Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Ruarí cruza la cámara y coge el cuchillo. Lo gira hacia la brasa, encuentra la marca del asta, y su cara hace algo que no le había visto hacer: se queda sin saber qué cara poner.

—Es de Tormod —dice al fin—. Mi capitán. El hombre con el que he cabalgado quince años.

—¿Y dónde he visto yo esa marca esta noche?

—Es una pregunta retórica, porque ya lo sé, pero quiero oírlo en voz alta para creérmelo—.

En el establo. La llevaba grabada en la hebilla del cinto uno de los que entraron contigo a ver el cuerpo.

Estaba al fondo, medio en sombra. No le vi bien la cara. Pero la hebilla sí la vi.

Y aquí mi cabeza, que está deformada de fábrica para esto, levanta la mano antes de que la euforia me arrastre.

—Espera. No corras. —Le quito el cuchillo, lo pongo entre los dos, a la luz—.

Llevo diez meses pagando muy caro el haber dado por bueno algo que parecía limpio.

Y esto parece demasiado limpio. Un hombre que lleva quince años a tu lado, que sabe matar y lo demostró con Cormac de un solo trazo, ¿se deja el cuchillo marcado en el suelo de la víctima a la que ha fallado?

¿El mismo que falsificó un sello con una pericia que engañó a todo el valle?

No. Quien hizo aquella cera no comete este error.

Esto no es una pista. Es un regalo. Y los regalos que aparecen justo cuando los necesitas conviene mirarlos dos veces antes de dar las gracias.

Ruarí me observa un momento largo, y veo el esfuerzo que le cuesta no salir ahora mismo escaleras abajo a por Tormod.

—Entonces, ¿qué propones?

—Que no acusemos a nadie todavía. Si tocamos a Tormod, el que de verdad mueve esto sabrá que no nos lo hemos tragado, y se esconderá mejor.

—Le devuelvo el cuchillo—. Cormac descubrió al falsificador.

Por eso está muerto, y por eso tenía la cera en el puño.

Y si descubrió algo, lo anotó en algún sitio, porque era el hombre de los registros y los hombres de los registros lo apuntan todo.

Es una enfermedad. Lo sé porque la padezco.

Quiero ver dónde dormía Cormac, antes de que a alguien se le ocurra ordenar sus cosas.

Esperamos a que la casa entre en esa hora muerta entre la última ronda y el primer gallo, y bajamos.

Ruarí va delante, con el cuchillo de Tormod al cinto y una vela apagada que no enciende hasta que estamos dentro del cuartucho de Cormac, una celda de piedra apenas más grande que mi jergón, con un arcón, un camastro y, contra la pared, una repisa con tablillas y rollos que me hace sonreír sin querer, porque reconozco a un colega a través de los siglos: este hombre también lo guardaba todo.

—Tú miras el arcón —digo, ya con las manos en los rollos—. Yo miro lo que escribía.

Trabajamos callados un rato, hombro con hombro en un cuarto donde no caben dos personas sin rozarse, y la noche anterior, el cuchillo, su cuerpo entre el filo y yo, todo eso sigue ahí, en el aire estrecho, sin que ninguno lo mencione.

Encuentro las cuentas oficiales enseguida: ovejas, sacos, deudas, lo previsible.

No es eso lo que busco. Busco lo otro, lo que un hombre meticuloso esconde donde no mira nadie.

Lo encuentro detrás de la repisa, encajado entre la madera y la piedra: una tablilla de cera fina, de las de tomar notas y borrarlas, con la última anotación todavía marcada.

—Aquí —digo, bajando la voz—. Llevaba una cuenta aparte. De quién cogía el sello del laird y cuándo. Fechas. Iniciales. Mira: durante meses, todo en orden. Y luego, las semanas de la carta falsa…

Me callo. Porque la última fila, la que cubre los días en que se fraguó la falsificación, no está. Alguien ha pasado el pulgar por la cera y la ha borrado. Queda el surco vacío donde estuvo la anotación, liso, mudo.

—Han llegado antes —dice Ruarí, y por la manera en que lo dice noto que ha llegado a la misma conclusión fea que yo—. El que mató a Cormac también vino aquí.

—Vino. Borró. Y se fue tranquilo. —Sostengo la tablilla a contraluz, despacio, inclinándola—. Pero la cera es noble. La cera, si aprietas para escribir, deja huella en lo de debajo aunque borres la de arriba. Y yo me gano la vida leyendo lo que la gente cree que ha borrado. Dame un momento.

Acerco la vela en rasante, hasta casi tumbar la llama, para que la luz entre de lado y levante los relieves que el ojo no ve de frente.

Y empieza a aparecer, como un fantasma sobre la cera lisa, lo que el pulgar del asesino no consiguió borrar del todo: el surco de una última inicial, hundido en la capa de abajo.

Estoy tan inclinada sobre la tablilla, muy quieta para no mover la llama, que tardo en darme cuenta de que Ruarí se ha inclinado conmigo, de que su cabeza está junto a la mía, de que llevamos no sé cuánto rato así de cerca por culpa de un trozo de cera y de un muerto.

Levanto la vista para decirle que ya casi lo tengo. Y me encuentro su cara a un palmo de la mía.

No me da tiempo a decidir nada, porque él no espera a que yo decida.

Es un hombre de este siglo, y los hombres de este siglo no preguntan: un guerrero acostumbrado a tomar lo que quiere cuando lo quiere, convencido hasta el tuétano de que una mujer que lo mira como lo llevo mirando yo desde la ladera ya es medio suya.

Cierra él el palmo que falta. Y me besa sin pedir permiso, con total seguridad.

Debería ofenderme. En mi siglo le habría soltado un discurso de veinte minutos sobre el consentimiento y la autonomía corporal de la mujer.

El problema es que llevo deseando que este hombre haga exactamente esto desde que lo vi plantarse en la ladera, injustamente alto, injustamente guapo, injustamente seguro de todo, y que mi cuerpo, que es un traidor sin principios, lleva toda la noche queriéndolo.

Así que no me ofendo. Le devuelvo el beso con unas ganas que me delatan entera.

—Me miras así desde que caíste —me dice contra la boca, y no lo pregunta, lo afirma, satisfecho, un hombre que sabe lo que tiene delante—. Puedo hacer contigo lo que me dé la gana. Y lo sabes.

Lo peor, lo que no pienso confesarle a nadie jamás, es que en este momento concreto, con su boca en la mía y esa voz diciéndome semejante barbaridad, la frase no me suena a amenaza. Me suena a la mejor oferta que me han hecho en diez meses.

—Tú puedes hacerme lo que quieras, guapo —se me escapa, porque a estas alturas la dignidad ya es un lujo fuera de mi presupuesto.

Se ríe contra mi cuello, bajo, y aprovecha el movimiento para hacer lo que un hombre de su tiempo hace sin pensárselo dos veces: me agarra del culo con toda la mano y me pega a él de un tirón, sin una pizca de delicadeza.

Y la indignación que en teoría debería sentir no aparece por ninguna parte.

En su lugar surge una urgencia mucho menos razonable, que despierta de golpe una parte de mí que llevaba meses dormida.

Nos separamos porque uno de los dos tiene que acordarse de que estamos en el cuarto de un muerto, y por una vez en la vida me toca a mí ser la sensata, lo que dice mucho del nivel de la noche.

Me aparto un paso, con las mejillas a juego con las zapatillas, y me recoloco el pelo, que se me ha quedado en un estado lamentable.

—Para que conste —digo, recuperando el tono con la última hebra de compostura que me queda—, esto no cambia nada. Me sigo yendo en cuanto el cielo me deje. Solo que ahora me iré sabiendo a qué sabes.

—Te falta probar otra cosa —dice él, nada arrepentido.

Le iba a contestar. De verdad que iba a contestar, tenía algo bueno preparado.

Pero entonces mi ojo, que no se apaga ni besando a un highlander contra una repisa, capta por encima de su hombro lo que la llama rasante ha terminado de levantar en la cera de la tablilla, que sigue apoyada a contraluz donde la dejé.

Y todo lo demás se me cae de la cabeza de golpe.

Cojo la tablilla. La inclino. Y ahí está, hundida y clarísima, la inicial que el asesino creyó borrar.

No es una te: no es Tormod.

Es una be.

Y en esta casa, la única persona de peso cuyo nombre empieza por be, la única con acceso, con red, con hombres propios y con motivos de sobra para querer el clan antes de la guerra, es la mujer que lleva toda la noche tratándome como una pieza de su colección.

—Ruarí —digo, con la tablilla en la mano y el sabor de su boca todavía encima—. Tenemos un problema mucho peor que tu capitán. Y se sienta a la derecha de tu padre.