Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

Hay un instante de quietud en el que cada uno procesa la noticia a su manera.

Domhnall, entornando los ojos. Ruarí, al descubrirme sentada junto al fuego de su padre, con una mezcla de alivio y alarma que no se molesta en disimular.

Y yo, de la única forma que sé, que es por la vía de la indignación, porque acabo de pasar la peor noche de mi vida y lo último que me faltaba era que me la coronaran con un cadáver ajeno.

—Vamos a aclarar una cosa cuanto antes —digo, levantándome del banco—.

No sé quién es Cormac. No he pisado un establo en mi vida, ni en este siglo ni en el mío, porque los caballos me dan respeto y el olor me da arcadas, y mira que aquí el listón del olor lo tengo ya muy bajo.

Llevo desde que aparecí en vuestra ladera o atada en un granero, o vigilada por los hombres de Beathag, o sentada delante de tu padre.

No he tenido ni un minuto a solas para asesinar a nadie, aunque hubiera querido, que dadas las últimas horas no descarto del todo la tentación.

Es un buen alegato. Lo sé porque me sale ordenado, y a mí los alegatos solo me salen ordenados cuando tengo razón y estoy aterrorizada a la vez, combinación que conozco bien de los últimos diez meses delante de inspectoras y abogados.

Ruarí abre la boca para decir algo, pero la puerta vuelve a hacer su gracia habitual de abrirse sin permiso, y entra Beathag, que por lo visto tiene un radar para las desgracias domésticas y aparece en ellas como el humo en las habitaciones de esta casa, sin que nadie la llame y ocupándolo todo.

—Cormac —dice, sin preámbulo, dirigiéndose a su hermano—. En el establo viejo. Le han abierto la garganta y lo han dejado entre la paja. —Y entonces sus ojos me encuentran, y me señala con la cabeza—. Por el patio ya corre que fue ella. Medio clan lo repite.

—Bien —resoplo—. Entonces dejadme ahorraros el juicio, porque tengo prisa por volver a mi tierra y no pienso perderla en una horca.

La acusación no se sostiene ni un asalto.

He estado vigilada cada minuto desde que caí.

Tú misma pusiste a dos hombres a custodiarme, Beathag.

Pregúntales si me he movido. Y si de verdad hubiera querido degollar a un desconocido en un establo, lo que no habría hecho es dejar que medio valle me viera entrar custodiada en la casa del laird justo después.

Soy muchas cosas malas, pero estúpida no.

—Nadie ha dicho que seas estúpida —dice Domhnall desde su silla, y su voz corta la sala—. Han dicho que eres conveniente. Es distinto, y es peor.

Tiene razón, y me fastidia que la tenga. Una acusación no necesita ser cierta para hacer daño. Solo necesita llegar en buen momento y recaer sobre alguien a quien nadie va a defender. Lo aprendí por las malas hace muy poco, y resulta que la lección sirve igual setecientos años atrás.

—La forastera no se mueve de mi vista —decide Domhnall—.

Ni para que la cuelguen, ni para que se escape, ni para nada.

Ruarí, tú me dijiste que la querías por algo.

Beathag, tú también la quieres por algo, no me mires con esa cara, te conozco.

Pues si los dos la queréis viva, los dos vais a interesaros por que no la maten antes de tiempo.

—Se incorpora apoyándose en los reposabrazos, y el esfuerzo le cuesta, pero lo hace solo—.

Y antes de que ningún consejero abra la boca, vamos todos al establo. Quiero ver a Cormac. Con mis ojos.

—Padre, no estás para…

—Estoy para enterrar a mis hombres yo mismo, que es lo único para lo que un laird viejo sirve ya. Ayúdame a andar y calla.

El establo viejo está al otro extremo del recinto, y el trayecto me sirve para confirmar que mi fama me precede: la gente que antes me miraba con curiosidad ahora lo hace con esa cosa fea y cómoda que es la certeza de que el culpable ya tiene cara, y de que la cara es la de la extraña.

Camino entre Ruarí y dos de los hombres de Beathag, con el laird apoyado en el brazo de su hijo marcando un paso lento que nadie se atreve a apurar.

El olor del establo, cuando llegamos, es lo previsible multiplicado por la sangre, y prefiero no detenerme en ello más de lo necesario para mi salud mental.

Cormac está donde han dicho, entre la paja.

Es un hombre de mediana edad, recio, con las manos encallecidas de quien ha trabajado y, ahora me fijo, con una mancha de tinta vieja en los dedos que en un mozo de cuadra no pinta nada.

—¿Quién era Cormac? —pregunto—. Y no me digáis «un buen hombre», que eso lo dicen todos de todos los muertos. ¿Qué hacía en esta casa?

—Llevaba las cuentas —responde Domhnall, y algo en su tono me hace levantar la cabeza—. Los registros. Los sellos. —Una pausa—. Era uno de los tres de los que te hablaba antes, mujer. Uno de los que podían haber escrito esa carta.

Y ahí se me coloca todo en su sitio con un chasquido casi audible.

No es casualidad que el muerto sea precisamente uno de los sospechosos.

Alguien está limpiando la mesa antes de que yo me siente a ella.

Mataron a Cormac y me lo cargaron a mí de un solo golpe: se deshacen de un cabo que podía hablar y de la forastera que husmea, dos pájaros de un tiro, y el clan entero mirando hacia donde les conviene.

Me arrodillo junto al cuerpo. Beathag emite un sonido de advertencia, alguno de los hombres murmura algo sobre la impureza de tocar a un muerto, y yo los ignoro a todos, porque tocar lo que los demás no se atreven a tocar es mi profesión, y porque un cadáver no es más que eso.

La herida del cuello es limpia, hecha por detrás, de un solo trazo.

Quien lo hizo sabía hacerlo y no dudó. Pero no es la herida lo que me interesa, sino las manos, porque las manos de un hombre que muere de golpe a veces guardan lo último que tocaron.

La derecha está abierta y vacía. La izquierda está cerrada en un puño, y eso, en un cuerpo que ya empieza a enfriarse, cuesta de fingir.

—Acércame esa antorcha —digo, y nadie se mueve, así que repito, en el tono que usaba para mandar callar a estudiantes de prácticas—: La antorcha. Ahora.

Ruarí me la acerca él mismo. Le sostengo la mirada medio segundo, lo justo para que los dos sepamos que ha sido él y no otro, y vuelvo al puño.

Lo abro con cuidado, dedo a dedo, porque la rigidez ya está entrando y forzarlo rompería lo que sea que protege. Y dentro, prensado contra la palma, hay un disco pequeño de cera roja, partido por la mitad, del tamaño de una moneda.

Lo levanto a la luz. Lo giro. Y el estómago se me cae al barro del suelo, porque conozco esta cera. La conozco demasiado bien. He pasado media noche con la nariz pegada a su gemela.

—Esto —digo, despacio, sin levantar todavía la vista del trozo de cera— es del mismo lote, del mismo molde y de la misma mano que el sello de la carta que acusa a tu padre de traición.

Cormac no escribió esa carta. Cormac la descubrió.

Tenía en el puño la prueba de quién la hizo, y por eso está muerto.

—Cierro los dedos en torno a la cera y por fin alzo la cabeza—.

Lo mató el falsificador. Que es alguien que sigue en esta casa, y que ahora mismo nos está mirando hacer exactamente esto.

Y entonces lo hago: levanto la vista despacio y recorro las caras que me rodean a la luz de la antorcha, una por una, buscando la única que no encaje. Domhnall, dolorido y atento. Ruarí, tenso. Los hombres de Beathag, incómodos. Beathag, ilegible como una pared.

Y, en el borde del círculo de luz, medio en sombra, hay una cara que durante un instante demasiado breve hace algo que ninguna cara inocente haría al oír mis palabras.

Sonríe.