que apenas llega, suelta lo único que ha venido a decir.
—La señora del cofre. —Le sale finísimo—.
Dice que la forastera está en peligro. Que el viejo no es lo que dice.
Que no se fíe del laird ni de su hijo. —Sus ojos saltan un instante a Ruarí y vuelven a mí, aterrados de haberlo dicho con él delante—.
Y que si quiere vivir para volver a su cielo, que vaya esta noche al cuarto del cofre. Sola. Antes del alba.
Releo el retal como si fuera a cambiar.
Porque ahora tengo dos avisos sobre Domhnall.
El de Aldana, muerta hace veinte años, escrito en la última página de un cuaderno.
Y este, de Beathag, escrito esta noche en un trozo de lino.
Dos mujeres, separadas por veinte años, advirtiéndome de lo mismo: que el viejo miente.
Que el hombre que me trató como a una persona, que me ofreció la vuelta a casa, que entendió lo que soy mejor que nadie en este siglo, no es lo que parece.
Y a la vez tengo a Beathag, la mujer cuya inicial saqué de debajo del pulgar de un asesino, mandándome esos avisos.
La sospechosa número uno, de pronto convertida en la única que me avisa del peligro.
O Beathag es inocente y lleva desde el principio jugando en mi bando sin que yo lo viera, o es la mejor mentirosa que he conocido y este lino es el cebo más fino de todos.
Levanto la vista hacia Ruarí. Y por primera vez desde que caí en esta ladera, lo miro con la pregunta que llevaba toda la noche sin querer hacerme para pensar: la niña ha dicho que no me fíe del laird ni de su hijo.
Él me sostiene la mirada. Me ve dudar, porque sabe leerme la cara igual que yo le leo a él la suya. Y no se defiende. No me jura que él es distinto. Deja el cuchillo en la cama, despacio, lejos de su mano, abre las palmas y dice, en voz baja:
—Sé lo que te costó bajar la guardia conmigo anoche, después de lo del hombre de tu tiempo.
Y no te voy a pedir que me creas a mí. Solo te pido una cosa.
—Señala el lino con la barbilla—. Si vas a ese cuarto, no vayas sola.
Aunque sea de mí de quien tengas que protegerte.
Llévame, y desármame si quieres. Pero no entres sola en la guarida de la única persona que tiene tu cuaderno y un motivo para quererte muerta.
Y ahí está mi problema entero, resumido en un pabellón que huele a humo y a nosotros: que lo más sensato es no fiarme de él, y que cada célula de mi cuerpo, después de esta noche, quiere hacer exactamente lo contrario.
La niña, olvidada en el rincón, rompe el momento con la frase más práctica que se ha dicho en esta habitación en toda la noche.
—El alba es en una hora —dice—. Y la señora no espera.