CAPÍTULO ONCE
Ruarí tarda en hablar. Cuando lo hace, no mira la tablilla, me mira a mí, y se le ha quedado la misma cara que se le quedó hace unas horas al leer una carta sobre su padre.
—Es mi tía —dice—. La hermana de mi padre. La mujer que me crió cuando mi madre murió, que me enseñó a leer los números que tú lees en latín, que ha mantenido este clan en pie cada vez que un hombre de mi sangre se ha empeñado en hundirlo. Y me estás diciendo que mató a Cormac.
—Te estoy diciendo lo que pone en la cera.
—Dejo la tablilla con cuidado, porque es lo único parecido a una prueba que tenemos y porque me da algo que hacer con las manos—.
No es lo mismo. Y antes de que decidas nada, escúchame, porque sé de lo que hablo.
El cuchillo de Tormod estaba puesto para que lo encontráramos.
La inicial de la tablilla, en cambio, estaba borrada.
Alguien intentó que no la viéramos. Y la gente solo se molesta en esconder lo que es verdad.
Las mentiras se dejan a la vista, bien grandes, para que tropieces con ellas.
—Lo miro—. Esto no nos lo han regalado. Esto lo he robado de debajo de un pulgar.
Y eso lo hace mucho más fiable que tu capitán y su cinto tan oportuno.
Lo asume despacio. No discute. Es uno de los pocos hombres que he conocido capaz de recibir una verdad que detesta sin echarle la culpa al que se la trae, y lo apunto en su favor.
—Si es ella —dice al fin, en voz baja—, no podemos tocarla. No tenemos hombres suficientes. La mitad del clan le debe algo. Y mi padre… mi padre no va a creer que su hermana intente matarlo. Antes me creería traidor a mí.
—Entonces no la tocamos todavía. La vigilamos.
Y conseguimos algo que ni tu padre pueda negar.
—Suspiro—. Lo cual significa que tú y yo vamos a tener que fingir delante de toda esta casa que no sospechamos nada, mientras una de las personas más peligrosas que he visto en mi vida nos observa desde la derecha del laird.
Subimos a la cámara antes de que el cielo empiece a aclararse, porque que nos encuentren saliendo juntos del cuarto de un muerto a estas horas no ayudaría a la teoría de que aquí no pasa nada.
Ruarí atranca la puerta otra vez. Yo me siento en el jergón, y entre los dos vuelve a colarse lo que ha ocurrido en la repisa de abajo.
—Lo que pasó antes entre nosotros, no puede volver a pasar —digo.
—Va a volver a pasar. —Lo suelta sin perder el tiempo discutiendo lo evidente—. La única duda es cuándo.
—No puede pasar, porque tengo un plan. —Me abrazo las rodillas, que es la postura que adopto cuando me toca decir algo que preferiría callarme—. Necesito calcular la noche del cielo para volver a mi tiempo. Y tú no entras en ese plan, Ruarí.
—¿Por qué?
Suelto una risa breve, sin humor.
—Porque me voy a ir. Y cuanto más me importe dejarte, más va a doler cuando ocurra. —Le sostengo la mirada—. Me iré en cuanto el cielo me deje, y no volveré, porque no se puede volver.
—Da igual. Pasará. —Se apoya en la pared, sin prisa ninguna, y sonríe.
Me callo, porque rebatir a un hombre que tiene razón a las cinco de la mañana queda fuera de mis capacidades de esta noche.
No volvemos a hablar de irnos, y nos quedamos en la cámara mientras la rendija pasa de negro a gris.
El gallo canta. La casa empieza a despertarse y Ruarí se levanta.
Se coloca la camisa, vuelve a ponerse esa cara de jefe que reserva para el resto del mundo y está a punto de apartar el arcón de la puerta cuando llaman.
Y eso ya resulta extraño. Desde que llegué, nadie se ha molestado en llamar antes de entrar.
Al otro lado espera una de las muchachas del servicio. Es joven y tiene la expresión de quien teme equivocarse.
—La señora Beathag pregunta por la forastera —recita—. Dice que ya es hora de que haga aquello para lo que fue traída. Tiene algo que quiere que vea. —Baja la voz—. Y dice que vaya sola.
El recado queda flotando en el aire frío de la mañana. Ruarí y yo no nos miramos, porque mirarnos delante de la chica sería confesar que el recado nos preocupa a los dos por la misma razón.
Beathag quiere verme. A solas. Para que examine algo. La mujer cuya inicial acabo de levantar de debajo del pulgar de un asesino me llama a su cuarto, sin testigos, justo la mañana después de que alguien intentara clavarme un cuchillo en la cama.
Y lo peor de todo, lo que de verdad me revuelve el estómago vacío mientras me pongo en pie y me sacudo la paja del manto, es que no tengo forma de saber si Beathag me llama porque no sospecha nada de mí…
…o porque sospecha exactamente todo.