Una forastera en las Tierras Altas EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cuatro años después, he dejado de contar los días. Para mí, esa es la prueba más clara de que algo cambió de verdad. Antes lo contaba todo, incluso los pasos hacia los lugares de los que quería huir. Un día dejé de hacerlo, porque ya no voy hacia ningún sitio del que necesite escapar.

El valle no es un paraíso. Nunca lo fingí.

Hace un frío que se mete en los huesos, el invierno es largo, y hay cosas de mi siglo que echo de menos con una precisión que duele —el agua caliente, sobre todo; el café; una buena luz para trabajar de noche—.

Pero he aprendido a restaurar con las herramientas de aquí, que no son tan distintas de las que me traje, y resulta que una mujer que sabe devolverle la vida a la madera vieja y al metal oxidado tiene su sitio en cualquier siglo.

La gente del valle dejó de llamarme la forastera hace tiempo.

Ahora me llaman por mi nombre, y a veces, las viejas, «la mujer de Ruarí», y he decidido que esa también me vale.

Beathag murió el segundo invierno, de vieja y en su cama, que para una mujer como ella es morir ganando.

Me dejó el cuaderno de Aldana, que ya no necesito para volver a ningún sitio, y que guardo por lo que es: la voz de la primera mujer que cayó, la que se quedó por amor y lo llamó error.

Yo me quedé por amor y no lo es. Esa es la única discusión que me habría gustado tener con ella, y la única que no podré tener nunca.

Tenemos dos hijos.

La mayor tiene tres años, el pelo rojo de su padre y la cabeza dura de su madre, y se llama Aldana, porque alguien en este valle tenía que llevar ese nombre sin miedo, y porque le debo a una muerta el haber llegado yo entera.

El pequeño tiene meses, berrea como un clan en guerra, y Ruarí lo pasea por la noche cuando no hay quien lo duerma, hablándole de las estrellas en su gaélico bajo, enseñándole a leer el cielo antes de que sepa andar, igual que se lo enseñó a Coinneach, que ya es un hombre y lleva las cuentas del valle como las llevaba el pobre Cormac, solo que este va a morirse viejo.

De Domhnall no sé nada, y no sabré nunca.

Lo dejé en un siglo que no es este, en una jaula limpia y amable de la que no saldrá, y a veces, en las noches claras, soy yo la que mira el cielo más tiempo del necesario, no buscándolo a él, sino pensando en lo que hice.

No me arrepiento. Pero me pesa, y dejo que me pese, porque Ruarí tenía razón aquella mañana en mi cocina: el día que deje de pesarme, seré como él.

Así que lo sostengo. Es la diferencia entre los dos, y pienso conservarla.

Ruarí entra ahora mismo por la puerta de nuestra casa, con turba para el fuego y la pequeña Aldana dormida sobre el hombro, y esa cara suya que dejó de ser una muralla el día que cruzamos juntos y no volvió a serlo nunca.

—Hace frío esta noche —dice, en el castellano torpe que se empeñó en aprender porque es mi lengua, con las erres largas y los artículos donde no van—. ¿Vienes a mirar las estrellas?

Y yo dejo el trabajo, cojo al pequeño, que protesta medio dormido, y salgo con mi familia a mirar un cielo sin una sola luz artificial en todo el horizonte, el mismo que una noche de febrero me dio el miedo más grande de mi vida y que ahora, cada noche, me dice que estoy exactamente donde elegí estar.

Que es, al final, lo más parecido a un hogar que he tenido nunca.

FIN