CAPÍTULO CUATRO
La palabra cae entre los dos y se queda ahí, ocupando más sitio que cualquiera de los sacos.
Yo esperaba una reacción. Un golpe en la pared, una maldición en gaélico, algo a lo que reaccionar. En cambio veo a un hombre recibir la peor noticia posible y decidir no concederle a su cara el lujo de demostrarlo. Solo se le queda muy quieta la mano que tenía apoyada en el borde del saco.
—Léelo entero —dice—. Despacio. Y no te saltes nada.
Así que lo leo entero, despacio, traduciendo del latín sobre la marcha.
Es una carta. Va dirigida a un tal señor de Lorne y la firma un hombre que, por el cargo que se atribuye, sirve a la corona inglesa en algún puesto de frontera.
El contenido es una felicitación y una confirmación: el remitente celebra que «el laird Domhnall» haya dado su palabra de mantener cerrado su valle al paso de las tropas del rey escocés, de no acudir a la llamada de Bruce cuando llegue, y de hacer la vista gorda mientras los hombres del rey inglés crucen sus tierras camino del norte.
A cambio se le promete conservar su título, sus pastos y la cabeza de su hijo sobre los hombros.
Llego a esa última parte y levanto la vista, porque no hace falta ser historiadora para atar el cabo, aunque dé la casualidad de que casi lo soy.
—Domhnall —digo—. El laird. Es tu padre.
No es una pregunta y él no se molesta en confirmarlo.
—Y tú eres el hijo cuya cabeza, según esta carta tan amable, sigue en su sitio gracias a que tu padre ha vendido el valle al rey de Inglaterra.
—Dejo el pergamino sobre el saco con más cuidado del que merece—.
Vaya. Acabo de aterrizar en la peor noche de mi vida y resulta que es también la peor de la tuya.
Hay quien diría que hacemos buena pareja.
—No digas esa palabra.
—¿Pareja?
—Padre. —Aparta la vista del documento, y por un momento la pose impasible se le resquebraja lo justo—.
Llevo tres días con esta carta cosida al jubón sin saber qué dice.
La intercepté antes de que llegara a manos del señor de Lorne.
Si lo que cuenta es verdad, mi padre ha traicionado a su rey y a su clan, y yo tengo en la mano la prueba que lo manda a la horca.
Si es mentira, alguien se ha tomado muchas molestias para hacérmelo creer.
Y ahí, en esa última frase, mi cerebro hace algo que llevaba diez meses sin hacer: ponerse a trabajar de verdad.
Porque «alguien se ha tomado muchas molestias» es, traducido a mi oficio, la definición exacta de una falsificación.
Y las falsificaciones son lo mío. Es la única materia en la que tengo un doctorado práctico, pagado a precio de hundirme la vida, así que lo menos que puede hacer ahora es servirme de algo.
—Déjame mirarlo otra vez —digo—. Pero mirarlo de verdad, no leerlo.
Arruga el ceño sin entender la diferencia, y es comprensible, porque para casi todo el mundo un documento es lo que pone y se acabó. Para mí un documento es sobre todo un objeto, y los objetos mienten peor que las personas si una sabe dónde apretar.
Acerco la lámpara. Inclino el pergamino para que la luz le entre de lado, en rasante, y empiezo por donde empiezo siempre: el soporte.
La piel está bien curtida, buena calidad, nada que objetar.
La tinta es lo siguiente. Paso la yema por encima de un par de letras y compruebo que ha mordido la fibra como debe, sin brillos raros ni capas superpuestas. Hasta aquí, un documento honrado.
Y entonces llego al sello.
—¿Tienes algo escrito por el remitente que sepas que es auténtico? —pregunto—. Otra carta suya, una orden, lo que sea. Necesito comparar.
—Tengo un salvoconducto inglés de hace dos inviernos. ¿Por qué?
—Tráelo.
Sale y me quedo a solas con la carta y con la sensación, cada vez más nítida, de que algo en ella no me gusta.
Mientras tanto echo un vistazo al almacén buscando algo de comer, porque sigo en ayunas desde el siglo XXI y el cuerpo ha empezado a presentar quejas formales.
Encuentro un saco abierto de algo que podría ser avena.
Meto la mano, me llevo un puñado a la boca y descubro que la avena cruda del siglo XIV sabe exactamente igual que la del mío, es decir, a nada con textura desagradable, lo que me consuela y me deprime a partes iguales.
Vuelve con un segundo pergamino. Lo extiendo junto al primero, pongo los dos sellos uno al lado del otro y me inclino sobre ellos con la lámpara hasta casi rozarlos con la nariz.
Tardo menos de un minuto en verlo.
—El sello de la carta que te quita el sueño es bueno —digo, sin levantar la cabeza—.
Muy bueno. El dibujo es correcto, la cera es del color correcto.
Pero lo han estampado con el molde frío.
¿Ves este reborde que sobresale? Cuando la cera está a la temperatura justa y el sello se hunde como debe, el borde queda limpio.
Aquí está agrietado, porque apretaron sobre cera ya medio cuajada para que la imagen saliera nítida.
—Señalo el salvoconducto—. En el auténtico, mira, el borde está liso.
Quien hizo tu carta tenía el molde verdadero, o una copia excelente.
Pero no sabía usarlo, o no se atrevió a calentar la cera dos veces por miedo a estropearlo.
Me incorporo. Él me observa con una expresión nueva, y no sabría decir si es respeto o sospecha. Lo más sensato por su parte serían las dos cosas.
—¿Qué significa eso? —dice.
—Significa que tu padre, probablemente, no ha traicionado a nadie.
—Dejo que lo asimile medio segundo—. Y significa algo bastante peor, si te paras a pensarlo.
Para falsificar este sello hace falta el molde verdadero del rey de Inglaterra, o un contacto que lo tenga.
Para imitar la letra de cancillería hace falta haber visto cartas reales.
Y para saber el nombre exacto de tu padre, el de tu valle y hasta lo de tu cabeza sobre los hombros, hace falta conocer este clan por dentro.
—Toco el pergamino con un dedo—. Esto no lo ha escrito un enemigo de fuera para hundir a Domhnall.
Lo ha escrito alguien que os conoce, que sabía que la carta acabaría en tus manos y que contaba con que te lo creyeras.
La pregunta no es si tu padre es un traidor.
La pregunta es quién de los tuyos quería que tú lo creyeras.
No contesta. Se queda mirando los dos sellos, y veo el momento exacto en que la idea se le instala dentro y empieza a repasar nombres, caras, lealtades, todas las personas en las que ha confiado esta semana sin pensarlo.
Estoy a punto de soltar alguna agudeza para rebajar la temperatura del momento cuando la puerta del almacén se abre de golpe sin que nadie haya llamado.
No es el armario, ni ninguno de los cuatro de la ladera.
Es una mujer. Mayor, erguida, envuelta en un manto oscuro, con unos ojos que me localizan en menos de un parpadeo y una frialdad que no le he visto a nadie ni en este siglo ni en el mío.
Detrás de ella, dos hombres armados que no son del guapo, porque a los de él ya empiezo a distinguirlos y estos miran a su jefa, no al mío.
Se pone tenso de una manera que no le había visto en toda la noche, y eso, viniendo de él, me asusta más que las espadas.
—Llegas tarde para esconderla, muchacho —dice la mujer, sin dejar de mirarme a mí—. Ya sé que la tienes. Y sé lo que cayó del cielo anoche en la ladera del este. —Da un paso dentro del almacén—. ¿Por qué no me lo has contado?