Una familia moderna Capítulo 14. Último domingo
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Capítulo 14. Último domingo

Último domingo

L ucía coloca en la mesa el zumo de Martha. No toma nada más por la mañana. Thomas está dando buena cuenta de los huevos con beicon y Felicitas revuelve su porridge de avena. Mientras que Penny y Luz se terminan las tortitas con caramelo.

Las niñas llegaron pasada la medianoche.

Lucía las escuchó reírse. No sabía que su nieta había quedado con Penny y a esa hora no se había atrevido a negarse a que Luz durmiera en la casa.

Estuvo a punto de levantarse y decirle que durmiera con ella en su habitación.

Pero mientras lo pensaba escuchó más risas y la puerta de Penny al cerrarse.

Se dijo que no debía inquietarse, que tienen la misma edad y se conocen desde que han nacido.

De pequeñas ya eran inseparables en la guardería, luego Thomas decidió que su nieta fuera a un colegio americano y que estudiara en inglés y se ofreció a pagar los estudios de Luz.

Pero Rosa se negó. Su hija era orgullosa y le dijo que si Luz iba al mismo colegio que Penny, la relación sería asimétrica.

Penny siempre sería la hija de una familia pudiente y Luz, la nieta de una subordinada por más que Thomas y Martha dijeran que eran como de la familia.

«Qué tontería», dijo entonces Rosa. En una familia hay reparto del trabajo de la casa y Martha nunca había fregado un plato ni Felicitas era capaz de plancharse una camiseta.

No. No eran como de la familia; los Sullivan eran los jefes y Lucía, su empleada.

Le había dolido abrirle los ojos a su madre.

Y no, no es que tuvieran motivos de reproche.

Las habían tratado siempre con respeto y deferencia, pero ella sabía que eso no implicaba que fueran iguales.

Incluso le molestaba que su madre no se decidiera a irse a vivir con ella, dejando aquella casa que no era la suya.

Lucía lloró cuando Rosa le dijo todo eso.

Además, Rosa no quería que Luz siguiera siendo amiga de Penny.

Esa niña llevaba mal camino, ya había oído algunas cosas que en el barrio se decían de ella: que si con doce años ya bebía, que si la policía la había recogido tirada en la calle con un coma etílico que casi le cuesta la vida, que si fumaba porros con un grupo de chicos de esos que hacían pellas y que se dedicaban a trapichear con hachís, que si había perdido la virginidad a los trece años…

Un día se atrevió a contárselo a Felicitas, que se puso a llorar, y Martha se enfadó diciendo que no contara chismes de su nieta.

Pero todo aquello era verdad, no eran chismes, y a ella le dolía ver el deterioro de Penny, las ojeras negras, su olor corporal, puesto que la mayoría de los días no se duchaba.

No comprendía cómo ni Felicitas ni Martha hacían nada; también Thomas había optado por cerrar los ojos.

Rosa había prohibido a Luz ir a casa de los Sullivan. Así se lo dijo a su madre:

—Ellos no se quieren enterar de lo que hace Penny, pero yo no quiero que Luz termine como esa niña. De manera que me niego a que vuelva a ir a esa casa. Y si va, será conmigo y solo conmigo, y no se quedará nunca a dormir.

—Penny es solo una niña dejada de la mano de Dios —la disculpaba Lucía.

—Penny es una putilla drogadicta capaz de cualquier cosa. Me niego a que mi hija se junte con ella.

Pero aquella noche Luz y Penny habían llegado juntas. ¿Cómo es que Rosa le había permitido a Luz salir con Penny? Lucía no se atrevió a despertarla a esas horas, pero no pegó ojo en toda la noche. Ya de madrugada se quedó dormida, agotada.

Y ahora por la mañana tuvo un presentimiento. No podía evitar el temor de que esa calma de la que venían disfrutando desde que Martha saliera del hospital se apagara de golpe.

Tenía que reconocer que Martha parecía cambiada. No remoloneaba por las mañanas a la hora de ir a la parroquia a dar las clases de ballet e inglés. Thomas también estaba más tranquilo porque creía que Martha había aceptado que él se marchara a Boston quizá para siempre.

A Lucía también le sorprendía el cambio que había experimentado Felicitas desde que había contratado a ese tal Manu como community manager para que le diera un aire nuevo a su canal de internet.

Era un joven con la cabeza rapada para disimular una calvicie prematura.

Según Rosa y Luz, era «guapete», significara eso lo que significara.

A ella le parecía insulso, por más que Felicitas y él se pasaran las horas hablando y discutiendo sobre los cambios que iban a poner en marcha a partir de septiembre.

En cuanto a Penny, era a la que más temía.

En cualquier momento haría algo para convertirse en el centro de atención.

Miró a Luz, que parecía incómoda. Su nieta aún era una niña inocente, mientras que a Penny le habían permitido llevar a su cama a quien quería.

Lucía creía que todo lo que Penny hacía era para llamar la atención y que en realidad le habría gustado que su madre o sus abuelos le hubieran prohibido sus extravagancias además de sus aventuras sexuales.

Lo que temía se produjo en ese momento, cuando vio a Penny alzar la mirada y fijarla en Martha. Una mirada que era el preludio de una batalla.

—Hemos pensado en que una de las dos debería transicionar. Creo que lo haré yo y así, en cuanto podamos, me casaré con Luz, a ella le da apuro estar con otra chica y a mí me da lo mismo ser una cosa o la otra —dijo con indiferencia impostada.

—Pero… pero… pero… —se atrevió a decir Lucía mirando espantada a su nieta.

—¡Lucía, deja de decir «pero, pero, pero»! —la recriminó Penny.

Lucía se puso en pie sin saber qué hacer.

Thomas se había quedado con la taza de café a medio camino entre la mesa y la boca. Y Felicitas empezó a llorar. Solo Martha seguía bebiendo su zumo sin inmutarse.

—¿Me habéis oído? —Penny había subido la voz sin llegar al grito.

—No estamos sordos. Nos hemos hecho mayores, pero aún conservamos el oído —respondió Martha.

—Quiero que me llevéis al hospital para iniciar el proceso de transición —la retó Penny.

Luz estaba encogida en su silla incapaz de decir palabra. Penny le cogió la mano y se la apretó.

—¿A qué hospital quieres ir? —quiso saber Martha mientras Thomas, Felicitas, Lucía y Luz permanecían en silencio incapaces de decir palabra.

—A cualquiera, en los hospitales públicos tienen la obligación de atendernos. Y da lo mismo que os opongáis, la ley está de mi parte. No podéis torcer nuestra voluntad. Nos vamos a casar en cuanto yo sea un chico.

—¿Acaso te hemos dicho que no lo hagas? —preguntó Martha sin que su voz denotara la más mínima emoción.

—Os conozco y aunque decís que somos una familia moderna no creo que os guste que me convierta en un chico —contestó Penny.

—Pues te declaraste no binaria y nos has traído a una colección de amigas y amigos sin que dijéramos nada —respondió Martha.

—Pero esto es distinto. Quiero hacer la transición para casarme con Luz. Es la persona que más me gusta de todas las que he conocido y es mi amiga de verdad. Esta noche… esta noche ha sido definitiva, nunca he hecho el amor más a gusto con nadie que con ella.

—¡No!

El grito de Lucía los sobresaltó. Luz se escondió la cara entre las manos rompiendo a llorar.

—¿Qué le has hecho a mi nieta? ¡Eres un monstruo!, ¡una pervertida que quieres que todos sean como tú! Asquerosa, puta, sarnosa… —gritaba Lucía abrazando a su nieta.

Martha y Thomas parecían haberse convertido en piedra. No eran capaces de moverse ni de hablar, como si su mente se hubiera quedado suspendida en el vacío y las palabras, congeladas en sus gargantas.

—Yo no quería… Ella me dio algo… Bebí y luego… No sé, no sé lo que hemos hecho, y cuando nos hemos despertado me ha dicho que nos vamos a casar, que se convertirá en chico para que nos dejéis casarnos, pero yo… yo no quiero… ¡No quiero! —gritaba Luz entre hipidos y en brazos de su abuela.

A Felicitas le empezaron a temblar las manos. Las lágrimas le habían inundado el rostro hasta cubrirle la expresión de horror.

Martha respiró. Tragó saliva y se puso en pie, aunque le dolían las piernas, que ya no estaban tan enrojecidas como el día anterior.

—Penny, querida, esto tenemos que hablarlo con tranquilidad, es una decisión irreversible. Y deja a Luz al margen, no tienes derecho a arrastrarla a algo así —acertó a decir.

—¡Haré lo que quiera, no me puedes imponer tu voluntad! Quiero que sea irreversible. En cuanto a Luz, ya es mayorcita para saber lo que quiere y se ha comprometido a casarse conmigo —respondió Penny, y su mirada estaba cargada de desafío.

—Pero… pero… pero… —Felicitas no alcanzaba a decir ni una palabra más.

—Mamá, deja de tartamudear. Siempre me has dicho que me apoyarías en las decisiones que me conciernen. Y esta es una decisión en la que ninguno tenéis ni voz ni voto. Tampoco tú, aunque seas mi madre —sentenció Penny.

—Bueno, todavía no te han crecido demasiado las tetas, así que rebanarlas no será tan difícil.

Y cortar la regla creo que tampoco lo es.

Solo hace un año y medio que la tienes. Pero a Luz déjala al margen.

Ella, por no ser, ni siquiera es bisexual y no binaria —intervino Martha mientras miraba de reojo el vaso de zumo que había dejado en la mesa.

—¡Veo que os importa una mierda lo que os estoy diciendo! —gritó Penny.

—En absoluto. Sabes que puedes contar con nosotros. Como bien dices, la ley está de tu parte. De manera que no podríamos oponernos —replicó Martha.

—¡No vas a casarte con mi nieta ni te volverás a acercar a ella, porque si lo haces…, si lo haces…! —gritó Lucía apretando aún más a Luz entre sus brazos.

—¡Luz me quiere! —gritó Penny.

—¡Golfa! ¡Degenerada! Si te vuelves a acercar a Luz, te mato —volvió a gritar Lucía.

—Yo… lo siento, creo que nos debemos calmar… Todo esto es un disparate… No podemos dejar que tomes una decisión así —dijo Thomas mirando a Penny.