Felicitas
EPÍLOGO
Felicitas
F elicitas asintió sorbiéndose los mocos y las lágrimas.
Se sentía desbordada ante todo lo que estaba sucediendo.
Durante toda su vida había escuchado a sus padres defender que no eran una familia convencional, que eran una familia moderna.
Se lo decían cuando ella lloraba al saber que la iban a dejar con Lucía para ellos irse de viaje.
O para salir por la noche. O para que no los molestara mientras estaban entretenidos leyendo, escuchando música o viendo una película en la pantalla de cine que habían instalado en el sótano.
Se convenció de que formar parte de una familia moderna era todo ventajas.
Claro que ella, al contrario de Penny, siempre fue una niña tranquila, sacaba buenas notas, tenía unas cuantas amigas con las que compartía juegos y actividades infantiles y aceptaba de buen grado cuanto le decían sus padres.
Martha y Thomas la animaron a acudir a un banco de semen para ser madre. No la intentaron convencer de lo contrario.
Recordaba la tarde en que les anunció que estaba embarazada y la respuesta que le dieron.
Su madre se limitó a decirle que a partir de ese momento debería cuidarse y dejar de montar en bicicleta, pero que podía sustituir su afición por la natación, caminar y el yoga prenatal.
También se interesó por si ya había buscado un buen ginecólogo que le controlara el embarazo.
Cuando le dijo que aún no, se ofreció a buscar uno «de confianza».
Su padre la abrazó diciéndole que hacerle abuelo era el mejor regalo. Y que había elegido una opción como cualquier otra para ser madre, que lo importante para la criatura que trajera al mundo era tener una familia que la quisiera, y que eso ya lo tenía.
Pasó el embarazo sin darse cuenta y la madrugada en que se puso de parto sus padres la llevaron al hospital. Incluso Martha se quedó con ella en el paritorio y Thomas permaneció esperando sin rechistar.
Sí, no podía reprocharles nada, puesto que siempre la habían hecho sentirse querida.
Y, sin embargo, ahora… No, no podría soportar que su padre se fuera para siempre a Boston y tener que afrontar junto a Martha los problemas de Penny.
Su hija siempre les había dado disgustos, como un año atrás, cuando la policía irrumpió en la casa para averiguar quién era el hacker que estaba intentando «asaltar» los ordenadores del Ministerio de Justicia.
Resultó ser Penny con un amigo que se dedicaba al trapicheo de drogas y que ya tenía antecedentes penales. No se les había ocurrido otra cosa que intentar borrarlos.
¿Por qué era así? Penny había sido diferente desde el minuto uno de su nacimiento.
No le gustaba que la cogieran en brazos.
Escupía la leche del biberón. Lloraba toda la noche impidiéndoles dormir.
Sí, fue una bebé difícil y luego una niña más difícil aún, con sus rabietas continuas ante cualquier contrariedad o cuando quería algo y no se lo daban de inmediato.
Quizá… quizá… No se atrevía ni a pensarlo, pero…
a lo mejor había heredado el carácter de su padre, de ese padre desconocido.
Claro que siempre había dado por hecho que en realidad Penny se parecía a Martha.
A ella tener como madre a Martha no le había resultado fácil.
Una madre que encontraba excusas cuando le pedía que jugara con ella o le preguntaba por qué no la llevaba al parque como hacían las madres de sus amigas.
Pero aun así nunca la había castigado, ni mucho menos le había levantado la mano.
Sobre todo, agradecía que hubiera estado a su lado durante el embarazo y el parto de Penny sin un reproche ni una mala cara.
Pero Martha tenía un carácter contenido. Nunca había dicho una palabra más alta que otra ni descompuesto el gesto pasara lo que pasara, mientras que Penny ya nació con un carácter endiablado.
No podía engañarse, lo de tener un hijo había sido una decisión precipitada, una manera tonta de «vengarse» de Agustín por haberla dejado plantada. Pero él ni se inmutó cuando se enteró de que había sido madre. No la quería y tuvo que aceptarlo.
Además, tampoco es que hubiese sido una madre modelo.
Decidió que sería amiga de su hija, lo que tuvo como consecuencia que Penny la mirara como a una igual, como si fuera otra compañera del colegio.
Se preguntaba si al menos eran amigas y no se podía engañar.
No, no lo eran. Incluso dudaba de que eso fuera posible.
Martha nunca había sido su amiga. Fue una madre distante, pero jamás la intentó engatusar sobre el reparto de papeles.
En ocasiones, cuando se atrevía a decirle que quería hacer algo, si a ella no le parecía bien, se lo negaba sin inmutarse.
Aun así, siempre le dio un importante margen de libertad y recordaba la frase que le solía repetir: «Si te equivocas, te equivocas sola, de manera que piénsatelo dos veces antes de actuar».
En cuanto a Thomas, había sido un padre complaciente, siempre dispuesto a escucharla. Enseñándole que era ella la que tenía que poner los límites a su libertad.
Claro que tanto Martha como Thomas la habían protegido más de lo que ellos mismos consideraban necesario y la seguían tratando como a una niña frágil.
¿Lo era o se había acomodado al papel? No podía negar que le resultaba cómodo saberse protegida por una madre y un padre como Martha y Thomas.
Pero ahora… Thomas se marchaba a Boston y sabía que sería para siempre.
Podría ir a verle, quedarse con él temporadas, pero no cabía engañarse, ya nada sería igual.
A su padre le gustaba la soledad y no soportaría tenerla todo el día sin hacer nada dando vueltas a su alrededor.
Perder a su padre le dolía, ¿cómo podía él haber tomado esa decisión?
No es que lo sintiera por su madre. Martha lo superaría, pero ella…
¿Y Penny? ¿Qué iba a ser de las dos? De repente sintió un dolor profundo en el pecho.
Su padre las iba a abandonar. No había asumido esa realidad hasta ese momento.
Se horrorizó al pensar que Thomas era un egoísta al que no le importaba poner su vida y la de Penny del revés.
Pero ¿cómo impedirlo? No, no se lo perdonaría nunca.
¿Qué podría hacer para evitar que se fuera?
Pero si Martha había fracasado en ese empeño…
La marcha de Thomas suponía el fin de su familia, de su mundo, de su vida.
Penny se movió agitada. ¿Qué haría Penny cuando fuera consciente de que la marcha de Thomas era para siempre, de que la familia que había conocido ya no existía?
Sintió una rabia profunda ante lo que consideró una traición de su padre. Entre Harvard y ellas había elegido Harvard. No, no se lo perdonaría. Debería pagar por lo que les iba a hacer.