Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Los números salen.

Es la conclusión a la que llego a las dos de la madrugada, sentada en el suelo del salón entre las cajas del caso, con la calculadora del móvil y un té que se enfrió hace una hora.

Tres meses fuera, cuatro si como regular y duermo en sitios con reseñas de dos estrellas.

Compro el billete a Lisboa con el pulso más firme del que dispongo en todo el día.

Sale el jueves. Me quedan dos días para empaquetar una vida que, vista desde el suelo, cabe en menos cajas de las que el orgullo me había hecho creer.

Lo que no consigo es dormir. El piso, con todo apilado y etiquetado, ha dejado de parecer una casa para parecer una sala de espera.

Hacia las tres me rindo, me pongo el abrigo encima del pijama y salgo a la calle sin ni siquiera cambiarme las pantuflas, porque he caído en la cuenta de que hay una cosa que no pienso dejar atrás: el estuche de herramientas que tengo desde la universidad, el juego de bisturíes y pinzas que me he llevado de un trabajo a otro durante doce años y que sigue en mi taquilla del taller.

Que el museo se quede con la reputación. Las pinzas son mías.

La tarjeta de acceso aún funciona. Nadie me la ha pedido, y yo, fiel a mi línea de no facilitar las cosas a quien me está hundiendo, no la he ofrecido.

El vestíbulo nocturno tiene esa paz de catedral apagada que siempre me ha gustado.

Bajo al sótano sin encender más que las luces de emergencia, porque conozco el camino con los ojos cerrados y porque encender la principal sería admitir que estoy haciendo algo que tendría que justificar.

El estuche está donde lo dejé. Lo guardo en la mochila. Podría irme ya. Debería, pero en vez de eso, me acerco al telar.

Es lo que tiene mi profesión: convierte la curiosidad en una enfermedad crónica.

Llevo días con esas inscripciones rúnicas metidas en algún pliegue del cerebro, molestando como una palabra que no terminas de recordar.

A esta hora, sin nadie que me vigile y sin un futuro profesional que proteger, ya no hay motivo para la prudencia.

Me quito el guante y paso la yema del dedo por el surco de la talla, despacio, leyendo el relieve como se lee braille.

No reconozco el alfabeto. Y eso, después de tantos años trabajando con esto, es lo bastante raro como para que me incline más cerca y apoye la palma entera sobre la madera.

Lo siguiente que sé es que el suelo ha desaparecido.

Más que caer, es como si alguien agarrara el mundo por una esquina y le diera un tirón seco.

La oscuridad del sótano se vuelve otra oscuridad, una con textura, con un frío que no es el del aire acondicionado sino el del exterior en mitad de la noche.

El estómago se me sube a un sitio donde no debería estar y cierro los ojos por puro instinto.

Cuando los abro, estoy de rodillas sobre hierba mojada.

Mi primera reacción no es el miedo. Es la indignación.

Porque lo primero que me llega, antes incluso de entender dónde estoy, es el olor, y el olor es sencillamente inaceptable.

Huele a humo de leña, a animal mojado, a barro, a algo que se está pudriendo a media distancia y a personas que llevan mucho tiempo sin tener una relación cordial con el agua caliente.

Es un olor con cuerpo. Un olor que se agarra a la pituitaria.

Me incorporo. Estoy en una ladera, de noche, bajo un cielo sin una sola luz artificial en ningún punto del horizonte, lo cual no había visto en mi vida porque he sido una criatura de ciudad desde el primer día.

Hay una empalizada de madera más abajo, y detrás unas construcciones bajas de piedra y techo de paja de las que sale humo.

No hay carretera ni farolas ni el zumbido de fondo al que llevo treinta y seis años tan acostumbrada que solo lo noto ahora, por su ausencia.

Repaso las hipótesis en orden de probabilidad decreciente.

Una: alguien me ha drogado y me ha abandonado en una recreación histórica de las afueras de Edimburgo, lo cual es absurdo pero menos absurdo que el resto.

Dos: estoy sufriendo algún tipo de episodio y nada de esto es real, en cuyo caso lo más práctico es seguirle la corriente a mi propio cerebro hasta que se calme.

Tres, la que no quiero mirar de frente: el telar…

Estoy todavía decidiendo cuál de las tres me ofende menos cuando oigo voces.

Vienen de la izquierda, entre los árboles, y se acercan.

Son voces de hombres, y hablan en una lengua que reconozco de oído por mi trabajo —gaélico, gaélico antiguo— y que no debería entender, porque mi gaélico se limita a saber pronunciar tres topónimos y pedir una cerveza.

Pero las entiendo. Entiendo cada palabra como si me las dijeran en castellano, y esa es, con diferencia, la cosa más aterradora que me ha pasado en una noche que ya venía cargada.

«Por aquí. Te digo que he visto algo.»

No tengo dónde esconderme. La ladera está pelada y la única dirección que no me acerca a las voces me acerca a la empalizada, que tampoco parece un comité de bienvenida. Así que hago lo único razonable, que es quedarme muy quieta y muy callada y confiar en que la oscuridad haga su trabajo.

La oscuridad no hace su trabajo.

Salen de entre los árboles cuatro hombres, y el primero me localiza en menos de dos segundos.

Lo que pasa después ocurre deprisa: una orden corta, los cuatro abriéndose en semicírculo y el metal saliendo de las vainas con un sonido que no necesito traducir.

En la oscuridad no distingo gran cosa salvo que son grandes, que van armados y que ninguno parece de humor para resolver malentendidos.

Y entonces se adelanta el quinto, que venía detrás, y que es a quien los otros cuatro miran antes de hacer nada.

Voy a ser honesta, porque mentir a estas alturas no tiene sentido.

En mitad del peor cuarto de hora de mi vida, con cuatro espadas apuntándome y el olor a oveja mojada metido hasta el cerebro, mi atención —que debería estar dedicada por completo a no morirme— se desvía un instante entero hacia el hecho de que el hombre que acaba de plantarse delante de mí es, sin discusión posible, la criatura mejor construida que he visto nunca de cerca.

Lo evalúo con el mismo ojo con que evalúo una talla: proporciones, equilibrio, ejecución.

Y la talla es impecable. Es alto de una manera que no resulta de la postura sino de los huesos, y se mueve con la economía de quien no ha desperdiciado un gesto en su vida.

La cara, lo que la luna me deja ver de ella, está hecha con un criterio que el resto de este lugar no parece compartir: nada sobra, nada falta.

Tiene las manos quietas sobre el pomo del arma, y son manos que han trabajado, y por algún motivo eso es lo que me termina de descolocar.

Es, literalmente, lo único bueno que hay en este sitio. Todo lo demás huele mal, está sucio, me quiere matar o las tres cosas a la vez.

Él no me devuelve el cumplido. Me observa, sin prisa, recorriéndome de arriba abajo —la mochila, el abrigo sobre el pijama, las pantuflas empapadas— con una calma que da mucho más miedo que las espadas de sus hombres.

Cuando habla, lo hace en voz baja, y la voz encaja con el resto de su cuerpo, lo cual me parece de un mal gusto considerable por parte del universo.

—¿Quién eres? —dice—, ¿y quién te ha enviado?

Que lo entienda no significa que sepa qué responder. «Creo que vengo de otro siglo» no es una frase que vaya a mejorar mi situación. «No me ha enviado nadie» es cierto, pero suena exactamente a lo que diría alguien a quien sí han enviado.

—Me he perdido —digo, que es la mentira más estúpida posible y, técnicamente, la verdad más exacta de mi vida.

Uno de los hombres dice algo entre dientes, una palabra que el cerebro me traduce sin permiso como espía, y los otros se remueven.

El de delante levanta apenas dos dedos de la mano que tiene libre y todos se quedan inmóviles.

No grita, y que no le haga falta gritar me dice más sobre quién manda aquí que cualquier insignia.

Vuelve a mirarme. Algo cambia en su cara, una decisión que toma sin consultar a nadie, y no parece una decisión que vaya a gustarme.

—Nadie se pierde en esta ladera de noche —dice—. A esta ladera se viene a una sola cosa.

Da un paso hacia mí. Yo doy uno hacia atrás por instinto, y descubro que detrás ya no hay ladera, sino el pecho de uno de sus hombres, que me ha rodeado por la espalda sin que lo oyera.

—Atadle las manos —ordena, sin dejar de mirarme—. Viene con nosotros.

Y mientras unas manos que no son las suyas me sujetan las muñecas, él añade una última frase, en voz aún más baja, casi para sí:

—Y que no la vea el viejo hasta que yo decida qué hacemos con ella.