Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

Bajamos hacia la empalizada con mis muñecas atadas por delante y un hombre del tamaño de un armario sujetándome del codo, por si me da por correr.

No me da. No tengo adónde, y las zapatillas, ya encharcadas, han renunciado a toda función que no sea la decorativa.

A mitad de cuesta meto el pie en algo blando y tibio que prefiero no identificar, y el armario tiene la delicadeza de no comentarlo, cosa que le agradezco más de lo que pienso confesarle nunca.

El interior es peor que el exterior, y yo habría jurado que eso era matemáticamente imposible.

Cruzamos la puerta y entramos en un recinto de barro pisado donde conviven, en aparente armonía y con un desprecio absoluto por la sanidad más básica, personas, perros, gallinas y al menos una cabra que me dedica una mirada de superioridad moral que no creo merecer todavía.

El humo de las hogueras lo cubre todo y se queda flotando justo a la altura de mi cara, porque la chimenea con buen tiro aún no ha hecho su gloriosa entrada en la historia de la arquitectura.

Me lloran los ojos. Toso dos veces y nadie se inmuta.

Para ellos esto no es una emergencia respiratoria. Es ambiente.

La gente se aparta a nuestro paso. Me observan con una mezcla de recelo y curiosidad que reconozco muy bien, porque es la misma con que me ha mirado medio Edimburgo estos últimos diez meses.

Hay un consuelo raro, casi tierno, en comprobar que a setecientos años de distancia la especie sigue mirando igual a la sospechosa de turno.

Una niña descalza, pese al frío, señala mis pies y le pregunta a su madre qué es eso.

La madre la calla de un tirón y se la lleva, no sin antes echarme una ojeada que deja claro que unas zapatillas fucsias con suela de gel son la prueba más sólida hasta la fecha de que soy algún tipo de bruja.

Me llevan a una construcción baja de piedra, una especie de almacén con sacos contra las paredes, cuerdas colgadas de ganchos y un olor a grano húmedo que, después del bouquet general del recinto, casi me parece un detalle de bienvenida.

Me sientan en un banco. El armario se planta en la puerta con los brazos cruzados, recordándome con su sola silueta que mis posibilidades de fuga siguen en cero.

Y aquí, a solas con el desastre, hago lo que llevo media hora aplazando con notable disciplina: acepto la hipótesis tres.

Nadie me ha drogado. Podría estar soñando, pero los sueños no huelen, y desde luego no huelen a esto.

Así que he tocado un telar del siglo XIV con la mano desnuda y el telar, por arte de una magia en la que hace tres horas no habría creído ni borracha, me ha mandado al siglo XIV entero, con sus gallinas, sus cabras y su inconfundible aroma a mierda fresca.

He leído sobre esto, claro. He visto las películas, me he tragado las novelas, me sé el repertorio: la piedra que canta, el círculo de menhires, la chica de ciudad que despierta en una cama con dosel junto a un highlander de buen ver.

Siempre me pareció un género encantador y profundamente inverosímil, de los que una disfruta sin creérselos ni medio segundo.

Viajar en el tiempo es imposible. Lo dice la física, lo dice el sentido común y lo digo yo, que tengo dos másteres.

Y sin embargo aquí estoy, en un almacén que apesta a grano húmedo, con las muñecas marcadas de cuerda, mientras media cabeza me repite que esto no puede estar pasando y la otra media le contesta, con bastante mala leche, que lo mire bien, que está pasando igualmente.

Lo asumo con una serenidad que más adelante atribuiré al shock.

La alternativa es ponerme a chillar en un almacén lleno de cereal, y no le veo el beneficio.

Lo que sí hago es ordenar lo que sé, porque saber cosas es lo único que me ha sacado de los apuros hasta ahora.

Estoy en las Tierras Altas, parece. Por la ropa, las armas y el estado general del conjunto, algún punto de la Baja Edad Media, probablemente entre el mil doscientos y el mil cuatrocientos.

El hombre que me ha traído manda lo bastante para que cuatro tipos armados se queden de piedra cuando levanta dos dedos, pero no lo suficiente para enseñarme al viejo sin pensárselo antes.

Es decir: hay una autoridad por encima de él, y mi existencia complica algo que ya venía complicado.

Y, según me recuerda el estómago, llevo sin comer desde una tarde que técnicamente todavía no ha sucedido.

Estoy a mitad de la lista cuando me levanto a inspeccionar el almacén, porque quedarme quieta nunca se me ha dado bien y porque, si voy a estar presa, al menos quiero saber en qué.

Los sacos son de grano y de lana sin cardar.

Las cuerdas no me sirven de nada. Entre dos piedras hay una rendija por la que entra aire helado y una luz gris que anuncia que en este siglo amanece igual que en el mío.

La puerta se abre cuando vuelvo al banco. Entra él.

Sin los otros. El armario, a una mirada suya, se retira y cierra desde fuera.

Quedamos los dos: yo sentada con las manos atadas, él de pie, ocupando la habitación entera sin esfuerzo aparente.

Trae una lámpara de aceite, y a su luz confirmo lo que la luna solo había sugerido: el problema de su cara no es que sea agradable.

Es que es directamente injusta. Hay personas a las que la naturaleza reparte de más.

Él se llevó la ración de tres o cuatro hombres que se quedaron sin nada y a estas horas andarán quejándose por ahí.

Me molesta que la pieza sea impecable, porque tengo asuntos más urgentes y mi cerebro insiste en dedicarle recursos que necesito para seguir viva.

Deja la lámpara sobre un saco. Saca un cuchillo.

Me corta las cuerdas.

—Si gritas —dice mientras lo guarda—, vuelven a entrar. Y conviene que no entren.

—No pensaba gritar. —Me froto las muñecas—. No es mi estilo. Soy más de quejarme por lo bajo durante semanas.

Me estudia un instante más largo de lo necesario, calibrando si la frase ha sido valor o idiotez. Yo tampoco lo tengo claro, así que estamos empatados.

—Tu ropa no es de aquí —dice—. Tu manera de hablar tampoco.

No hablas como las mujeres del sur ni como las del norte, y conozco a las dos.

Y apareces de noche en una ladera por la que no pasa nadie con la cabeza en su sitio.

—Una pausa—. Tengo hombres que arreglarían esto en un minuto. Dame un motivo para no dejarles.

Repaso mis opciones, que son pocas y todas malas. La verdad completa me deja como loca de atar. La mentira sencilla ya la he probado en la ladera y no coló ni medio metro. Me decido por la tercera vía: soltar verdades sueltas y dejar que él rellene los huecos a su gusto.

—No soy espía. No trabajo para nadie. Ni siquiera sé en qué territorio estoy, lo cual reconozco que como defensa es lamentable.

—Tomo aire—. Vengo de muy lejos. Más lejos de lo que estás dispuesto a creerte esta noche.

Y lo único que quiero es volver a casa, así que estorbar los asuntos de tu clan ocupa, te lo juro, el último puesto de mi lista.

Lo encaja sin mover un músculo de la cara, costumbre que empieza a sacarme de quicio, porque yo lo llevo todo escrito en el gesto desde que nací y me parece tramposo que exista gente capaz de no enseñar nada.

—Hablas como alguien con instrucción —dice al rato—. En una mujer, aquí, eso escasea.

—En mi tierra escasea menos. —Levanto la barbilla—. Tenemos otras carencias, no te creas.

Casi, casi se le mueve algo en la boca. No llega a sonrisa. Es la sombra de la posibilidad de una, y desaparece enseguida, pero la he visto, y me apunto el tanto en algún registro interno que más me valdría no estar llevando.

—¿Lees?

La pregunta cae tan de frente que tardo en responder.

—Sí. Leo. Es casi lo único que se me da bien sin supervisión.

Sale un momento. Vuelve con un rollo de pergamino que despliega sobre un saco, a la luz de la lámpara, y me indica con la cabeza que me acerque.

Lo hago, porque la curiosidad me sigue pesando más que la prudencia, defecto que ya me ha traído hasta este siglo y que, está visto, no pienso corregir ni aunque me cueste el pellejo.

El pergamino está en latín. Latín de cancillería, hinchado de fórmulas, con caligrafía cuidada y un sello abajo que mi oficio identifica antes incluso de leer: un documento oficial, redactado para que algo tenga peso de ley.

Lo leo entero. Lo leo una segunda vez, despacio, porque después de la primera me niego a aceptar lo que pone.

—¿Y bien? —dice—. Llegó hace tres días. Nadie en este valle lo lee completo, y los tres que juran saber latín me han dado tres versiones distintas, cada una más conveniente para quien la contaba. Quiero la verdadera.

Levanto la vista. Me observa con una atención nueva, afilada, y entiendo de golpe el motivo de todo: por qué no me ha entregado a sus hombres, por qué no me ha llevado ante el viejo, por qué el cuchillo ha cortado las cuerdas en vez de dedicarse a otra cosa.

Si sigo viva no es por compasión ni mucho menos por mi cara.

Es porque me ha encontrado una utilidad. Y la utilidad es esta.

El problema es lo que pone en el pergamino.

—Antes de traducírtelo —digo, y me sorprende lo firme que me sale la voz—, necesito saber una cosa. ¿El viejo del que hablabas arriba se llama Domhnall?, el que no quieres que me vea aún. ¿Es el que manda en tu clan?

Tarda en responder, y la demora ya me dice la mitad.

—¿Por qué lo preguntas?

Bajo la mirada al documento, a la línea que llevo dos lecturas intentando que diga otra cosa, y le doy la única respuesta honesta que me queda.

—Porque su nombre figura aquí. Y justo al lado, escrita con todas sus letras, está la palabra «traición».