Capítulo 14. Último domingo #2
—¿Un disparate? ¡Vaya sorpresa me estás dando, abuelo! Yo creía que iba a encontrar tu apoyo. Creía eso que repetís tan a menudo de que somos una familia moderna del siglo veintiuno. ¡Sois unos mentirosos!
—No. No cuentas con mi apoyo, y menos planteando las cosas de esta forma. Al menos hasta que no esté convencido de que lo que pretendes no es una manera de llamar la atención. Y Martha tiene razón, deja a Luz al margen, no la manipules —respondió Thomas.
—¡Será posible! ¡Cómo me puedes acusar de querer transicionar para llamar la atención! ¿Crees que soy idiota?
—Lo que sé es que tienes dieciséis años y a esa edad no se deberían tomar ciertas decisiones —insistió Thomas.
—La ley me ampara —retó Penny a su abuelo.
—Lo sé. Incluso puedes denunciarnos si no te permitimos iniciar el proceso de transición. Dudo de las intenciones de quienes han hecho esa ley.
—Pues a mí me da lo mismo que dudes de las intenciones de los que han hecho la ley. No puedes oponerte a que me convierta en hombre.
Lucía y Luz se habían retirado a un rincón del comedor. No podían contener el llanto. Luz estaba temblando y se agarraba a su abuela con fuerza, como temiendo que alguien la pudiera arrancar de sus brazos.
—Penny, tengo una duda… —intervino Martha.
—¿Tú tienes una duda? Qué raro, lo sueles tener todo claro.
—Ya, pero, aunque no lo creas, yo también dudo. Comprende que en estos asuntos no tengo mucha experiencia. Soy bastante vulgar, nunca me he sentido otra cosa que mujer.
—¿Cuál es la duda? —la cortó Penny.
—Pues que antes eras no binaria porque te parecía que la sociedad impone ser hombre o mujer y no deja libertad para que cada uno sea lo que quiera ser cuando lo quiera ser. De no binaria quieres pasar a ser exclusivamente hombre, ¿por qué?
—¿Y a ti qué te importa? Es mi decisión y la ley me ampara.
—Sí, la ley te ampara y es tu decisión, pero como eres una persona inteligente y tomas tus decisiones porque las has pensado, podrías explicarnos qué te ha llevado a renunciar a esa libertad de ser hoy una cosa y mañana otra para ser una sola.
—Martha intentaba disimular el temblor de su voz y no decir una palabra más alta que otra.
Thomas la miró y se asustó. De repente la veía como lo que era: una mujer de setenta años. En su rostro había aflorado su edad, esa edad que había combatido con éxito hasta el momento. Pero los gritos de Penny le devolvieron a la realidad.
—¡Déjame en paz! Tú nunca te has comportado como una abuela. Te importa una mierda lo que yo quiero o siento. Solo me preguntas para fastidiarme.
—No veo dónde está el fastidio por preguntar por qué renuncias a ser no binaria para ser binaria, pero con el sexo opuesto al que tienes —respondió Martha con frialdad.
—¡Dudo que lo puedas comprender! —gritó Penny con rabia.
—Dudo que seas capaz de explicarlo. —El tono de voz de Martha era extremadamente calmado.
—¡No, no lo voy a permitir! ¡No volverás a acercarte a Luz! Si lo haces, si lo haces… —se atrevió a decir Lucía.
—¡No eres nadie! Nos ampara la ley —gritó Penny.
—Esa ley vuestra… no… no… Bastante he aguantado tus perversiones, sabiendo que estabas en tu habitación con una chica o un chico haciendo… No quiero ni imaginarlo. Nunca te lo debieron consentir. No. ¡No voy a tolerar que te aproveches de mi nieta! —dijo Lucía gritando de nuevo.
—Lucía, por Dios, cálmate. —Thomas también se había puesto en pie.
—¿Calmarme? Tu nieta ha abusado de la mía ¿y pretendes que me calme?
¡Os deberían detener a todos porque todo esto es culpa vuestra!
Cada vez que Penny ha hecho alguna de sus guarradas os habéis quitado de encima la responsabilidad diciendo «es cosa de crías», «estas cosas pasan», «la sociedad ha cambiado»…
Todo menos aceptar que sois unos egoístas que solo os preocupáis de vosotros.
—Lucía hablaba con tanto dolor como rabia.
—¡No lo consentiré! ¡Eres mi hija y menor de edad! —gritó de repente Felicitas agarrando a Penny de un brazo.
—¿Te has olvidado de que soy hija del semen de un desconocido? A lo mejor era el semen de un tipo que lo vendió y que fue hombre una temporada, pero en realidad quería ser mujer, y a mí me ha pasado al contrario.
—Penny, ¡basta ya! Lucía tiene razón, te hemos consentido demasiado —afirmó Martha.
Lucía empezó a llorar mientras abrazaba a Luz murmurando: «Mi niña no, no, mi niña no».
Luz se dejaba abrazar por su abuela sin atreverse a decir palabra, de cuando en cuando miraba a Penny y bajaba la cabeza. Temía lo que pudiera decir o hacer.
—Voy a llamar a Rosa para que venga a buscar a Luz y yo…
me iré. Sí, me voy de esta casa. Sois… sois gente perversa, decís que sois una familia moderna porque no habéis sido capaces de impedir que una niña hiciera ante vuestras narices lo que hace Penny.
Pero no consentiré que vuestra nieta destruya a mi niña. Prefiero verla muerta antes que…
—Pues tendrás que matarla, porque la decisión está tomada —contestó Penny poniéndose en pie y tendiendo la mano a Luz para que se soltara del abrazo de Lucía.
—¡Si te acercas a Luz, te mato! —gritó Lucía interponiéndose entre las dos adolescentes, mientras cerraba su abrazo sobre su nieta impidiendo que Penny la agarrara.
Luz estaba conmocionada. Incapaz de decir una sola palabra. En su mirada había miedo y desesperanza.
—Se acabó. Lucía, coge a tu nieta y llévala a casa de Rosa. Y tú, Penny, ni te muevas —ordenó Martha.
—Y si me muevo, ¿qué me vas a hacer? —Penny se plantó desafiante delante de su abuela.
Martha la miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa mientras le daba una bofetada de lado a lado de la cara.
—Ya ves lo que he hecho —respondió Martha sintiendo en la mano el calor de la mejilla de su nieta.
Lucía agarró de la mano a Luz y salieron corriendo mientras decía:
—Os voy a denunciar.
Primero iría a la parroquia para decirle al cura que Penny estaba endemoniada.
Después llevaría a su nieta a casa de su hija y las obligaría a marcharse a cualquier sitio lejos de Madrid donde Penny no las encontrara.
Tenía dinero ahorrado, el suficiente para que incluso se fueran de España una buena temporada.
No podía permitir que su nieta adorada fuera un juguete en manos de Penny.
E iría a la comisaría para que los detuvieran a todos. Es lo que merecían.
Felicitas no paraba de llorar con hipidos. Penny permanecía quieta, incapaz de moverse anonadada por la bofetada de su abuela.
—Esto tenemos que abordarlo de otra manera, no a bofetadas —dijo Thomas.
—Demasiado tarde —respondió Martha.
—La culpa es nuestra —alcanzó a decir Felicitas entre hipido e hipido—. Teníamos que haberle impedido…
—Pero no lo hicimos. Nos horrorizaba comportarnos como una familia reaccionaria. No hemos dejado de repetir que somos una familia moderna. —Martha mantenía la calma consciente de la convulsión que la situación estaba provocando en todos ellos.
—Sois asquerosamente reaccionarios —murmuró Penny.
—¿Sabes en qué te has equivocado? —Martha se dirigió a su nieta mirándola con más indiferencia que enfado.
—No me he equivocado —respondió Penny con rabia.
—Sí, te has equivocado queriendo arrastrar a Luz, manipulándola, abusando de ella.
Tienes miedo de dar el paso que has dicho que quieres dar y te has agarrado a ella para sacar fuerzas.
Si tienes un público ante el que actuar, te es más fácil mantener el papel que te has atribuido.
La pobre Luz solo es tu comparsa. No eres buena persona, Penny, lo tuyo es abuso de poder.
Luz es la nieta de Lucía, la mujer que trabaja en casa.
La queremos y valoramos su trabajo, pero es una trabajadora, ni más ni menos.
Y te has aprovechado de esa situación de dependencia para arrastrar a Luz en una dirección que tú sabes que no quiere.
—¡Mientes! ¡Ella lo ha decidido, lo mismo que yo! —gritó Penny.
—Seré más clara: esa niña no se atreve a decirte que no a nada.
¿Sabes por qué? Porque tú eres la señorita de la casa y ella, la nieta de la criada.
Lo digo con estas palabras para que no te confundas.
En cuanto a tus deseos de convertirte en un hombre, no creas que hoy en día supone una ventaja tan grande como cuando yo tenía tu edad.
No diré que la sociedad no sigue girando alrededor de los hombres, pero las mujeres hemos ganado espacio y sobre todo poder de decisión.
Es una pena que haya quienes como tú sigan creyendo que ser hombre es una ventaja y que es mejor dejar de ser mujer para obtener esa ventaja.
—¡Pues es así!