Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

No digo que he visto sonreír a alguien.

Lo decido en el mismo instante en que la sonrisa se borra, mientras me incorporo del cuerpo de Cormac con el trozo de cera todavía caliente en el puño.

Porque he aprendido, a base de meses de aprenderlo mal, que enseñar lo que sabes antes de tiempo es la manera más rápida de que te lo quiten.

No estoy segura de quién ha sido. Fue un parpadeo, en el borde de la luz, y acusar a ciegas a alguien de esta casa es la clase de error que en este siglo se paga con la ladera y una fosa poco honda.

Así que me guardo la sonrisa donde guardo todo lo demás, y digo en voz alta solo lo que conviene: que el asesino sigue aquí, que volverá a moverse, y que harían bien en no perderme de vista, porque soy la única que sabe leer lo que ese hombre dejó escrito en cera.

Funciona a medias. Domhnall me cree. Beathag me observa con esa atención de coleccionista que ya le conozco. Y el resto del clan sigue convencido de que la forastera de los zapatos imposibles ha degollado a un hombre.

La decisión la toma Domhnall antes de que lo lleven de vuelta a su silla.

—La forastera duerme en la casa —dice—. En la cámara de arriba. Y alguien de mi entera confianza la guarda esta noche, porque si quien mató a Cormac tiene dos dedos de seso, ella es lo siguiente que va a querer callar. —Mira a su hijo—. Tú.

—Padre…

—Tú, Ruarí. No voy a poner a custodiar a la única que entiende esto a un hombre que a lo mejor es el que lo escribió. A ti te conozco desde antes de que supieras tenerte en pie. Es a ti o a nadie. No hay otra opción.

Y así es como termino la peor noche de mi vida instalada en una cámara fría de piedra del siglo XIV, sobre un jergón que huele a lana sin lavar y a algo que prefiero no investigar, con un hombre apoyado en la pared junto a la puerta cuya única función declarada es que yo siga respirando hasta el amanecer.

La situación tiene todos los ingredientes de una de esas novelas que yo despreciaba.

Me niego a reconocerlo en voz alta. Lo reconozco para dentro, que es donde reconozco todo lo que me da rabia.

Durante un rato largo no hablamos. Él vigila la puerta.

Yo vigilo el techo, calculando. Porque por debajo del miedo, del hambre y del cansancio, mi cabeza sigue dándole vueltas a lo único que de verdad me importa: la noche de regreso.

Domhnall dijo que el cielo tiene que ponerse igual que estaba cuando caí.

Yo caí hace menos de un día. Vi la luna, vi tres estrellas antes de que las espadas me distrajeran.

Si consigo recordar la posición exacta, si encuentro a alguien que sepa de cielos, puedo empezar a calcular cuándo se repite.

Es el único plan que tengo, así que me agarro a él.

—No vas a dormir —dice Ruarí desde la puerta. No es una pregunta.

—Es difícil dormir cuando medio valle quiere colgarte y el otro medio está demasiado ocupado para defenderte. Llámame quisquillosa.

Algo se le mueve en la cara. La sombra de aquella sonrisa que no llega.

—Mi padre te cree —dice.

—Tu padre es el único de esta casa que me trata como a una persona y no como a una herramienta o a una bruja. —Lo miro—. Tú, por ejemplo, me presentaste a tu tía como «lee latín, la necesito por eso». Como si fuese una pala.

—Te mantuvo viva.

—Me mantuvo útil. No es lo mismo, y lo sabes.

—Me incorporo sobre el jergón—. Mira, no espero que me trates bien.

Acabo de caer del cielo en mitad de tus problemas y entiendo que para ti soy un cabo suelto con acento raro.

Pero no me insultes fingiendo que protegerme y necesitarme son la misma cosa.

De esa diferencia depende que yo confíe en ti o no.

Y ahora mismo me hace falta confiar en alguien de esta casa, antes de que el que mató a Cormac decida que yo soy más útil muerta.

Se queda callado un momento. Y entonces, sin moverse de la pared, dice algo que no me esperaba.

—Creí a mi padre traidor. —Lo suelta sin adorno, igual que Domhnall suelta las cosas que pesan—.

Tres días con esa carta cosida al jubón, convencido de que el hombre que me enseñó a empuñar una espada había vendido a los suyos.

Estuve a punto de actuar. De reunir a los míos y enfrentarme a él.

Y tú llegas, miras un trozo de cera medio minuto y me demuestras que iba a destrozar a mi familia por una mentira.

—Por fin gira la cabeza hacia mí—. Así que no, no te trato como a una persona.

Te trato como a alguien que ha visto lo que yo no supe ver, y eso me da más miedo que cualquier espía.

Es distinto de lo que crees. Distinto, que no peor.

No tengo respuesta rápida para eso, que es raro en mí.

Me ha confesado su peor defecto sin que se lo pidiera, y lo ha hecho para no mentirme, que es más de lo que ha hecho por mí nadie en mucho tiempo.

Estoy buscando algo que decir que no suene ni a triunfo ni a lástima cuando el ruido lo interrumpe todo.

Viene de la puerta. Un roce, suave, de alguien que intenta que la madera no chirríe y no lo consigue del todo.

Ruarí se mueve antes de que yo entienda que pasa algo.

Lo que sucede después dura menos de lo que tardo en contarlo: la puerta se abre una cuarta, entra el filo de un cuchillo buscando lo que tenga delante, y Ruarí me tiene cogida del brazo y tirada detrás de él antes de que el filo encuentre nada que no sea aire.

Hay un choque, un gruñido que no es suyo, el sonido de un cuerpo que recula, pasos que huyen escaleras abajo.

Ruarí da dos zancadas hacia la puerta, se asoma al hueco negro de la escalera, y se detiene, porque perseguir a alguien a ciegas en una casa que no es del todo suya es exactamente la trampa que el otro querría.

Vuelve, cierra la puerta y la atranca con un arcón que arrastra de un empujón.

Y yo descubro que sigo detrás de él, donde me ha puesto, con la espalda contra la piedra fría y su mano todavía cerrada en torno a mi brazo, porque ninguno de los dos se ha acordado de soltarse.

Y ninguno parece tener prisa por hacerlo.

Está demasiado cerca. Lo registro con el mismo fastidio con que llevo toda la noche registrando cosas suyas, solo que ahora el fastidio tiene otra textura.

Acabo de ver a este hombre interponer su cuerpo entre un cuchillo y yo sin pensárselo medio segundo, y mi cabeza, que debería estar dedicada a temblar por el cuchillo, se ha desviado entera hacia el hecho de que lo tengo encima, de que huele a metal y a noche y, contra todo pronóstico de este siglo, no huele mal, y de que la mano que me sujeta el brazo no aprieta para retenerme, sino de una manera que no me conviene analizar demasiado.

Siento el impulso clarísimo de hacer algo estúpido. Me nace en las manos, que quieren subir, y en el resto de mí, que ha decidido olvidarse de que este es un mal momento y un mal siglo. Es deseo en estado puro, y aparece en el peor instante posible, que es precisamente cuando suele aparecer.

Él tampoco se aparta. Durante un par de segundos que se hacen mucho más largos de lo que tienen derecho, nos quedamos así, demasiado juntos, midiéndonos, los dos sabiendo exactamente qué está pasando y ninguno dispuesto a ser el primero en moverse.

Es Ruarí quien se aparta primero. Me suelta el brazo y da un paso atrás. La expresión se le cierra otra vez; vuelve a ser pared, vuelve a ser el jefe de hombres que decide cosas con dos dedos.

—Han venido a por ti —dice, y la voz le sale más áspera de lo que pretende, que es la única grieta que se le escapa—. No volverá a pasar mientras yo guarde esa puerta. Es mi deber.

Deber. Un cubo de agua helada, y reconozco la maniobra porque yo también la uso: cuando algo te asusta más que un cuchillo, lo metes en una caja con una etiqueta segura y cierras la tapa. Él acaba de meterme a mí en la caja del deber. Bien jugado. Cobarde, pero bien jugado.

—Claro —digo, y me aparto de la pared con la dignidad que permite un pijama rosa de lunas y estrellitas—. Tu deber. Faltaría más.

Vuelvo al jergón. Él vuelve a la puerta. Ninguno dice nada más.

Estoy dándole la espalda, fingiendo que busco postura para dormir, cuando mi pie tropieza con algo en el suelo, junto al jergón, donde antes no había nada. Es el cuchillo. El que ha entrado por la puerta buscándome y no me ha encontrado. El otro lo ha soltado al huir.

Lo recojo. Y lo que me hace el oficio, que no descansa ni cuando acabo de estar a punto de cometer un error con un highlander a oscuras, es mirar el mango antes que el filo. Porque el filo es solo el filo. El mango cuenta de quién es.

Este mango tiene una marca grabada en el asta. Pequeña, gastada, pero clara a la luz de la brasa. Y la reconozco, porque la he visto esta misma noche, hace apenas dos horas, en otro sitio donde no debería haber estado.

—Ruarí —digo, sin volverme todavía, con el cuchillo frío en la mano—. Ven a ver esto. Y dime de quién es esta marca. Porque o me equivoco mucho, o sé exactamente quién acaba de intentar matarme.