CAPÍTULO SEIS
Cruzamos el recinto hacia la casa de dos plantas y yo voy haciendo lo único que sé hacer cuando me llevan a un sitio al que no quiero ir, que es contar.
Cuento los pasos, cuento las hogueras, cuento a la gente que se asoma a las puertas para verme pasar entre dos hombres armados.
Contar me mantiene la cabeza ocupada y, sobre todo, me impide pensar en la frase que la tía de Ruarí acaba de soltarme: que no soy la primera, que hubo otra, y que a la otra la enterraron.
Aguanto exactamente hasta la mitad del barrizal.
—La mujer que enterrasteis —digo, intentando que suene a curiosidad y no a lo que es, que es pánico con buenos modales—. ¿Quién era?
—Tendrás que preguntármelo otra noche —responde la tía, sin aflojar el paso.
—Es que da la casualidad de que esta noche es la que me preocupa.
—Ya lo veo. Camina.
Obedezco. He negociado con inspectoras de policía y con abogados que cobran por respirar, y reconozco un muro cuando me topo de frente con uno.
Esta mujer no me va a dar nada que no haya decidido darme, y lo dará cuando le convenga a ella, no cuando lo necesite yo.
Lo apunto en la lista de asuntos que pienso resolver en cuanto deje de tener gente con espadas alrededor, lista que a este paso va a necesitar un cuaderno propio.
La casa por dentro es, para los baremos de la noche, casi civilizada.
Hay un fuego de verdad en una chimenea de verdad, con un tiro que más o menos funciona, lo que reduce el humo a niveles que ya solo me hacen llorar un ojo en lugar de los dos.
Hay tapices en las paredes, y mi cabeza profesional, que no descansa ni cuando me llevan a comparecer ante un señor feudal, los data al vuelo y los aprueba: flamencos, buenos, importados a precio de sangre.
Hay una mesa larga, bancos, perros tumbados junto al calor y un olor que sigue sin gustarme pero que al menos ha rebajado el estiércol en favor de la leña y la carne asada, mejora que mi estómago vacío celebra con un rugido que resuena en toda la sala y que finjo no haber oído.
Y al fondo, en una silla que es lo más parecido a un trono que permite la modestia de un clan pequeño, hay un hombre.
Lo primero que pienso, y me avergüenza pensarlo, es que ahí está el futuro de Ruarí dentro de treinta años, y que sigue siendo razonablemente soportable a la vista.
Domhnall es mayor, sí. Tiene el pelo casi blanco, una mano que le tiembla un poco sobre el reposabrazos y una manta en las piernas que delata que el frío de febrero se le ha metido en los huesos y ya no piensa salir.
Pero los ojos son los mismos que llevan toda la noche evaluándome desde la cara de su hijo, y esos ojos no tiemblan en absoluto.
—Conque esta es la mujer que mi hijo me esconde —dice. Tiene la voz gastada, pero la administra con cuentagotas, igual que su hijo los gestos—. Acércate. No te voy a morder. Ya no me quedan dientes para hacer un trabajo decente.
Me acerco. Los dos hombres se quedan atrás. Ella se sitúa a un lado de la silla, en una posición que dice, sin decirlo, que en esta casa manda el laird, pero la hermana del laird tiene su propio sitio reservado, y más vale que nadie lo olvide.
—Beathag me dice que lees latín —empieza Domhnall.
Y así descubro que la mujer del manto tiene nombre.
—Beathag está bien informada. —Me sale solo, y a la susodicha se le mueve apenas la comisura, aunque no sabría decir si de irritación o de aprobación. Empiezo a sospechar que en esta familia las dos cosas se parecen mucho.
—Beathag siempre está bien informada. Es lo más útil que tiene.
—Lo dice sin mirarla, y ella ni se inmuta, lo que me confirma que es una broma vieja entre los dos y que llevan décadas representándola—.
Dime una cosa, mujer de lejos. Mi hijo lleva tres días cabalgando de noche, mintiéndome con la cara que ponía de niño cuando rompía algo, y guardándose un papel que cree que no he visto. ¿Tiene eso que ver contigo?
Aquí hay una trampa, y la veo. Si digo que sí, traiciono a Ruarí, que es el único de los presentes que ha movido medio pie para protegerme esta noche.
Si digo que no, miento a un anciano que huele las mentiras a una legua y que además es quien va a decidir si amanezco.
Así que hago lo que hago siempre que me ponen entre dos malas opciones: busco una tercera y la digo deprisa, antes de pensarlo mejor.
—Tiene que ver con un papel —contesto—. No conmigo.
Yo llegué después, y por pura mala suerte.
El papel llegó antes y es el motivo de que tu hijo lleve tres días con cara de haber roto algo.
Tenía buenas razones para guardártelo, y no soy yo quien debe contarte cuáles.
Pero si me dejas, puedo decirte lo que pone ese papel mejor que nadie de este valle.
Y lo que pone deberías oírlo tú antes que nadie.
Domhnall me observa un rato largo mientras el fuego chasquea y uno de los perros suspira con una profundidad impropia de un perro.
—¿Y dónde está esa carta?
—La tiene tu hijo —responde Beathag—. Se la guarda desde hace tres días, por lo que parece.
Domhnall asiente despacio, sin un asomo de sorpresa, y por un instante parece más viejo que hace un momento.
—Que lo busquen, entonces. Quiero la carta, y quiero a Ruarí delante cuando se lea. —Gira los ojos hacia mí—. Pero antes voy a hablar con la forastera a solas. Beathag, saca a tus hombres.
—Domhnall. —El tono se le endurece. Ya la conozco: va a discutir la orden.
—A solas, hermana. —No levanta la voz. No le hace falta, igual que a su hijo—. La mujer no va a estrangularme con la manta. Y si lo intenta, te doy mi palabra de que grito.
Beathag me dedica una última mirada, de esas suyas que parecen tomarte medidas para algo, y se va con sus dos hombres. La puerta se cierra y me quedo a solas con el laird, el fuego y los perros, que son, sospecho, los únicos en esta casa que no tienen segundas intenciones conmigo.
Y entonces Domhnall hace algo que no esperaba en absoluto.
Sonríe. Es una sonrisa breve, cansada, sin nada de la frialdad de su hermana ni del hermetismo de su hijo, y me descoloca tanto que doy un paso atrás sin querer.
—Siéntate —dice, señalando un banco junto a la chimenea—.
Has llegado andando por el barro con esos pies medio descalzos, has aguantado a mi hermana sin echarte a llorar y les has plantado cara a cuatro de mis hombres en una ladera.
Lo menos que puedo ofrecerte es un sitio cerca del fuego.
—Espera a que me siente, y cuando lo hago, baja la voz hasta convertirla en algo que solo llega hasta mí—.
Ahora dime la verdad, que aquí ya no nos oye nadie.
Esa ropa no es de ningún país que yo conozca.
Y conozco muchos: he comerciado con la mitad y he luchado contra la otra mitad.
Así que voy a preguntártelo una sola vez, y te conviene no insultarme con una mentira. ¿De cuándo eres?
Tardo en entender la pregunta. No de dónde. De cuándo.
—No sé a qué te refieres —miento, por pura inercia, porque es lo último que me queda.
—Sí lo sabes. —No se enfada. Es peor que si se enfadara—.
Lo sé porque ya tuve esta conversación una vez, hace casi veinte años, con otra mujer que llegó igual que tú.
Por la misma ladera. Con ropa que tampoco era de ningún sitio y palabras en la boca que no había oído nunca.
—Algo le cruza la cara, y por debajo del laird y del anciano asoma, un instante, un hombre mucho más joven que perdió algo y no lo recuperó—.
Ella también tardó en confiar. Y cuando por fin lo hizo, ya no me dio tiempo a ayudarla.
—¿Qué le pasó? —pregunto, aunque no sé si quiero oír la respuesta.
Domhnall me sostiene la mirada, y en sus ojos viejos hay algo que reconozco demasiado bien, porque lo veo en el espejo desde hace diez meses.
—Eso —dice— es justo lo que llevo veinte años esperando poder contarle a la siguiente que cayera.
Para que no acabe igual. —Se inclina hacia mí, y la mano que tiembla se cierra de pronto sobre mi muñeca con una fuerza que el cuerpo ya no debería tener—.
Y has caído tú, mujer de lejos, la misma semana en que alguien de mi propia sangre intenta hundirme con un papel falso.
Eso no es casualidad. En este valle ya nada es casualidad.
Y antes de que vuelva mi hermana, necesito que me escuches muy bien, porque de lo que te diga ahora depende que tú salgas de aquí con vida y que yo no acabe colgado de la muralla de mi propia casa.