Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

El hombre de la hebilla quiere oro.

Y el oro es un idioma que entiendo y un problema que se resuelve.

Lo que me asusta es la otra mitad de lo que pide, que no es oro, sino tiempo: quiere que le diga lo que averigüe del cuaderno de Beathag antes de decírselo a ella.

Quiere un soplo. Y un hombre que sirve a Beathag y a la vez la traiciona por monedas es un hombre que sirve a alguien más, y ese alguien más es la persona que de verdad mueve todo esto.

—No tengo oro —le digo, que es cierto—. Caí del cielo en pijama. Pero tengo algo mejor para ti: la capacidad de leer cosas que nadie más en este valle sabe leer. Tú cállate lo que has visto, y yo te diré, cuando lo tenga, algo que valga diez veces más que lo que ibas a sacarme. Trato.

No es trato. Es ganar tiempo. Pero él no lo sabe, y asiente, y se va, y yo me quedo en el pasillo con una cosa más que puede matarme y con una certeza nueva, fría y útil: el hombre de la hebilla acaba de confirmarme, sin querer, que hay una mano por encima de Beathag.

La marca de Tormod en su cinto no era para incriminar a Tormod.

Era de alguien que reparte cuchillos marcados igual que se reparten favores.

Lo guardo. Es la primera pieza de verdad que consigo yo sola.

El día se me hace eterno y a la vez se me va volando.

Y la noche llega.

No vienen a buscarme con antorchas ni con recados de criada asustada.

Viene él, tarde, cuando la casa duerme, y me lleva sin una palabra por un pasadizo que no conocía hasta una construcción apartada del recinto, lejos del barro y del humo, una especie de pabellón de caza con una chimenea encendida, pieles en el suelo y una cama de verdad, ancha, con dosel, la primera cosa de este siglo que no me da ganas de huir.

—Es de mi padre —dice, viendo cómo lo miro todo—. Para cuando recibe a quien no quiere recibir en la casa grande. Nadie viene aquí sin permiso.

—¿Y tú tienes permiso?

—No. —Cierra la puerta y echa el cerrojo, y la media sonrisa que se le escapa es la primera cosa francamente peligrosa que le veo hacer en toda la noche—. Pero soy el heredero. Hay cosas que se piden y cosas que se toman.

Y ahí, en ese «hay cosas que se toman», reconozco al hombre de debajo: el que sabe exactamente lo que quiere y no se disculpa por quererlo, el salvaje que el siglo educó por fuera y dejó intacto por dentro.

Debería decir algo ingenioso. Llevo desde que caí diciendo cosas ingeniosas.

Pero él cruza la habitación, me coge de la nuca con una mano y de la cintura con la otra, y me besa de una manera que me borra el repertorio entero.

Hay una clase de deseo que no deja sitio para el ingenio. Solo deja ganas.

—No sabes lo que me haces cuando me miras así —dice contra mi boca.

—Ni tú cuando me miras a mí. —Le tiro del jubón hacia arriba—. Quítate esto. Si voy a cometer el error de mi vida, lo voy a cometer entero.

Se ríe, bajo, y obedece, y cuando la luz del fuego le cae encima dejo de tener opiniones sobre nada.

Porque una cosa es saber que un hombre está bien hecho, y otra muy distinta tenerlo delante a media luz, con cada año de espada y de monte escrito en el cuerpo, mirándote como si fueras lo único que ha querido tomar en mucho tiempo.

Alargo la mano y lo toco, porque soy de tocar las cosas para creérmelas, y lo que toco es real, y mío esta noche, y eso me basta.

Lo que viene después no es delicado, y me alegro, porque delicado es lo último que quiero.

Me desnuda con la misma falta de paciencia con que me empujó contra la pila de leña, con manos que no titubean y que arrancan lo que estorba, y yo le devuelvo cada gesto con la misma urgencia, porque llevo conteniendo esto desde la ladera y se me han acabado las razones para seguir.

Me levanta como si no pesara, me lleva a la cama, y el peso de él encima, por fin, sin un cuchillo de por medio ni una puerta que vigilar, me arranca un sonido que no reconozco como mío.

Es salvaje, sí, como pedía su siglo y como pedía yo sin atreverme a decirlo.

Hay un punto en que me sujeta las muñecas contra las pieles, en que decide el ritmo y no me pregunta si me parece bien, y resulta que me parece más que bien, que hay una libertad rara en dejar de mandar por una vez, en dejar que alguien que sabe lo que hace lo haga sin consultarme.

Pero no es solo fuerza. Cada vez que cree que me ha llevado demasiado lejos, afloja, busca mi cara, comprueba; y cada vez que ve que quiero más, deja de ser cuidadoso otra vez. Es esa alternancia la que me deshace.

Y por un rato largo no soy una restauradora arruinada que cayó en el siglo equivocado.

No pienso en el cielo, ni en Aldana, ni en Beathag, ni en el cuaderno, ni en nada de lo que llevo diez meses pensando.

Solo soy un cuerpo que quiere y al que quieren, en una cama caliente, con un hombre que me hace olvidar hasta mi nombre y me lo devuelve después, diciéndolo contra mi piel como si fuera lo único que sabe decir.

Cuando por fin nos quedamos quietos, enredados, con el fuego bajando y el pulso volviendo a un sitio razonable, me doy cuenta de que estoy sonriendo en la oscuridad como una tonta, y de que hace muchísimo que no sonrío así, sin segundas, sin cálculo, sin esperar el siguiente golpe.

—Esto no cambia el plan —digo, porque alguien tiene que decirlo y porque si no lo digo yo me lo voy a creer.

—Ya lo sé. —Me aparta el pelo de la cara con una delicadeza que no le pega, y que por eso mismo me puede—. Pero esta noche el plan puede esperar. El plan no se va a enfriar por una noche. Yo sí.

Y es ahí, con la mejilla sobre él y los ojos medio cerrados, cuando se lo cuento.

Lo de Marcos. El orfanato, los quince años, la traición, el nombre falsificado, la huida.

Se lo cuento entero, despacio, sin abrazarme las rodillas esta vez, porque resulta que es mucho más fácil contar las cosas que duelen cuando no tienes que mirar a quien las escucha y cuando ese alguien te sostiene mientras las dices.

Él escucha sin interrumpir. Y cuando termino, no me ofrece consuelo barato. Solo dice, muy bajo:

—Ese hombre te enseñó que confiar se paga con la ruina. —Me besa la coronilla—. Yo voy a pasarme el tiempo que te quede aquí demostrándote que se equivocó. Y cuando te vayas, al menos te llevarás eso.

No contesto. Me quedo mirando las vigas, haciendo la cuenta que llevo toda la noche esquivando: estoy en este siglo desde hace poco más de un día y acabo de acostarme con un hombre al que conocí mientras cuatro espadas me apuntaban.

Tardé tres años en darle a Marcos una llave de mi piso.

A este le he dado todo lo demás antes de la segunda cena.

Si Patricia me viera, diría que me he vuelto loca, y lo diría con razón, porque esto, medido con la vara de mi siglo, es de locos.

Lo que pasa es que mi siglo queda muy lejos, y este tiene otra vara.

Aquí la gente se muere un martes cualquiera, sin previo aviso y sin que nadie pueda hacer nada.

Cuando la muerte es tan concreta y está tan cerca, esperar al momento oportuno para acostarte con alguien que te gusta es una idea de gente que vive en sitios seguros. Y yo, esta noche, no vivo en uno.

Es una excusa, lo sé. Pero está bien construida, con su núcleo de verdad y sus bordes limpios, y lo mío es justamente saber cuándo algo falso está bien hecho. Esta lo está. Así que me la autentico a mí misma, le pongo el sello y dejo de pensar.

Me quedo dormida así, en el sitio más peligroso del mundo y con la guardia más baja que he tenido nunca. Lo cual, naturalmente, es exactamente cuando todo se tuerce.

Porque me despierta, todavía de noche, un ruido que no encaja.

No es Ruarí, que duerme pesado a mi lado por una vez.

No es el fuego. Es la puerta del pabellón, la que él cerró con cerrojo, y el sonido es el de ese cerrojo cediendo despacio desde fuera, manejado por alguien que sabe lo que hace y que no quiere despertarnos todavía.

Alguien sabe que estamos aquí. Alguien ha venido al único sitio del recinto donde nadie debía encontrarnos.

Y mi mano, en la oscuridad, ya está buscando algo que sirva de arma mientras pienso, con una claridad desagradable, que el hombre de la hebilla no era el único que nos vio salir de aquel almacén de leña.