Una familia moderna Capítulo 14. Último domingo #3
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Capítulo 14. Último domingo #3

—¡Pues lucha para cambiarlo, si es que de verdad crees que es así!

¡Sal ahí fuera y defiende cada milímetro de la libertad ganada por otras mujeres antes que tú!

Y amplía ese espacio hasta que no quepa ni una brizna de aire.

¿Transformarnos en ellos? Eso es seguir dejándoles que tengan ventaja, reconocer su superioridad.

Thomas no se atrevía a interrumpir. Martha había encontrado una línea argumental que parecía estar trastocando las convicciones de Penny. Miró de reojo a Felicitas, que seguía llorando. Se preguntaba cómo Martha había podido parir a un ser tan delicado y sensible como su hija.

—¿Y si simplemente es que quiero ser chico?

—No sabes lo que quieres —murmuró Thomas llevándose las manos a la cabeza—. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?

—¡Os odio! Sois… sois unos viejos… Solo deseo que os muráis cuanto antes. Y tú, mamá…, tú eres como ellos… o peor… Nunca te he importado una mierda, solo te importas tú.

—No, no digas eso, no es verdad. —Felicitas intentó acercarse a su hija para abrazarla, pero Penny le dio un manotazo apartándola.

—Tenemos que calmarnos —insistió Thomas.

—¡Os voy a denunciar! ¡Se acabó la época en que los padres decidían por los hijos! —gritó Penny.

Martha salió del comedor mientras Penny seguía gritando ante el estupor de Felicitas y Thomas. Tenía que poner punto final a esa situación y solo se le ocurría una solución.

Cuando regresó al comedor llevaba una mano cerrada.

Se acercó a Penny, que la miró asustada, convencida de que Martha le iba a pegar de nuevo.

Pero no fue eso lo que hizo, sino apretarle la nariz, lo que forzó a Penny a abrir la boca mientras Martha le introducía una pastilla minúscula obligándola a que se la tragara.

Luego aplicó toda su fuerza en inmovilizarla.

Todo sucedió deprisa, no había pasado más de un minuto.

Thomas y Felicitas miraban desconcertados y Penny, por más que pataleaba para que Martha la soltara, no lo logró.

Al cabo de unos minutos que a todos se les hicieron eternos, Martha soltó a Penny, que alzó la mano para pegar a su abuela, pero Thomas se lo impidió.

—¡Basta! ¡Todo esto es indigno de nosotros! No puedo comprender no solo lo que ha pasado, sino nuestra reacción… —afirmó Thomas alzando la voz, pero sin dejar de sujetar a Penny impidiéndole moverse.

—¡Os voy a denunciar! —alcanzó a decir Penny con la cara, al igual que la de Felicitas, arrasada por las lágrimas.

—No vas a denunciar a nadie y no te vas a mover de casa —sentenció Thomas.

—¡No podéis retenerme! —volvió a gritar Penny intentando liberarse del brazo de su abuelo.

—¡Se acabó! Te hemos dejado llegar demasiado lejos. Nosotros somos los culpables de lo que eres, en qué te has convertido. Te hemos fallado… —dijo Thomas con pesar.

—Papá… —Felicitas miraba sorprendida a su padre.

—Sí, todos somos culpables. Somos una familia moderna, una familia que acepta la realidad de hoy, pero no hemos medido las consecuencias.

Nos daba vergüenza poner límites a Penny, decirle «no», por miedo a que nos confundieran con lo que denominamos «familias conservadoras, de las de antes», o que alguien pudiera pensar que no estamos al lado de las minorías con opciones sexuales diferentes si el resultado es que reprimíamos a Penny.

»¿Alguien en su sano juicio puede defender que una chica o un chico adolescentes decidan transicionar? No, no es cuestión de colocarse frente a los derechos de las personas trans, sino de defender a los niños y adolescentes.

»Claro que hay niños que desde la infancia se les nota que van a tener una tendencia sexual diferente a la de la mayoría, y hay que respetar y acompañarlos, pero con seriedad, no con la ligereza con la que se vienen abordando estas cuestiones.

Sí, hemos tenido miedo, miedo a no comportarnos como una familia moderna y ahora… aquí está el resultado.

Penny había dejado de patalear y parecía aceptar con resignación que su abuelo la tuviera sujeta entre sus brazos.

—¿Qué me has dado? —preguntó Penny a Martha con un tono de voz pastoso.

—Un Valium. Un Valium 10. Así te tranquilizarás y nos tranquilizaremos todos.

—¿Me voy a morir? —preguntó Penny a su abuela.

—No, no te vas a morir, te vas a dormir durante unas cuantas horas.

—¡Dios mío! ¿Cómo se te ocurre darle un Valium 10? ¡Es una niña! —Thomas estaba asustado.

—Que pesa cincuenta y cinco kilos y mide casi uno sesenta y nueve. No le pasará nada. Son solo diez miligramos —respondió Martha con convicción, aunque en su fuero interno no estaba segura de que fuera a ser así. Pensaba llamar a Irene para preguntarle. Al fin y al cabo, su cuñada era enfermera.

Felicitas se acercó a su padre tendiendo los brazos para acoger a Penny. Thomas aflojó el abrazo con que sujetaba a su nieta, que empezaba a tener la mirada vidriosa.

Thomas no soltó a Penny, sino que la cogió del brazo y la llevó hasta su habitación.

—Felicitas, te vas a sentar al lado de tu hija y no te vas a mover hasta que no se empiece a despertar. ¿Lo tienes claro? Y si ves que hace algo raro, nos llamas.