Capítulo 13. Último sábado de julio
Último sábado de julio
E stoy reventada. La visita a Atapuerca ha sido un éxito.
Los niños han disfrutado de lo lindo, y tanto como ellos, Thomas.
Mi marido ha cumplido su sueño de conocer a Juan Luis Arsuaga.
Enseguida han congeniado. Supongo que sentían curiosidad, el filósofo por el paleoantropólogo y el paleoantropólogo por el filósofo.
Creo que son la antítesis el uno del otro, pero les ha resultado grata la conversación.
De regreso a Madrid, Thomas me ha agradecido que le invitara a nuestra excursión. También ha hecho buenas migas con Pablo. Cuando Arsuaga se despidió, Pablo cogió el relevo de la conversación.
Hasta a mí me resultó interesante escucharlos debatir sobre el bien y el mal y si se puede vivir sin creer en Dios.
Thomas asegura que sí, él no cree; Pablo defiende lo contrario: ignorar a Dios, dijo, no es la solución para abordar el misterio de la vida.
Puede que ahora Thomas sienta tener que irse por más que para él Harvard haya sido la razón de su vida.
—Tienes unos amigos muy interesantes —me dice mientras nos disputamos la pasta de dientes.
—Sí…
—No me habías dicho que Pablo es doctor en Filosofía, Teología e Historia. Menudo cerebro tiene.
—Pues va en sandalias —le digo por decir algo.
Thomas no comprende por qué me refiero a las sandalias de Pablo.
—¿Y eso qué significa? —me pregunta intrigado.
—No sé, que para ser filósofo, teólogo e historiador, estaría mejor con zapatos —contesto sin demasiada convicción.
—No sé por qué.
Yo tampoco, pero no respondo. Me cepillo los dientes a la espera de que cuando termine cambiemos de conversación.
—¿Te he dicho que no he encontrado billete hasta el martes? Me fastidia, pero bueno, ha merecido la pena conocer a Arsuaga.
Thomas ronca. Supongo que está cansado por la paliza de la excursión. Yo también estoy cansada, aunque un poco menos que él, que ha recorrido Atapuerca con el mismo entusiasmo que los niños.
No puedo conciliar el sueño porque tengo que enfrentarme a mí misma. Y ahora, ¿qué? Podría inventarme alguna otra cosa para retrasar o que anule el viaje, pero ¿por cuánto tiempo? Retenerle no es la mejor opción. Tarde o temprano se irá y yo me sentiré aún peor de lo que ya me siento.
Pero no quiero que se vaya poniendo punto final a nuestra vida en común, que comenzó aquella noche en el Covent Garden cuando un amigo lo llevó a mi camerino y desde entonces no nos hemos vuelto a separar.
No puedo imaginar la vida sin él. No es que necesite su presencia, es que necesito saber que es parte de mi vida, no solo recordar que lo fue.
Pero no tengo aliados a los que acudir. Felicitas no me necesita ni a mí ni a nadie para relacionarse con su padre.
Tampoco Penny. Irán a verle a Boston cada vez que quieran.
Thomas nunca quiso desmontar la habitación de Felicitas y allí continúa sobre la cama su oso rosa.
En cuanto a Penny, siempre ha manifestado que en esta familia quien le sobra soy yo.
A Thomas le mira embelesada; a su madre la trata como si tuvieran los papeles cambiados y ella fuera la madre y su madre, la hija.
Y a mí no me soporta. Puede que nos parezcamos más de lo que nos gustaría a las dos.
Somos marrulleras, inconformistas, cabezotas…
y listas, pero no inteligentes. Tenemos instinto para sobrevivir, pero no para vivir.
Vuelvo a pensar si me queda alguna carta por jugar para retener a Thomas. No, no la tengo, por más que me cueste aceptar que he perdido la partida.
Claro que también podría presentarme en Boston en octubre o noviembre, cuando el curso haya empezado y Thomas esté más tranquilo. Pero no puedo someterme a esa humillación. Además, perdería la consideración que siempre me ha tenido. Para él supondría una decepción.
O sea que no me queda otra opción que aceptar mi derrota, una derrota que me he infligido yo sola por estúpida, por no ser capaz de darme cuenta de que el calor de julio en Madrid es capaz de devastar un matrimonio.
Mi tozudez me ha pasado factura. Hace años le convencí de que lo justo era pasar seis meses en Boston y seis en Madrid.
Thomas se resistió; decía que era mejor seguir viviendo como lo habíamos hecho hasta ese momento: ahora en Boston, mañana en Madrid, pasado en Londres…
La culpa fue de la jubilación. Se nos acabaron las excusas para ir de un lado a otro.
Por eso le propuse que viviéramos a caballo entre nuestras dos ciudades, pero tuve la peor idea al proponer Madrid de julio a diciembre.
Claro que en Boston también hace un calor insoportable, pero él lo lleva mejor porque es su ciudad y se entretiene con sus amigos.
No. No soy Greta Garbo, pero la he imitado al negarme a dejarme ver. Nada de amigos, nada de asistir a espectáculos, nada de actividades. Hasta yo estoy aburrida de mí misma.
Sí, soy culpable de haber destruido mi matrimonio porque soy más estúpida de lo que mi nieta cree. Pero ¿seré capaz de aceptar la derrota? Me cruza por la cabeza una idea… No me resigno a perder, pero sobre todo a no ser yo quien diga la última palabra.
Se me ocurre organizar una cena de despedida. Solo la familia, Felicitas, Penny y nosotros. Quizá también Lucía… Ella y su hija Rosa han vivido muchos años con nosotros. Sería un detalle que Thomas valoraría. Él tiene una vena sentimental y emotiva de la que yo carezco.