Thomas
Thomas
S entado delante de la mesa de su despacho, con las manos sujetándose la cabeza, se preguntaba en qué momento se habían torcido sus vidas. ¿Cómo era posible que no se dieran cuenta del sufrimiento de Penny, su necesidad de que le prestaran atención, de saber que era importante para ellos?
Se dijo que quería a su nieta, que de toda la familia era a quien más quería, pero… sí, era un egoísta. Tenía que reconocerlo. La Filosofía era su vida; en realidad no, no lo era la Filosofía, sino que a través de ella se había construido una vida, una razón de ser.
Profesor de Harvard, conferenciante en las mejores universidades del mundo, autor de una veintena de libros que se habían convertido en referencia, condecorado con la Legión de Honor en Francia y Caballero del Imperio Británico…
Y ahora… ahora era un jubilado cuyo nombre empezaba a ser solo una nota a pie de página cuando alguno de los jóvenes filósofos hacía una mención a sus libros.
No, ya no estaba en el escenario de la vida académica. Era pasado y no quería asumirlo.
En cuanto a su familia… Su familia era su gran fracaso personal.
Se había casado con una mujer con la que no tenía nada en común.
A ella no le interesaba la Filosofía ni a él el ballet.
Aún se preguntaba por qué se habían casado.
Sus mundos eran contrapuestos. No es que Martha no tuviera ninguna pulsión por la cultura, leía cuanto caía en sus manos, le gustaba el teatro y la pintura de los maestros italianos del siglo XV y, sobre todo, acudía a los conciertos en el Auditorio y el Teatro Real cuando estaban en Madrid, y no eran pocas las ocasiones en que incluso, sin decírselo a él, se iba a Londres a escuchar un concierto de la Sinfónica.
El problema es que la filosofía no le interesaba lo suficiente.
Por eso a él le gustaba la compañía de Mary Baker.
Nunca habían tenido una relación seria, pero era mucho lo que tenían en común.
Podían pasar horas debatiendo sobre una página escrita por Spinoza o discutían sobre algunas de las manifestaciones de Judith Butler sobre feminismo y género, concepto este último que él no compartía tal y como se usaba, o por el enfoque sobre la justicia social de Cornel West. Por quien ambos sentían igual interés era por Michael Sandel, al que tenían como un referente importante de temas como la justicia.
Dejó que la mirada vagase entre sus libros deteniéndose en Stefan Zweig.
No hacía tanto que había salido a la luz la nota en la que explicaba el porqué de su decisión de quitarse la vida por una razón que a Thomas le producía sacudidas: no había podido soportar y mucho menos aceptar que Europa se destruyera a sí misma.
No, Zweig no encontraba sentido a su vida lejos de esa patria espiritual que era Europa.
Pero el suicidio le parecía una opción de personas enfermas de desesperación, de cobardes o de quienes simplemente ya no encuentran sentido a su vida. O al menos eso quería creer.
¿Le encontraba él sentido a la suya? ¿Tenía sentido la vida que había construido junto a Martha, Felicitas y Penny? ¿Qué representaban ellas para él?
Le hubiera gustado tener a Mary al lado para analizar y profundizar sobre este pensamiento. Con ella la conversación no se terminaba nunca porque les unía la más devastadora de las pasiones: el conocimiento del ser.
La vida en ocasiones se ha terminado sin que uno se dé cuenta. Y su futuro sería escaso, buscando todos los días una razón para abrir los ojos. ¿Tenía hoy esa razón? ¿Qué sería de Martha, de Felicitas y de Penny cuando él estuviera en Boston? ¿Cómo repercutiría en sus vidas su ausencia definitiva?
Martha lo soportaría, pero ¿y Felicitas y Penny?
Sabía que ellas no se conformarían con viajar de cuando en cuando para ir a verle.
Querían, necesitaban, una familia. No es que fueran sólidos los pilares de la que formaban parte, pero era lo que habían conocido, a lo que se habían adaptado.
Sonrió para sí al plantearse el sentido de su vida.
Y pensó que, acaso sin pretenderlo, todos ellos estaban inmersos en el capítulo final de sus vidas.