CAPÍTULO SIETE
La mano que me sujeta la muñeca no tiembla lo más mínimo.
Es la misma que hace un rato apenas se sostenía sobre el reposabrazos, y ahora me aferra con la fuerza de un hombre treinta años más joven.
Lo entiendo enseguida: el temblor de antes era de verdad, pero la debilidad es, en buena parte, una herramienta que Domhnall ha aprendido a usar cuando le conviene que lo subestimen.
Tomo nota mental. En esta familia hasta los achaques tienen doble fondo.
—Suéltame —digo, sin alzar la voz—. No voy a salir corriendo. Para empezar no tengo adónde, y para seguir, fuera está tu hermana, que me da bastante más miedo que tú. Sin ánimo de ofender.
Me suelta. Y hace algo que no me esperaba: se ríe. Es una risa corta, ronca.
—Beathag le da miedo a todo el que tiene dos dedos de frente —dice—. Tú al menos lo reconoces. La última también la calaba a la primera.
—La última. —Me siento un poco más recta en el banco—. Vas a tener que contarme eso, porque llevas comentándolo desde que entré.
Domhnall mira el fuego un momento antes de hablar, y cuando lo hace, lo hace despacio, midiendo cada cosa, igual que su hijo, solo que a Ruarí le quedan décadas de práctica para llegar a esta versión.
—Se llamaba Aldana —dice—. Llegó en primavera, por la misma ladera del este, con un vestido de un tejido que ninguna de nuestras mujeres supo nombrar y unos zapatos casi tan ridículos como los tuyos.
—Señala mis pantuflas fucsias con la barbilla, sin malicia—.
Hablaba como tú: bien, demasiado bien, con palabras que sonaban a libro.
Decía cosas que no tenían sentido. Que venía de un tiempo que aún no había llegado.
Que en su mundo las carretas andaban solas y las noticias volaban.
Yo tenía treinta años y la cabeza llena de certezas, y la tomé por loca, o por bruja, que en aquella época venía a ser lo mismo a efectos de hoguera.
—¿Y qué te hizo cambiar de idea?
—El tiempo. —Una pausa—. Y que las cosas que sabía se cumplían.
Me dijo qué cosecha se perdería antes de que se perdiera.
Me dijo que un primo mío al que yo creía leal me vendería, y me vendió.
Una no acierta tantas veces seguidas por casualidad, ni siquiera una bruja.
Así que dejé de pensar en la hoguera y empecé a escucharla.
Y cuanto más la escuchaba, más me daba cuenta de que aquella mujer del futuro era la persona más sensata que había pisado este valle, y de que el resto de nosotros íbamos por la vida dando palos a ciegas.
No hace falta que pregunte lo siguiente. Se le nota en la voz.
—La quisiste —digo.
—La quise. —Lo deja caer como un hecho, sin adornarlo—. Y la perdí antes de tiempo, por culpa de manos que conozco.
—¿Qué le pasó?
Domhnall tarda en contestar, y cuando lo hace, baja todavía más la voz.
—La mataron. Aquí, en este valle, los que no soportaban que un Domhnall joven escuchara a una mujer venida de ninguna parte más que a sus propios consejeros.
Le tendieron una trampa una noche que yo estaba lejos, la acusaron de embrujar al heredero y resolvieron el asunto antes de que volviera.
Cuando llegué, ya estaba hecho. La enterré yo mismo, en la ladera, donde había caído, porque me pareció que era el sitio que ella habría escogido.
La sala, con todo su fuego, su perro de los suspiros y su olor a carne asada que mi estómago sigue reclamando sin el menor tacto, se me ha quedado fría otra vez.
—Mira —digo, y oigo que la voz me sale más fina de lo que me gustaría—, agradezco mucho la historia, de verdad.
Es preciosa y es terrible. Pero te voy a ser sincera, porque es tarde y estoy agotada y muerta de hambre: lo único que yo quiero de este siglo es marcharme de él.
Tú la quisiste, a ti te rompió el corazón perderla, lo respeto.
A mí me da igual el romance medieval. Yo solo quiero volver a casa antes de pillar el tétanos.
Así que la pregunta que de verdad me importa es esta: ¿se puede volver?
¿Aldana sabía cómo? ¿Te lo llegó a decir?
Y Domhnall, en vez de ofenderse por mi falta de sensibilidad, asiente con una especie de aprobación cansada.
—Eso mismo había preguntado ella. —Se inclina hacia delante—.
Sí. Se puede. O eso creía Aldana, y nunca acertó en poco.
Decía que el paso se abre por donde se abrió, en el mismo sitio, pero que no está abierto siempre.
Que tiene sus noches. Que hay que esperar a que el cielo se ponga del modo en que estaba la noche en que una cayó, y que solo entonces el camino vuelve a estar.
—Hace una pausa—. Ella esperaba la suya.
La mataron tres semanas antes de que llegara.
Me quedo muy quieta, procesándolo. No es una buena noticia, pero tampoco es la peor.
Hay una puerta. La puerta tiene horario.
El horario es astronómico, que es la clase de horario que una historiadora del arte con dos másteres puede, en teoría, calcular, si reúne los datos suficientes.
Es lo más parecido a una esperanza que me ofrece esta noche, y la cojo con las dos manos.
—¿Y cuándo es la mía? —pregunto—. ¿Cuándo se pone el cielo como la noche en que caí?
—Eso no lo sé yo. —Domhnall niega despacio—.
Eso lo sabría ella, que entendía de estrellas.
Yo solo sé contar ovejas y enemigos, y de los segundos he perdido la cuenta esta semana.
—Y aquí su voz cambia, se endurece, vuelve a ser la del laird y no la del viejo que recuerda—.
Pero te voy a proponer un trato, mujer de lejos, y vas a escucharlo entero antes de decir que no.
—Soy toda oídos. Es lo único de mí que no está cansado.
—Tú quieres volver y para volver necesitas tiempo, necesitas estar viva cuando llegue tu noche, y necesitas que nadie te queme antes por bruja, que en este valle eso es difícil.
Y resulta que yo puedo darte las tres cosas: techo, protección y tiempo.
A cambio, tú me das lo único que sabes hacer y que aquí no sabe hacer nadie.
—Da unos golpecitos sobre el reposabrazos—.
Alguien de mi propia sangre está tratando de convertirme en un traidor y empujar a mi gente a actuar contra mí.
Lo ha hecho ahora, justo cuando Bruce va a llamar a las armas y todo el norte tendrá que elegir bando.
Quien mueve esto quiere el clan, y lo quiere antes de la guerra.
Necesito saber quién. Y tú, que de un trozo de cera me has sacado más verdad que todos mis consejeros juntos, vas a ayudarme a averiguarlo.
Lo miro. Es un buen trato. Es, de hecho, el primer trato decente que me ofrece alguien desde que Marcos me destrozó la vida.
—Hay un problema —digo—. Dos, en realidad.
El primero es que no me fío de nadie de esta casa, empezando por tu hermana y sin descartar del todo a tu hijo.
El segundo es que, si alguien de tu sangre quiere hundirte, el día que descubra que la forastera recién llegada es la que husmea en su trabajo, esa forastera pasa de ser útil a ser un cabo suelto.
Y los cabos sueltos, en mi experiencia reciente, terminan mal.
—Lista —dice Domhnall, y por una vez en la conversación parece de verdad satisfecho, no de mí, sino de no haberse equivocado al elegirme—.
Por eso vas a escucharme bien ahora, antes de que vuelva Beathag, porque lo que voy a decirte no puede oírlo nadie más de esta casa.
Hay tres personas que tenían acceso al sello, al nombre y a todo lo que esa carta sabía.
Tres. Mi hijo no es una, antes de que lo preguntes, porque a mi hijo lo conozco. Las otras dos…
La puerta se abre.
No llaman. En esta casa, por lo visto, nadie llama nunca, costumbre que empiezo a encontrar tan irritante como el humo. Domhnall cierra la boca de golpe, y la frase que iba a salvarme o a condenarme se queda dentro, a buen recaudo, donde no me sirve de nada.
En el umbral está Ruarí. Trae la carta en la mano y la cara de alguien que ha cabalgado deprisa. Pero no es la carta lo que me asusta. Es lo que dice antes de cruzar siquiera la puerta, mirando a su padre, sin reparar todavía en que estoy yo sentada junto al fuego.
—Padre. Han encontrado a Cormac muerto en el establo. —Toma aire—. Y la única que lo vio salir vivo de aquí dicen que fue la forastera.