CAPÍTULO DOCE
El cuarto de Beathag está en lo alto de la casa, y es el único sitio del valle que no apesta.
Huele a hierbas secas colgadas del techo, a cera buena, a algo limpio que no consigo identificar y que me reconcilia un poco con el siglo.
Ella está sentada junto a una mesa con buena luz, una ventana orientada para aprovechar la mañana, y sobre la mesa hay un cofre abierto.
—Cierra la puerta —dice, sin levantar la vista—. Y siéntate. No te voy a morder, que esa frase es de mi hermano y la usa demasiado.
Me siento. El corazón me va deprisa, porque estoy a solas con la mujer cuya inicial saqué anoche de debajo del pulgar de un asesino, y porque sigo sin saber si lo sabe.
—Dicen que sabes mirar lo verdadero y lo falso —empieza—.
Que de un pergamino y un sello de cera le sacaste a mi sobrino más verdad que todos sus consejeros.
—Por fin me mira, y su mirada no ha perdido frío durante la noche—.
Bien. Porque tengo algo que llevo veinte años sin saber si es verdadero o falso, y se me acaba el tiempo para averiguarlo.
Saca del cofre un objeto envuelto en lino. Lo desenvuelve despacio. Y lo que aparece sobre la mesa me deja sin la respuesta ingeniosa que tenía preparada, porque es algo que no debería existir en este siglo, y lo reconozco al primer vistazo.
Es un cuaderno. Pequeño, de tapas gastadas, con un cierre de metal que ya no cierra. El papel —papel, no pergamino— está amarillo y quebradizo. Y en la cubierta, descolorida pero legible, hay una palabra impresa con una tipografía que tardará siglos en inventarse.
—Era de la otra —dice Beathag, observándome—. La que cayó en la ladera hace veinte años. La que mi hermano enterró y de la que cree que nadie más sabe nada. —Inclina la cabeza—. Por tu cara, deduzco que tú sí sabes lo que es. Mejor. Así nos ahorramos la parte en que finges.
No finjo. No puedo. Tengo delante el cuaderno de Aldana, la mujer de la que Domhnall me habló entre el fuego y los perros, y alargo la mano hacia él con más respeto del que le he tenido nunca a ninguna pieza de museo.
—¿Puedo? —pregunto.
—Para eso te he llamado.
Lo abro con el cuidado que le debo a un documento llegado siglos antes de su tiempo.
La letra es apretada, moderna, escrita con algo que dejó tinta uniforme, un bolígrafo quizá.
Y entiendo cada palabra, porque está en castellano, un castellano de hace décadas, pero castellano al fin, y eso me confirma de golpe algo que no me había atrevido a pensar: que Aldana, como yo, venía de un sitio donde se hablaba mi idioma.
Páginas de observaciones. Fechas. Y entonces, hacia la mitad, columnas de números, ángulos, nombres de estrellas, dibujos de la posición de la luna noche tras noche. El estómago se me sube y se me baja a la vez, porque sé exactamente qué estoy mirando.
—Estaba calculando —digo, casi para mí—. La noche del regreso. Llevaba la cuenta del cielo.
—Eso pensaba yo —dice Beathag—. Pero yo no sé leer estrellas, ni números, ni esta letra de loca.
Llevo veinte años guardando esto sin saber si son las divagaciones de una mujer trastornada o algo que valga la pena.
—Se inclina sobre la mesa—. Y de pronto cae otra, igual que ella, la misma semana en que la sangre de mi hermano se vuelve contra él.
Así que dime, forastera. ¿Esto es verdadero, o es el delirio de una pobre desgraciada?
Levanto la vista del cuaderno. Y aquí, por fin, hago lo que llevo toda la mañana sin atreverme: la miro de verdad, ya no como a una sospechosa, sino como al problema que es, que es distinto y más complicado.
Porque una mujer que orquesta un asesinato y una falsificación no me entrega en bandeja el único mapa que puede devolverme a casa.
O Beathag no es la asesina, o es mucho más lista de lo que ya me parecía y esto es otra trampa con un cebo demasiado perfecto.
Y mientras lo pienso, mi ojo cae sobre la última página escrita del cuaderno, la que Aldana no llegó a continuar, y la mañana se tuerce otra vez. Porque al pie, con letra más apretada, más rápida, hay tres líneas que no son de astronomía. Son un aviso. Y empiezan con un nombre.
—Beathag —digo, sin levantar los ojos del papel, midiendo cada palabra como si pisara hielo—. ¿Sabes qué pone en esta última página?
—Ya te he dicho que no sé leer esa letra. ¿Por qué?
Porque lo que pone en esta última página, escrito por una mujer asesinada hace veinte años, es una advertencia sobre alguien de esta casa. Y el nombre con el que empieza no es Beathag.
Es el de Domhnall.