Martha
Martha
S e habían equivocado. Thomas y ella tenían que aceptarlo.
Se habían equivocado con la educación de Felicitas y mucho más con la de Penny.
En realidad, no las habían educado a ninguna de las dos.
Thomas era un «creyente» de Rousseau. ¿Cuántas veces la había intentado convencer de la bondad intrínseca del ser humano?
¿Cuántas «conferencias» le había dado sobre cómo la sociedad es la que corrompe a los seres humanos?
Ella le escuchaba atónita por su ceguera ante la condición humana y a él le molestaba su escepticismo.
«Hay que cambiar la sociedad», insistía su marido, y ella le replicaba que cuando supiera cómo, se lo contara.
Pero ¿tenía razón Thomas? ¿Era la deriva de la sociedad actual, donde no hay más límite que la propia voluntad, la que había llevado a Penny al desastre?
¿O quizá la culpa era exclusivamente de ellos por no haberle puesto algunas barreras?
¿Habían fracasado en su obligación de inculcarle unas normas que pusieran freno a su inmadurez?
¿Era Penny el «buen salvaje» malogrado por la sociedad cuyo valor principal es que uno tiene derecho a todo sin más límites que su voluntad?
No, no podían achacar a Penny toda la responsabilidad de lo sucedido.
Y no es que la hubieran dejado actuar a su antojo por miedo a que los consideraran retrógrados, sino por convicción, y eso era lo peor.
Fuera la naturaleza del ser humano o fuera la sociedad, lo cierto es que Penny era fruto de un fracaso, de su fracaso como abuelos.
Quizá pensaban que Penny sería como Felicitas.
Su hija había sido una niña tranquila y obediente, y llorona, lloraba por todo y lo seguía haciendo.
Pero nunca les había dado el más leve disgusto ni sobresalto.
Claro que Penny no se parecía en nada a Felicitas ni tampoco a ellos.
Martha se recordaba a sí misma un tanto rebelde y contestona, pero cuando su padre la miraba…
, con solo una mirada era suficiente para saber que había traspasado una raya invisible.
En cuanto a Thomas, fue un hijo único educado por unos padres protestantes a los que nunca dio el más mínimo disgusto.
No, no pensaba que unas gotas de semen del padre desconocido de Penny fueran la causa.
Penny era el fracaso de ellos, de la educación que no le habían dado, de los principios que no se habían molestado en inculcarle, del convencimiento de que las normas constriñen y no hacen mejores a los seres humanos.
Penny no era la culpable, lo eran ellos.
Lo que no sabía era qué hacer para remediar el dolor y la angustia de su nieta, para borrar todo aquello que, desde la indiferencia, le habían permitido hacer sin asumir que lo que llamaban «las locuras de la niña» estaban dejando costurones en su cuerpo y en su mente.
Pero ya era tarde. No había vuelta atrás.
Lo sucedido no se podía borrar. Las huellas de lo vivido estaban grabadas en cada centímetro de la piel y de los pensamientos de Penny.
¿Sabría recomponerse a sí misma? No estaba segura de que Penny fuera capaz.
Hasta esa misma mañana no se había dado cuenta de cuánto dolor abrumaba a su nieta.
Y, como en tantas ocasiones, Martha se puso a dialogar con ella misma.
Y ahora, ¿qué podemos hacer? Thomas se marcha. No va a renunciar a Harvard ni siquiera por Penny. Ella siente devoción por su abuelo y gestiona como puede su animadversión hacia mí y su desapego por su madre.
Penny se va a quedar definitivamente sola porque ni a Felicitas ni a mí nos considera un ejemplo. En realidad, no lo somos.
Es difícil lidiar con el mañana cuando ese mañana se presenta sin ninguna esperanza de ser mejor que el ayer.
Hemos fracasado como padres, como abuelos, como individuos. No, no merecemos la vida.
Oigo un ruido… Creo que es la puerta de entrada.
¿Será Lucía? No tengo esperanza de que regrese.
Nunca nos perdonará lo que Penny le ha hecho a su nieta.
Nos hace responsables a nosotros, y así es.
Penny tiene dieciséis años, pero Thomas y yo setenta, y Felicitas va camino de los cuarenta, de manera que nuestra es la responsabilidad.
Debemos pedirle perdón, pero no ahora. Pasará tiempo antes de que nos atrevamos a mirarla a los ojos y antes de que ella se avenga a escucharnos.
Perdonarnos no nos perdonará. No puede hacerlo.
Yo tampoco lo haría. En realidad, tampoco me perdono lo que ha pasado.
Penny es inocente. ¿O acaso no lo somos ninguno y debemos pagar por ello?