Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

No le digo a Beathag lo que pone en la última página.

Lo decido en el mismo instante en que lo leo, igual que decidí callarme la sonrisa del establo, porque enseñar lo que sabes antes de tiempo sigue siendo la forma más rápida de que te lo quiten, y porque no tengo ni idea de en qué bando juega esta mujer.

Si Beathag es la asesina, decirle que Aldana dejó una advertencia sobre Domhnall me convierte en alguien que sabe demasiado.

Y si no lo es, decírselo es entregarle un arma contra su propio hermano que no sé si pienso ponerle en la mano.

Así que cierro el cuaderno con el cuidado que merece, miro a la cara a la mujer más peligrosa del valle y miento con la naturalidad que me ha costado diez meses y una vida entera aprender.

—Son cálculos —digo—. De estrellas. Una mujer que intentaba averiguar algo del cielo y no terminó. Pero está incompleto, y para saber si sirve necesitaría tiempo, luz y este cuaderno en mis manos más de un rato.

Beathag me observa, y por una vez no consigo leerle nada, lo cual me dice que ella tampoco me ha leído a mí, y que en esta partida vamos empatadas a secretos.

—El cuaderno no sale de este cuarto —dice—.

Pero puedes volver a mirarlo. Cuando yo te llame.

—Lo envuelve de nuevo en el lino, despacio, y lo guarda en el cofre—.

Y, forastera: lo que mi hermano te haya contado de esa mujer, guárdatelo.

Domhnall tiene una versión. Yo tengo otra.

Las dos no pueden ser ciertas. —Cierra el cofre—.

Algún día te diré la mía. Hoy no. Hoy solo quería saber si el cuaderno valía algo. Ya sé que sí. Puedes irte.

Salgo de su cuarto con las piernas flojas y la cabeza a punto de reventar, y bajo la escalera agarrándome al muro, porque acabo de descubrir que en esta casa no hay una verdad y una mentira, sino dos versiones de una mujer muerta, y que la advertencia que ella dejó al morir apunta al único hombre que me trataba como a una persona.

Ruarí me espera al pie de la escalera. No disimula. En cuanto me ve la cara, deja de fingir que pasaba por allí por casualidad, me coge del brazo, me mete en el primer hueco vacío que encuentra, que resulta ser un almacén de leña pequeño y oscuro, y cierra la puerta tras de sí.

—¿Qué te ha hecho? —pregunta, y hay en su voz algo que no le había oído, una alarma que no se molesta en esconder—. ¿Qué quería?

—No me ha hecho nada. —Me apoyo en la pila de leña, porque las piernas siguen sin colaborar—.

Me ha enseñado algo. Y ese algo lo cambia todo, y no sé por dónde empezar, y llevo treinta horas sin dormir ni comer como Dios manda, así que dame un segundo antes de hablar o me vas a tener que recoger del suelo.

No me da el segundo. Hace algo mejor y peor a la vez: me pone una mano en la nuca, me acerca a él y me deja apoyar la frente contra su hombro. No dice nada ni me pide nada. Solo sostiene.

Y yo, que llevo diez meses sin dejar que nadie me sostenga nada, porque la última vez que confié en alguien me destrozó la vida, me dejo.

Es un error y lo sé mientras lo cometo: apoyarse un instante da ganas de apoyarse siempre, y «siempre» es justo lo que no tengo con un hombre de un siglo del que pienso marcharme.

—Aldana dejó un cuaderno —digo, contra su pecho, porque es más fácil decirlo sin mirarlo—.

La mujer de la que me habló tu padre. Beathag lo tiene.

Y dentro están los cálculos para volver a mi tiempo, Ruarí.

El cielo, las estrellas, las cuentas. Está incompleto, pero está. Lo he tenido en las manos. Existe.

Se queda muy quieto contra mí. No dice nada durante un momento. Y cuando habla, la voz le sale rasposa y no se molesta en corregirla.

—Entonces era cierto. Te vas.

—Te lo avisé desde el principio.

—Avisar no es lo mismo que tener la prueba en la mano. —Me aparta lo justo para mirarme, y por una vez deja la expresión como es, sin recomponerla—. Anoche era una idea. Hoy es un cuaderno en el cofre de mi tía.

Tiene razón. Es distinto. Y los dos lo sabemos, otra vez demasiado cerca en un almacén minúsculo, rodeados de olor a leña, a tierra y a él, que sigue empeñado en no oler mal pese a todos los esfuerzos de su siglo.

—Hay algo más —digo, porque tengo que decírselo, porque es lo único honesto que puedo darle si voy a quitarle todo lo demás—. En la última página. Una advertencia que Aldana escribió antes de morir. Sobre alguien de esta casa. Empieza con el nombre de tu padre.

Y entonces Ruarí hace algo que no esperaba. No se enfada. No defiende a Domhnall.

Se queda inmóvil, y comprendo que acabo de rozar una herida que ya estaba ahí mucho antes de que yo cayera del cielo.

—Mi padre —dice despacio— me ha mentido toda la vida sobre esa mujer. Era un crío cuando murió, pero recuerdo aquel año. Recuerdo que pasó algo en esta casa, algo de lo que nadie volvió a hablar. Y recuerdo que mi padre y mi tía dejaron de mirarse igual después de aquello.

Levanta los ojos hacia mí.

—Si esa mujer dejó una advertencia sobre él, no me sorprende. Me asusta. Pero no me sorprende.

Y entonces, porque los dos llevamos horas cargando cosas que pesan demasiado, porque acabo de decirle que me voy y que nada en esta casa es lo que parece, lo beso yo esta vez.

No es como el de anoche. El de anoche fue sorpresa, hambre. Este es una decisión. Lo beso sabiendo lo que hago. Sabiendo que me voy. Sabiendo que va a doler. Y lo beso precisamente por eso: si voy a perderlo, prefiero perderlo después de haberlo tenido.

Él lo entiende sin que diga una palabra. Y deja de ser cuidadoso.

Me alza contra la pila de leña con esa falta de delicadeza tan suya, tan de su siglo, y yo le rodeo el cuello y dejo de pensar, que es lo único que llevo queriendo hacer desde que caí.

Sus manos saben lo que quieren. Y descubro que yo tampoco necesito que nadie me lo diga.

—Aquí no —dice contra mi boca, con la voz ronca, y por un segundo creo que se arrepiente—. Así no. No en un almacén de leña con media casa despierta.

Me sujeta la cara entre las manos, y lo que dice después me desarma.

—Si te vas a ir, mujer, al menos déjame hacerlo bien una vez. Esta noche. En un sitio que no apeste. Sin prisa.

Y resulta que no tengo ninguna respuesta ingeniosa para eso. Me quedo sin palabras y asiento como una cría. Y me odio un poco por las ganas con las que asiento.

Salgo del almacén con el pelo hecho un desastre, las piernas menos firmes de lo que estaban al entrar y una cita con un highlander para esta noche, lo cual, desde luego, no estaba entre mis planes de la semana pasada.

Estoy recolocándome el manto en el pasillo, intentando poner cara de mujer respetable que no acaba de hacer exactamente lo que acaba de hacer, cuando una sombra se separa de la pared del fondo.

Donde no debería haber nadie.

Es uno de los hombres de Beathag. El de la hebilla.

El de la marca de Tormod. Y me está mirando con la media sonrisa de quien lleva un rato ahí, de quien ha visto entrar a Ruarí conmigo en ese almacén y salir después, y de quien sabe perfectamente lo que valen, en una casa como esta, los secretos de la forastera a la que todos quieren muerta.

—La señora va a querer saber esto —dice, sin moverse de la sombra—. ¿O preferís que me lo calle? Porque las cosas que me callo, forastera, siempre tienen un precio.