Una forastera en las Tierras Altas CAPÍTULO UNO
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Una forastera en las Tierras Altas

Una forastera en las Tierras Altas

Por Morgan Garo

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Llevo dieciocho minutos mirando una fotografía de mis propias manos.

Y mis manos están encima del informe de autenticación, avalando treinta y dos mil euros que alguien quiere ahora de vuelta.

La inspectora Torres me lo explica con la paciencia de quien ha repetido lo mismo cinco veces esta semana y ya ni se molesta en enfadarse.

Lo hace desde el otro lado de la mesa del despacho de la directora, que me observa desde un rincón calculando en tiempo real cuánto le va a costar esto al museo.

—¿Tiene algo que declarar?

Tendría bastante que declarar. Que llevo seis años aquí.

Que he autenticado más de doscientas piezas sin una sola queja.

Que tengo dos másteres y un historial impecable hasta hace exactamente diez meses.

Y que Marcos Vidal me puso una falsificación búlgara entre las manos llamándola hallazgo de primera categoría, y me la tragué entera porque Marcos llevaba quince años siendo la única persona del mundo de la que me fiaba sin pedir comprobantes.

Lo que digo en voz alta es:

—¿Puedo ver el resto de documentos?

Hay más, claro que hay más. Tres piezas con mi nombre y dos facturas de comisión firmadas con una rúbrica que es la mía pero que no recuerdo haber hecho.

Lo cual deja dos opciones: o me mienten, o Marcos practicó mi firma hasta clavarla.

Y como lleva dos meses sin coger el teléfono y su piso de Leith está vacío desde octubre, la primera opción va perdiendo fuelle por momentos.

—¿Desde cuándo ocurre esto?

—Confirmado, unos cuatro años.

Hago la cuenta sin decir nada. Cuatro años en los que dormí a su lado, cené con él cada domingo, le presté dinero para tapar un descubierto y discutimos sobre cuándo tocaba montar el árbol de Navidad.

Yo creía que éramos los dos contra todo lo demás.

Era el pacto que firmamos sin papeles a los trece años, en el segundo piso de un edificio gris a las afueras de Glasgow que llamaban hogar de acogida y que de hogar tenía más bien poco.

El Hogar Infantil San Andrés tenía radiadores que funcionaban cuando querían y una cocinera que servía macarrones con tomate cuatro veces por semana.

Tenía una sala con un sofá hundido donde nos amontonábamos en invierno porque era el sitio más caliente de la casa, y un patio de cemento donde los mayores movían una economía sumergida de chicles y cromos que nunca llegué a entender, seguramente porque a los trece yo prefería los libros, afición que no me convirtió precisamente en la reina del recreo.

Marcos llegó un enero con catorce años, una mochila pequeña y cara de no entender nada.

Me pareció que alguien tenía que explicarle las reglas no escritas antes de que metiera la pata, así que se las expliqué yo.

Escuchó, asintió y al terminar me preguntó por qué llevaba yo tanto tiempo allí.

Nadie me lo había preguntado así, a bocajarro.

Le dije la verdad, que no lo sabía, y él contestó que tampoco entendía muy bien por qué seguía en el mundo, y acto seguido quiso saber si había visto el partido del sábado.

No lo había visto. Seguimos hablando de cualquier otra cosa y, de algún modo, no paramos en veintidós años.

Nos hicimos inseparables como se hacen inseparables los que no tienen a nadie más: mitad cariño de verdad, mitad supervivencia bien organizada.

Elegimos la misma carrera, historia del arte, porque a los dos nos tiraba el pasado.

Él decía que le gustaba porque ya no podía sorprenderte; yo, que tenía más sentido que el presente, aunque por entonces el presente competía en una liga bastante baja.

Salimos del San Andrés con una beca cada uno y la promesa de no separarnos.

Nos hicimos pareja años después, sin pedida ni nada, una tarde de lluvia en que coincidimos en que ya lo éramos y convenía ponerle nombre.

Acabamos en el mismo museo. Y en algún momento él empezó a traerme piezas para que las certificara.

El final de la historia lo tengo delante, en una carpeta con membrete de la policía.

—Señorita Olave —insiste Torres—, ¿sabía que las piezas eran falsas cuando emitió los informes?

—No.

—¿Mantiene contacto con el señor Vidal?

—Desde el quince de octubre, no. Me dejó un mensaje diciendo que necesitaba tiempo y que ya hablaríamos. —Hago una pausa—. Intuyo que no vamos a hablar.

La directora emite un ruido desde su rincón. No llega a ser una tos. Suena más bien a alguien sumando la minuta de un abogado.

Me ponen delante una suspensión temporal de funciones mientras dure la investigación.

Traducido: no me echan, pero preferirían no cruzarse conmigo por los pasillos, y si la cosa acaba mal me rescindirán el contrato con la rapidez justa para salpicar lo menos posible el nombre de la casa.

Firmo donde me señala el dedo. Me dan una copia, la guardo en el bolso entre el billete de metro del lunes y un chicle sin envolver que vive ahí desde noviembre, y salgo.

El pasillo está casi vacío a las seis de la tarde. Una técnico de sala me ve venir y resuelve el dilema de saludarme o no mirando con muchísimo interés un panel informativo que lleva tres años en la misma pared. La entiendo. Yo haría igual.

Bajo, salgo por la puerta de personal y me siento en los escalones traseros. El aire de Edimburgo en febrero te recuerda que al clima le da exactamente igual cómo te haya ido el día, y esta tarde, no sé por qué, casi se agradece.

Saco el teléfono. Dieciséis llamadas perdidas.

Siete de números desconocidos que serán periodistas, abogados o un híbrido de las dos cosas.

Cuatro de Patricia, la única amiga que todavía no tiene órdenes de evitarme, aunque las tendrá en cuanto sus jefes se lo sugieran con tacto.

Dos del casero, que habrá leído algo en la prensa y querrá confirmar que sigo pudiendo pagarle.

Y una de un número de Glasgow que tardo medio minuto en reconocer: el bufete que me tramitó los papeles de una herencia inexistente cuando cumplí los dieciocho, y que desde entonces solo llama para felicitar las fiestas.

No devuelvo ninguna. Miro la pantalla hasta que se apaga sola.

Lo que siento es algo difuso e incómodo que en otras circunstancias llamaría tristeza, pero hoy no me apetece ponerle nombre.

Tengo práctica. La primera vez fue a los ocho años, cuando la familia que iba a recogerme en Navidad no apareció.

Aprendí entonces lo que duele ajustar cuentas con la realidad y, sobre todo, lo que tarda en dejar de doler.

Lo malo de esta versión es que no sé a dónde se supone que tengo que volver cuando deje de hacerlo.

El teléfono vibra otra vez. Patricia. Lo devuelvo al bolsillo.

No es la primera vez que pienso en marcharme. Es, tirando por lo bajo, la cuadragésima.

El mes pasado estuve a punto de hacerlo en serio.

Un martes me pasé cuarenta minutos con la web de la aerolínea abierta, el vuelo a Lisboa elegido, la tarjeta metida hasta el último dígito y el cursor quieto encima del botón de confirmar.

No lo pulsé porque me pregunté qué iba a hacer en Lisboa sin trabajo, sin dinero y sin un alma que me conociera, y la respuesta me gustó tan poco que cerré el portátil.

La búsqueda no la borré. La he repetido tantas veces que el navegador me propone el destino en cuanto tecleo la primera letra.

Lisboa primero. Luego Dublín. Y una noche especialmente baja, Oporto, sin razón ninguna, porque allí no conozco a nadie y por lo visto llueve casi tanto como aquí.

El destino es lo de menos. Llevo semanas calculando cuánto tardaría en desaparecer si me decidiera.

He hecho los números: con lo que me queda aguanto tres meses fuera, cuatro si como mal y duermo en sitios peores.

No tengo familia a la que avisar ni plantas que regar.

La única persona que notaría mi ausencia de inmediato es el casero, y solo el día uno de cada mes.

Construyes la vida entera alrededor de una persona, esa persona le prende fuego y se larga, y lo que queda es una mujer a la que, técnicamente, nada la ata a ningún sitio.

Si no me he ido todavía es por pura cabezonería: marcharme sería como confesar una culpa que no tengo. Pero la dignidad sale cara cuando es lo único que te queda, y esta tarde, con la acusación doblada dentro del bolso, ya no tengo tan claro que quedarme merezca la pena.

Me levanto cuando el frío aprieta. Vuelvo a entrar porque me faltan cosas del taller, y al cruzar el pasillo de las colecciones medievales reconozco que esta parte sí voy a echarla de menos: la calma de después del cierre, las vitrinas con su luz baja, la sensación de que aquí dentro el tiempo va a otro ritmo que en la calle.

Un sentimentalismo absurdo, tratándose de un empleo que acaba de costarme la reputación, la pareja y, casi seguro, la carrera.

Bajo al sótano de restauración. Meto en la mochila la chaqueta, las herramientas y el libro que arrastro desde enero sin pasar de la página treinta y dos porque me duermo siempre en el mismo párrafo.

Antes de salir me paro delante de la adquisición reciente: un telar a medio conservar, datado a ojo entre los siglos XIV y XV, sin procedencia documentada y con unas inscripciones rúnicas talladas en el marco que no encajan con ningún repertorio que yo conozca.

El expediente sigue virgen desde que llegó.

El presupuesto de catalogación lleva tres meses congelado y hay urgencias mayores, que a partir de hoy incluyen, casi seguro, encontrar un abogado que no cobre doscientas libras la hora.

Apago la luz.

Esta noche, decido mientras subo la escalera, hago los números una vez más. Si salen, mañana compro el billete y se acabó darle vueltas. Lisboa, Dublín, el primer sitio cuyo nombre no sepa pronunciar nadie de mi vida actual.

Lo que no sé todavía, mientras cierro la puerta del museo y echo a andar bajo la llovizna, es que el sitio al que voy a acabar mudándome no sale en ninguna aerolínea.