Lucía
Lucía
I ntento entrar sin hacer ruido. La casa está en silencio. Ya son las seis. Puede que estén durmiendo la siesta para pasar las horas de calor.
Odio esta casa, cada rincón, incluso mi habitación y mi sala de estar, de las que me sentía tan orgullosa. Era mi apartamento, el lugar donde he pasado los últimos años de mi vida. Aquí creció mi hija, fue donde le pude dar un hogar cuando no nos teníamos más que a nosotras mismas.
Nunca pensé que podía llegar a odiar a Martha, ni a Thomas, incluso a Felicitas. A Penny la mataría con mis propias manos porque es más que odio lo que siento por ella.
Pero la culpa de cómo es la tiene Felicitas, que nunca ha sabido ser madre, y también Martha y Thomas. Ellos se creen superiores. Nos ven a los demás como simples seres mortales.
Son egoístas y vanidosos. Lo sabré yo. Creen que tienen que ser de una determinada manera: los más liberales, los más modernos, los más rompedores.
Todo lo que les rodea es una mierda, menos ellos.
Los límites son cosa del pasado. Ahora se trata, dicen, de ser lo que uno siente que es.
La vida está ahí y solo hay que salir a cogerla, cueste lo que cueste, pase lo que pase.
Ahora los odio, sí, pero durante muchos años los he querido, sobre todo a Martha.
Siempre fue generosa conmigo. Claro que le convenía.
Sin mí esta casa no habría funcionado. Yo he sido quien ha logrado que pareciera un hogar.
Ella se ha construido una imagen de mujer fría e indiferente, pero sé que sufre cumpliendo años, cada año es como una puñalada en la tripa.
En alguna ocasión la he sorprendido observándose en el espejo.
Su mirada reflejaba la repugnancia que sentía por su cuerpo envejecido.
No hace mucho fue al centro de belleza en el que trabaja su cuñada Irene, y le pusieron hilos tensores en los brazos.
Estaba obsesionada con las arrugas. No dejaba de quejarse: «Mis brazos ya no son como las alas de un cisne, sino de un murciélago».
Yo intentaba restarle importancia, pero la realidad es la que es: sus brazos son los de una vieja, tienen manchas y arrugas, aunque los mantenga delgados.
También se ha quitado algunas manchas de las piernas.
Me alegro de que le duelan y las tenga hinchadas.
Se cree muy lista, pero todos nos hemos dado cuenta de que ha intentado retrasar el viaje de Thomas a Boston tentándole con conocer a Juan Luis Arsuaga.
El pobre Enrique tuvo que pedir el favor a esa amiga suya paleontóloga. Y como Martha se cree que basta que quiera algo para tenerlo, puesta a pedir, pidió que también fuera Juan José Millás.
Enrique no lo consiguió o a lo mejor es que ni lo intentó. Puede que se inventara que Millás estaba resfriado y con tos. Martha no se lo creyó, pero Pablo echó una mano diciendo que en verano mucha gente se constipa por el aire acondicionado.
Claro que Martha se salió con la suya y logró que Thomas conociera a Arsuaga.
Con eso le ha retenido unos días, pero no le ha servido de nada.
Su marido está harto de ella. Otro egoísta.
Parece buenecito, pero va a lo suyo. «Lucía, buenos días, hoy tiene usted un aspecto formidable, ¿cree que me podría planchar la camisa verde?
». Y, claro, yo le planchaba la camisa verde, la azul o la que me pidiera. Menudo hipocritón.
Rosa quiere denunciarlos. Mi hija dice que si no lo hacemos seré cómplice de ellos por permitir lo que Penny le ha hecho a Luz. Le he jurado que les voy a hacer pagar por lo que han hecho. Lo haré, no me importa el precio. Pagarán, claro que pagarán.
Mi nieta está traumatizada, no deja de llorar y cada dos minutos quiere ducharse. Dice que se siente sucia por lo que ha hecho con Penny y cree que la manera de arreglarlo es restregándose el cuerpo.
¿Cómo he podido estar tan ciega? ¿Cómo he podido quererlos?
Hace tiempo que debería haber prohibido a Luz ser amiga de Penny, o al menos verse con ella.
No es que Penny la llamara a menudo, solo cuando se aburría o sus amigos pasaban de ella, pero aun así he permitido que mi nieta corriera peligro.
Penny es una pervertida. Esa niña lleva haciendo cosas raras desde que era pequeña para llamar la atención.
A Felicitas ser madre la superaba, y Martha tampoco estaba por la labor de ser una abuela como Dios manda.
En cuanto a Thomas… Sí, es un hipócrita, siempre tan amable, tan correcto, el más liberal de todos.
Él, un profesor de Harvard, tenía la obligación de estar atento y abierto a las ideas nuevas, a las reivindicaciones de las minorías que tanto han sufrido por las imposiciones de las mayorías.
Pero esa actitud no le impedía aceptar que le hiciera la cama, le lavara sus camisas y limpiara los pelos que caen en el lavabo cada vez que se peina.
Alguna vez he estado tentada de preguntarle si yo formo parte de la minoría o, en realidad, el que es minoría es él y quienes piensan como él.
He sido la esclava contenta de serlo, la que se ha conformado con servirle agradecida por sus buenos modales.
De los cuatro es el peor, porque el egoísmo de Martha es evidente, pero también es capaz de ser generosa sin hacer alarde de ello.
Mientras que Thomas es un hipócrita que envuelve su egoísmo en modales de profesor despistado que está por encima del bien y del mal.
De Felicitas solo puedo decir que es rematadamente idiota, pero su idiotez no llega a ignorar las perversiones de su hija. No, tampoco es inocente.
He procurado no hacer ruido hasta llegar a mi habitación. Voy a llamar a Rosa para decirle que he venido a recoger mis cosas, que tardaré, y que si se me echa el tiempo encima, me quedaré a dormir en el que ha sido mi cuarto y regresaré mañana.
Sé que Rosa nunca me perdonará lo que Penny le ha hecho a Luz, aunque me ha ofrecido quedarme a vivir con ellas. Pero sé que no podrá soportar mirarme sabiendo que no he sido capaz de proteger a su hija.
Soy culpable y mi culpa no es menor que la de Thomas, Martha y Felicitas, tampoco que la de Penny.
No tengo perdón. Si me fuera a confesar con Pablo, seguramente me diría que Dios todo lo perdona, que he sido débil, que no quería mirar de frente a la realidad.
Pero yo sé la verdad. Sé cuál es mi culpa y sé que tengo que pagar por ella en el cielo, pero también en la tierra.