Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

Lo primero que aprendo de la mujer del manto oscuro es el poder que tiene.

El guapo lleva toda la noche sin doblegarse ante nada: ni ante mi aparición, ni ante una carta que acusa a su padre de traición, ni ante el detalle de que yo afirme venir de muy lejos sin especificar cuánto, pero ante ella, cambia el peso de un pie a otro como un crío al que han pillado con las manos en el arcón de la miel.

No se inclina. Pero algo en su manera de plantarse reconoce que quien acaba de entrar está por encima de él en un escalafón que yo todavía no sé leer.

Ella tiene hombres propios. Entra sin llamar.

Y ha llamado «muchacho» a un tipo de treinta y cinco años que da órdenes con dos dedos.

Saco la conclusión obvia: esta señora manda.

—Tía —dice, y ahí tengo la mitad del misterio resuelto—. Esto no es asunto que debas cargar tú.

—Todo lo que entra en este valle es asunto mío, Ruarí.

Y lo sabes desde que tenías edad de robarme la miel.

—Ruarí, el guapo, que ahora sé cómo se llama, avanza un paso más, y sus dos hombres se quedan en el umbral, lo que me confirma que no le hacen falta para sentirse la persona más peligrosa de la habitación—.

Llevas tres días raro. Cabalgaste de noche hasta la ladera del este sin decirme por qué.

Y ahora resulta que escondes a una mujer que nadie de aquí ha visto nunca, vestida con harapos imposibles, en el almacén del grano, como si yo fuera tan vieja que ya no me llegan las noticias.

Se vuelve hacia mí. Y debo reconocer que la tía de Ruarí me intimida bastante más que Ruarí, lo cual es un logro, porque Ruarí podría partirme en dos sin despeinarse.

Ella no parece capaz de partir nada físicamente.

Lo que parece capaz de hacer es averiguar exactamente qué te duele y apretar ahí, y eso da mucho más miedo.

Me repasa de la cabeza a las zapatillas fucsias con una lentitud calculada para incomodar.

Le sostengo la mirada, porque rendir terreno desde el principio nunca me ha salido a cuenta y porque, francamente, después de diez meses de inspectores, abogados y miradas de reojo en los pasillos del museo, una matriarca medieval no deja de ser un género que ya conozco, solo que con peor higiene.

—¿Cómo te llamas?

—Vera.

—No es un nombre cristiano de los de aquí.

—No soy de aquí.

—¿Y de dónde eres?

Tengo media docena de respuestas malas preparadas. Antes de soltar ninguna, Ruarí se mete por medio.

—Lee latín —dice—. Es lo único que importa de ella ahora mismo. La necesito por eso.

Es una jugada, y la veo venir un segundo tarde: me está reduciendo a una herramienta delante de su tía para que la tía no indague en el resto.

Inteligente. También profundamente irritante, porque «la necesito por eso» me coloca en la misma categoría que una pala.

Pero en mi situación, ser una pala útil es preferible a ser una bruja prescindible, así que me trago la réplica que tenía a punto.

La tía no se traga nada. Mira a su sobrino, mira la carta a medio enrollar sobre el saco, vuelve a mirarlo a él, y yo veo en directo a una mujer sumar dos y dos y llegar, sin esfuerzo aparente, a un cuatro que a Ruarí le habría gustado mantener en secreto unos días más.

—Una mujer caída del cielo que lee latín —dice despacio—, justo la semana en que a mi sobrino le llega un documento que no sabe leer y que lo tiene cabalgando de noche y mintiéndome a la cara. —Tiende la mano hacia el pergamino—. Dámelo.

—No.

La palabra de Ruarí cae seca. Los dos hombres del umbral, los de ella, se remueven apenas. El almacén entero se vuelve, de pronto, un sitio mucho más pequeño.

Y aquí es donde yo, que llevo toda la escena haciendo lo correcto —callar, observar, dejar que los poderosos se peleen sin meter la mano en el engranaje—, hago lo incorrecto, porque la prudencia nunca me ha durado más de un cuarto de hora seguido.

—La carta es falsa —digo.

Los dos se vuelven hacia mí a la vez. Bien. Tengo su atención, que es justo lo que quería y exactamente lo que no me conviene.

—El sello está estampado en frío, la han fabricado para que pareciera lo que no es, y la han hecho a propósito para que llegara a manos de Ruarí.

—Me encojo de hombros, porque a estas alturas de la noche el agotamiento me ha quitado el último filtro entre el pensamiento y la boca—.

Acusa a Domhnall de venderle el valle a los ingleses.

Pero quien la escribió conocía esta casa por dentro, sabía vuestros nombres y contaba con que el hijo se creyera lo peor del padre.

Así que la pregunta interesante no es de dónde vengo yo.

La pregunta interesante la tenéis en familia.

Nadie habla durante unos segundos. De fondo, una gallina cacarea con un sentido de la oportunidad lamentable.

La tía es la primera en reaccionar, y no como yo esperaba. No se indigna. No exige ver la carta. Se queda mirándome con una atención nueva, casi de coleccionista, y cuando habla lo hace en un tono más bajo, más afilado, dirigido solo a mí.

—¿Sabes distinguir lo verdadero de lo falso, entonces?

—Es, literalmente, lo único en lo que soy buena. —No añado que esa misma habilidad me falló una vez y me costó la vida entera, porque no es información que vaya a regalarle a alguien que aún no he decidido si es aliada o verdugo.

—Bien —dice, y el modo en que lo dice no me gusta nada—. Porque resulta que tengo una cosa que necesito que alguien mire. Y mi sobrino, con todo su empeño en esconderte en un granero, acaba de ahorrarme la molestia de buscar.

Se vuelve hacia Ruarí, y la poca blandura que le quedaba en la voz desaparece.

—Me la llevo. —Y antes de que él abra la boca—: No voy a discutirlo.

Tú tienes una carta que estudiar y un nombre que limpiar, si es que la forastera tiene razón.

Yo tengo asuntos para los que ella me sirve más.

Y los dos vamos a ver a tu padre, porque Domhnall lleva tres días notando que su hijo le esconde algo, y un laird al que su heredero le miente es un laird que empieza a tomar malas decisiones.

—Me señala con la barbilla—. Esta viene conmigo a presentarse ante él. Esta misma noche.

Ruarí da medio paso. Solo medio. Pero se interpone lo justo entre los hombres de ella y yo.

—Dijiste que decidirías tú qué hacer conmigo —le recuerdo, en voz baja, solo para él.

—Y lo decidí —contesta, sin mirarme—. Decidí que siguieras viva. Lo demás ya no depende de mí.

Lo cual, traducido, significa que la mujer del manto le gana y que a mí me llevan ante el laird que él lleva toda la noche intentando que yo no vea. Mi plan de tocar otro telar y largarme de este siglo apestoso antes del desayuno tendrá que esperar.

Los hombres de la tía me flanquean. Salimos al recinto y, mientras cruzamos el barro hacia la construcción más grande del conjunto, la única con dos plantas y luz tras las ventanas, la tía de Ruarí afloja el paso lo justo para ponerse a mi altura y me dice algo en voz tan baja que ni sus propios hombres lo oyen.

—No eres la primera que cae en esa ladera, muchacha. —No me mira al decirlo—.A la otra la enterramos.